A pesar de los avances en materia de derechos, de las legislaciones aprobadas en numerosos países y de las campañas de sensibilización que se multiplican cada año, la violencia de género continúa siendo una de las formas más extendidas y crueles de violencia en el mundo contemporáneo. Cada día, mujeres pierden la vida víctimas de femicidio. Muchas otras sufren agresiones físicas, psicológicas, económicas o simbólicas que afectan profundamente sus vidas y las de sus familias.
Lo más preocupante es que, lejos de disminuir, esta violencia ha mostrado en muchos lugares una tendencia creciente en los últimos años, tanto en países desarrollados como en países en desarrollo.
Esta realidad debería obligarnos a una reflexión profunda y honesta. Porque, si bien muchos Estados han adoptado leyes, protocolos y programas destinados a prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres, los resultados siguen siendo claramente insuficientes.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿por qué aún no estamos logrando reducir de manera significativa estos niveles de violencia?
Tal vez una parte de la respuesta reside en el hecho de que el problema ha sido abordado muchas veces de manera fragmentada o superficial. Combatir la violencia contra las mujeres requiere mucho más que legislación o campañas ocasionales. Exige comprender las raíces profundas de este fenómeno, que se nutre de desigualdades históricas, patrones culturales arraigados y relaciones de poder que todavía persisten en muchas sociedades.
La violencia contra la mujer se manifiesta en todos los espacios de la vida cotidiana. Ocurre dentro del hogar, donde muchas veces las víctimas conviven con sus agresores. Ocurre en las escuelas, en los lugares de trabajo y en la vida pública.
Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, es necesario decir basta.
Pero no basta solo con denunciar la violencia. También es necesario decir basta a la inercia.
Basta a la falta de prioridad política frente a un problema que afecta la vida de millones de mujeres.
Basta a las respuestas insuficientes o meramente declarativas.
Basta a la incapacidad de comprender que esta violencia es también un problema estructural que requiere transformaciones profundas.
La lucha contra la violencia de género exige políticas públicas más integrales y sostenidas en el tiempo. Exige prevención, educación para la igualdad, protección efectiva para las víctimas y sistemas judiciales capaces de actuar con rapidez y firmeza.
Pero también exige una transformación cultural que reafirme los valores de igualdad, respeto y dignidad de las mujeres.
Ninguna sociedad puede aspirar a ser verdaderamente justa si permite que la mitad de su población viva bajo la amenaza permanente de la violencia.