11 de abril de 2011 19:05 hs

Una señora está tomando mate en el porche de su casa. Es una tranquila tarde de jueves en Nueva Palmira. Está despejado, hace calorcito y el otoño parece que todavía no ha llegado al litoral. Solo se escucha el sorbido del fondo del mate cuando se queda sin agua. De pronto, la mujer saca la boca de la bombilla. Los vidrios de su casa comienzan a vibrar, como si de un terremoto se tratara. El ruido de un motor –como un insecto gigante y mecánico– empieza a agrandarse y a llenar el ambiente. Un enorme camión de doble zorra zumba la calle frente a la señora, dejando detrás un arcoiris marrón del polvo, como si fuese una locomotora, que se levanta de una calle palmirense cariada de tantos pozos.

El camión puede ir cargado con fertilizante, con trigo, con cemento portland; el contenido de la carga es indistinto. Va hacia el puerto y el cargamento que lleva se irá en barcos o barcazas hacia otro destino, que puede ser cercano, como Rosario o Asunción, o puede estar del otro del globo.

Desde la comodidad de un sillón montevideano, la realidad de Nueva Palmira, unida de manera inevitable a su puerto, se ve como una zona de pujanza y esplendor, y en muchos sentidos lo es. Como zona franca, Nueva Palmira es el segundo destino de las exportaciones uruguayas, después de Brasil. Desde esa zona franca portuaria luego se irradian a la región, sobre todo a Paraguay y Argentina. Desde hace por lo menos un lustro, “Palmira”, como la acortan sus habitantes, se ha desarrollado bajo los auspicios de los precios de la soja y otras commodities cuyas gráficas de precio por tonelada son como el perfil del Himalaya.

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Pero basta transitar un poco por las calles vapuleadas de la ciudad, o hablar con las autoridades para constatar que la realidad, como siempre, es un poco más compleja que un slogan. “Es que el crecimiento económico dejó un tendal, y todavía no se acompaña de un crecimiento a nivel logístico y social”, dice a El Observador el alcalde de la ciudad, Andrés Passarino. Como el camión, que dejó a la doña dentro de una nube polvorienta. La señora tiene derecho a disfrutar de su jubilación en el porche. El camión tiene derecho a agrandar los rendimientos de su empresa y aumentar el flujo comercial del país. Lo que falta es armonía.
PLAYA, NO PARA TURISTAS

Encandilada con el crecimiento, Nueva Palmira ha dejado de lado algunos aspectos básicos de la calidad de vida, tanto de los trabajadores flotantes como de los residentes de todo el año. El auge del puerto ha producido cambios positivos en mucha gente.

En 2009, un vecino palmirense, “humilde de toda la vida”, según sus conocidos, vendió 10 hectáreas en US$ 1 millón. Luego se compró una casa no muy ostentosa que, con los precios picando por las nubes encima del río Uruguay, ya le costó US$ 135 mil. También adquirió otra casa para su padre, con un costo un poco arriba del de su casa. Cuando quiso acordar, ya le quedaba casi la mitad de que lo que había ganado. “El propio boom que le dio la ganancia, se lo fue comiendo”, dice el alcalde Andrés Passarino, recordando la anécdota.

Cerca de Nueva Palmira existen hermosas playas, algunas de ellas estandartes de la historia patria, como Agraciada, y otras turísticas, como Brisas o Punta Gorda. Pero no existe una playa de estacionamiento para los miles de camioneros, como el que dejó tosiendo a la señora del mate, que necesitan bañarse, ir al baño, tirar basura y descansar. Un camionero que atraviesa raudo la ciudad a descargar corre el riesgo de pasar de dos a cuatro días esperando para entrar al puerto.

Mientras esperan frente al puerto, hoy solo tienen un triste descampado que se pavimentó encima de un campo baldío. En dos semanas, cuando explote la descarga de soja en Nueva Palmira, ese lugar será una especie de campamento improvisado y desorganizado, una tierra de nadie poblada por camiones que pelean un lugar para descargar, y que no cuenta con los más mínimos servicios. La alcaldía reclama la construcción del llamado “puerto seco”, donde los camiones descarguen y continúen su camino, y luego la carga vaya hasta el puerto.

Puerto adentro, se exporta soja, celulosa a través de la Terminal de Ontur, hay movimiento de grúas que cargan portland para Paraguay y Bolivia. Puerto afuera, el pasaje constante de vehículos de transporte pesado ha dejado las calles de la ciudad muy rotas. Cada elemento positivo tiene su contracara. “Hay que ponerse el cinturón, pero por los saltos de los pozos”, bromea Passarino, pero recuerda con seriedad que desde hace años el Ministerio de Transporte y Obras Públicas promete un by-pass para la entrada al puerto con el fin de que los camiones no rompan las calles del centro. El ministro Enrique Pintado visitó la ciudad y expresó que la obra es prioritaria. Pero de aquí a que se construya pueden pasar un par de años.
ACCIÓN ESTATAL

Desde el municipio reclaman más participación del Estado, que en su opinión se ha mostrado ausente en varios rubros fundamentales para que la ciudad tenga un equilibrio entre desarrollo material y desarrollo humano. Y las críticas no solo parten del alcalde, que pertenece al Partido Nacional, sino también de los concejales, dos de ellos integrantes del Frente Amplio. Los hermanos Hebert y Óscar Márquez, frentistas independientes, tuvieron una peleada elección contra Passarino, pero una vez que asumieron en el municipio, el trabajo ha sido en conjunto y codo a codo. “Los problemas de Palmira no dan para que nos peleemos acá”, dice Hebert Márquez, quien llama la atención sobre la lentitud con que el Estado se ha manejado en cuanto a obras para la ciudad.

“Las luces y las sombras de las ciudad se superponen. El puerto de Palmira maneja entre cinco y seis millones de toneladas al año, pero la ciudad no tiene saneamiento”, apunta Márquez. Además, a partir de las seis de la tarde, cuando sube el consumo, no hay agua en la mitad de la ciudad. Esto se debe a una mezcla de factores. Por un lado, en las tomas de agua del río, de donde OSE saca el agua, se estableció una colonia de moluscos que llegaron de India en el casco de un barco mercante y que taponea la salida. Por otro, los caños viejos y el aumento de la población afecta la falta de presión.

En otros rubros, la mano del Estado no llega o llega mal. En materia de salud, existen problemas de traslados en ambulancia, las internaciones y los partos deben hacerse en Carmelo, y los estudios médicos directamente en Montevideo. En cuanto a la educación, la alcaldía denuncia la falta de centro de capacitación de oficios vinculados al puerto, y la necesidad de un nuevo local lineal, ya que el único que funciona es una vieja casa del siglo XIX reciclada, que tiene 930 alumnos y ya quedó chica. Si bien las autoridades reconocen que hay pocos funcionarios policiales, la tranquilidad de la ciudad no amerita más efectivos.

El puerto ha sido la principal inversión estatal, donde se le ha ganado espacio al río y se acaban de adquirir dos grúas alemanas para mejorar la capacidad de carga y descarga. Pero en otros campos hay ausencia. “No hay un plan de ordenamiento territorial para la ciudad. La vivienda es otro asunto grande. Por un lado hay gente que vive en carpas. Por otro lado, los alquileres son altísimos”, dice Óscar Márquez.

Alguno se puede preguntar, con lógica, qué margen de acción posee la alcaldía palmirense para la resolución de algunos de estos problemas de la ciudad, aunque muchos de los nombrados no le competan. La alcaldía dispone de una partida municipal de Colonia de $ 5 millones para obras. “No sabemos qué vamos a hacer”, confiesa con sinceridad el alcalde Passarino.

Las actuales tendencias del comercio mundial han puesto al recodo del río Uruguay, donde los charrúas mataron a Juan Díaz de Solís en la lejana conquista. El crecimiento es notorio: en el puerto, la construcción de nuevos hangares de una naviera es buen ejemplo. La explosión inmobiliaria continúa: cuesta US$ 330 mil la hectárea frente al portón de la zona franca del puerto. El potencial del puerto es grande: las obras se puedan ampliar a seis o siete muelles más, de los cuatro que existen hoy. La soja sigue al alza y eso es música en los oídos de los exportadores. Pero las carencias también están a la vista. “Las ganancias de las empresas son enormes. Una parte mayor que la actual se debe volcar a Nueva Palmira”, reclama Hebert Márquez.

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