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La conmovedora historia de Darwin Núñez: de acostarse sin comer al sueño celeste

Núñez, que comía en la escuela porque no tenía dinero para la merienda y reveló que su madre juntaba botellas en la calle para vender, hoy sueña con comprar una casa a sus padres en señal de agradecimiento por el amor que le brindaron

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22 de julio de 2019 a las 05:03

El Pirata. Un asentamiento y barrio pobre de Artigas ubicado sobre una zona inundable del río Cuareim. Allí la vida se pelea día a día para llevar el pan a la casa. Cuando la naturaleza se ensaña y el río crece, la gente pierde lo poco que tiene. Desde chico Darwin fue testigo del sacrificio de una madre que recorría las calles juntando botellas para poder vender y obtener dinero para darle de comer a sus hijos. O de un padre que se deslomaba en la construcción para juntar unos pesos y comprarle un par de zapatos de fútbol.

Darwin Núñez, delantero de Peñarol y la selección que jugará los Panamericanos en Lima, es dueño de una historia de superación que tiene como objetivo inmediato comprar una casa para sus padres.

Detrás del silencio y la timidez de Núñez hay una fuerza arrolladora que lo lleva a salir adelante. Se cayó y se levantó dos veces. Llegó a pensar en dejar el fútbol. Pero decidió dar la pelea. Por su hermano Junior que abandonó el fútbol por un tema familiar, por sus padres Silvia Ribeiro y Bibiano Núñez que se desvivieron por darle todo, por las noches que se acostó sin comer. Una historia conmovedora que se inició cuando el Chueco José Perdomo lo fue a buscar a su Artigas natal.

Corría el año 2013 cuando Perdomo se apareció por una canchita de baby fútbol del lejano departamento de Artigas. El Chueco se paró a un costado de la cancha y a los pocos minutos de un partido que jugaba la selección de Artigas contra Bella Unión, un botija flaquito le llamó la atención. Empezó a realizar un seguimiento de sus movimientos, sus arranques, la forma en que dejaba rivales por el camino. Cuando terminó el partido no lo dudó, el técnico de las formativas de Peñarol se fue a hablar con los padres del chiquilín.

Con 14 años, se despidió de su familia en la terminal de ómnibus de Artigas y se vino a Montevideo con el temor lógico del que no conoce las luces de la ciudad.

“Me bajé en Tres Cruces, me estaban esperando, y me alojaron en la casita donde se quedan los pibes del interior en el Complejo de Peñarol”, reveló Núñez en charla con Referí.

“No sé qué  pasó pero no quedé. Me volví para Artigas. Luego de un año volví y estaba Ahuntchain de coordinador. Hablamos y me dijo que me iban a precisar en Peñarol. Entonces hablé con mis padres de que me iba a quedar”, fue el inicio de la carrera de Darwin.

 

El sacrificio del hermano

La mayor parte del tiempo Darwin estuvo acompañado de su hermano Junior que jugaba en la Tercera división de Peñarol. El volante fue citado a entrenar con el primer equipo un 10 de setiembre de 2015. Y en su categoría llegó a marcar goles clásicos.

Lo cierto es que un problema familiar llevaron a que el hermano de Darwin tuviera que dejar de jugar.

“Mi hermano estuvo entrenando con la primera de Peñarol pero tuvo que dejar por cosas que pasan en la vida, problemas familiares, dejó. En ese momento yo también me iba a ir para Artigas pero él me dijo: ‘quedate, vos tenés futuro. Yo me voy”.

Aquello fue desgarrador para Darwin. “Me dio la oportunidad a mí”, dice el delantero resaltando el gesto de su hermano.

 

El esfuerzo de los padres

Núñez quedó solo en Montevideo. Extrañaba su Artigas, los amigos, el barrio, la familia. Pensaba en sus padres. En el sacrificio que hicieron para que no le faltara nada.

“Yo no olvido de donde vengo. Una familia humilde, laburadora. Mi padre trabajaba en la construcción y cuando no tenía zapatos trataba de buscarme algo y comprarme unos para poder jugar al fútbol. Tenía que trabajar ocho o nueve horas para comprarme las cosas y darnos lo que comer. Mi madre siempre fue ama de casa y salía a recorrer las calles a juntar botellas para vender”, reveló Núñez a Referí.

Darwin se quedó dos años y medio en las juveniles aurinegras hasta que, con 16 años, lo ascendieron de la Quinta división al primer equipo. El técnico era Leonardo Ramos. Cuando sintió que las cosas iban bien le pidió a su representante el Chino Edgardo Lasalvia, si lo podía ayudar a traer a sus padres de Artigas. Fue entonces cuando se fue del complejo de Peñarol para vivir en una casa con sus padres en Montevideo”.

 

Otro golpe

Terminado el campeonato de Quinta división a Darwin lo ascendieron para jugar en Tercera un partido contra Sud América en el parque Fossa.

Y allí ocurrió lo inesperado. “Estaba jugando bien, venía haciendo goles y tenía una confianza bárbara. Recuerdo que en una pelota dividida salté y cuando caí me doblé toda la rodilla y se me vino todo a la cabeza. Que estaba en Primera, que tenía la oportunidad de debutar, se me vino todo abajo”, contó Darwin.

Se rompió los ligamentos cruzados. Debió ser intervenido quirúrgicamente. Pasó un año y medio sin pisar la cancha.

“Fue un momento complicado para mi, quise dejar”, reconoció el delantero a Referí.

“Me iba a laburar a Artigas, no me quedaba otra. Tenía que arrancar para las ocho horas”, acotó.

Pero fue allí donde se apoyó en la imagen de su hermano Junior. En el sacrificio que había realizado volviendo a Artigas para estar cerca de la familia y alejarse del fútbol. “Mi hermano fue el foco que me iluminó, el sostén para seguir. En ese momento me ayudó mucha gente como “mis compañeros de Peñarol, el cuerpo médico del club, mi representante el Chino Lasalvia con Gerardo Rabajda siempre me apoyaron. Siempre estuvieron en los momentos malos”.

 

La segunda operación

Recuperado de la lesión, Darwin volvió al primer equipo donde estaba como técnico interino del equipo Fernando Curutchet. En determinado momento hablaron y el entrenador le comentó de su intención de hacerlo debutar en Primera división.

Darwin admitió con valentía que “yo no me sentía preparado para jugar en Primera, ni para estar en el banco. Me dolía la rodilla pero tuve que apretar los dientes y jugar”.

El delantero arrastraba los síntomas de dolor, un tema que habla con los médicos de Peñarol que buscaban por todos los medios que Núñez se sintiera bien.

El 22 de noviembre de 2017, frente a River Plate por la decimotercera fecha del Torneo Clausura, Darwin Núñez debutaba en el primer equipo carbonero en el Saroldi. Entró a los 63 minutos por Maximiliano Rodríguez. Peñarol perdió 2-1.

“Salí llorando del dolor”, contó Darwin a Referí. Lo tuvieron que volver a operar. Esta vez de la rótula. Fueron dos intervenciones en poco tiempo. Otra vez el sufrimiento.

 

Volver

El delantero de Peñarol no bajó los brazos. Siguió adelante en procura de consolidarse en el primer equipo. Regresó en 2018. Pocos meses después fue convocado para formar parte del plantel de la selección Sub 20 que jugó el Sudamericano de 2019.

Allí se sucedió un hecho inesperado. Darwin no la embocaba y su actuación despertó críticas a través de las redes sociales.

“Yo entraba mucho en las redes, veía comentarios que no me gustaban y eso me ponía mal. Eso me empezó a bajonear y Axel, el psicólogo de la selección, me ayudó bastante”, reconoció el jugador.

El cuerpo técnico de la Sub 20 lo mantuvo en el plantel para jugar el Mundial. Antes de viajar a Polonia, Núñez volvió a tener sesiones con el psicólogo y antes de los partidos del Mundial se juntaban para hablar. A partir de aquello Darwin empezó a dejar el celular un poco de lado.

“Después de los partidos lo apago y lo prendo al otro día para comunicarme con mi familia. Hablo con mi familia y mis amigos que siempre estuvieron apoyando”, reconoció.

 

“No me cayó la ficha”

Por estas horas Darwin fue centro de una polémica mediática. Volvió a ser tenido en consideración para la selección uruguaya que defenderá la medalla de oro en los Panamericanos. Pero el vicepresidente aurinegro, Rodolfo Catino, anunció su interés de que quede a defender a Peñarol en la Copa Sudamericana. El chico quedó en el medio. Finalmente reinó la paz.

Darwin reconoce que entrar al Complejo Celeste es un orgullo.

“Ya entrar acá al Complejo Celeste para mí o para cualquier jugadores es algo divino, es soñado representar a tu país. Que venga el Maestro Tabárez a hablarme es la frutilla de la torta. Cada vez que habla trato de escucharlo, prestarle atención porque es un hombre que sabe de fútbol. Estas cosas las tengo que disfrutar”, admite.

El chico dice que aún no le cayó la ficha del lugar donde se encuentra, que pasa a ser jugador de un proceso de trabajo que se inicia justamente en las selecciones juveniles.

“Todavía no me cayó la ficha y a veces hablo con mis padres y mi novia y les digo que aún no me cayó la ficha de donde estoy. Estar acá, hablar con el Maestro es increíble. Pero tengo que seguir trabajando, aprendiendo, sumando experiencia”, admitió.

 

La casa de los viejos

“Yo me crié en un barrio pobre. Ahí aprendí compartiendo cosas con los amigos, cada uno llevaba algo. En la escuela lo mismo, cuando no tenía para comer yo iba a la escuela de tiempo completo. Entraba a las 7 y salía a las tres de la tarde. Mis padres trabajaban y cuando salía de la escuela me iba a entrenar. Mamá no estaba todavía porque salía a juntar botellas en la calle y las vendía para comprarme las cosas a mí y mi hermano”, contó el chiquilín de 20 años a Referí.

Darwin dice que su sueño inmediato pasa por asegurar el futuro de sus padres.

“Nosotros tenemos una casa en Artigas pero cuando nos vinimos a Montevideo se fue abajo. Ahora me está yendo bien y si me sale algo le voy a comprar una casa para mis viejos y ponerles un negocio para que ellos estén bien. Es mi objetivo”, expresó.

El delantero agregó: “Si sigo trabajando voy a lograr eso y darles el gusto a mis padres que hicieron todo por mí cuando yo no tenía ni un par de zapatos. Es un poco devolverles el amor que me dieron, que es lo más importante, el amor del padre es único, no es todo material.

Y concluyó diciendo: “Sí, me acosté con la panza vacía. Pero la que más se acostó con la panza vacía fue mi madre, porque una madre hace todo por sus hijos y ella muchas veces se acostó sin comer para darnos de comer a nosotros. Yo no me olvido de donde salí”.

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