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Desgarrados por amor: "Historia de un matrimonio", la película que hace llorar a un pueblo

La última película de Noah Baumbach es un bello retrato sobre el fin del amor; está en Netflix y fue nominada a seis Globos de Oro

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10 de diciembre de 2019 a las 05:00

Advertencia: esta nota contiene datos que podrían considerarse spoilers, aunque el autor tiene la conciencia tranquila de que con su nota no arruinará ninguna experiencia

Dice el escritor español Manuel Vilas en Ordesa que la muerte de una relación es también la muerte de un lenguaje secreto, de un idioma propio e intransferible. Que hay códigos y significados que nacen cuando dos personas se eligen y que luego se pierden para siempre entre las cenizas. Es cierto; el final del amor es también el final de una forma de vida. Se genera un vacío, porque con esa relación dejan de existir las miradas telepáticas, los gestos invisibles, las nimiedades rutinarias imperceptibles, los códigos tácitos que hacen al día a día. Pero lo más doloroso es que por un tiempo se mantienen. El impulso por decirle al otro que tiene algo entre los dientes, que se puso la remera al revés o que se reprueba una actitud solo con una mirada, queda. Es una huella a la que le cuesta desaparecer.

Es probable que por eso Historia de un matrimonio (Marriage Story) duela tanto. Quizás por eso, en las redes, los que la vieron pocas horas después de su estreno en Netflix el pasado viernes hayan elegido exteriorizar su congoja en pequeños mensajes virtuales. Historia de un matrimonio no duele porque sea algo nuevo, inédito. De hecho está llena de ecos de Kramer vs Kramer o Escenas de la vida conyugal o hasta de otra película del mismo director titulada Historias de familia (The squid and the whale). La última película de Noah Baumbach es una puñalada porque al verla somos testigos de cómo un amor que en algún momento fue ideal y con un porvenir más que interesante, sufre y se quiebra. Vemos los últimos estertores de una pareja que pelea por ganar a su hijo en tribunales, vemos como se hacen pedazos en discusiones que escalan hasta límites insospechados y sobre todo, cómo aún mantienen los códigos que marcan que en algún punto fueron el uno para el otro. Porque ahí los tenemos, a Charlie y a Nicole, en medio de una fría reunión con sus abogados que de repente se pausa para comer. Y ellos no se hablan, no se miran, pero agarran el menú del día y ya se conocen de memoria; Charlie no sabe que pedir, como siempre, y Nicole, como siempre, pide por él. Es un gesto microscópico, pero Charlie lo entiende. Nicole también. Y nosotros, del otro lado, también. Son las cenizas del amor.

Historia de un matrimonio –que este lunes fue nominada a seis Globos de Oro– es el onceavo largometraje de Baumbach, un tipo que ha dedicado su carrera a desmenuzar familias más o menos similares que, claramente, tienen raíz en la suya. Hijo de padres divorciados y con los pies bien plantados en su Brooklyn natal, a este neoyoquino de 50 años se le puede sacar la ficha tomando tan solo un puñado de sus películas. En el cine de Baumbach los personajes coquetean con el ambiente cultural del borough más hipster de Nueva York, pertenecen a familias disfuncionales o al borde del colapso y sus motivaciones personales los llevan de la comedia al drama sin escalas. Baumbach está particularmente interesado en esos puzles cuyas piezas no encajan, pero que a la fuerza intentan hacerlo. Así, entonces, aparecen películas como Los Meyerowitz: la familia no se elige (historias nuevas y selectas), en la que Dustin Hoffman lidera un clan cargado de traumas sin resolver. O Frances Ha, donde su actual pareja Greta Gerwig baila y llora en las calles de la gran ciudad buscando encontrar un futuro en la danza y una familia de la que rodearse.

Pero en el fondo, amenazante como una tormenta eléctrica en el campo, siempre está el divorcio, la ruptura de una familia y los hijos que quedan a la deriva. En Historias de familia eso se contaba desde el punto de vista de dos hermanos y con un tono cómico que fluctuaba entre lo amistoso y lo patético. En Historia de un matrimonio, aunque hay válvulas de escape cómico, el volantazo es hacia el drama. Mientras que en la primera Baumbach recordaba el divorcio de sus padres, en esta última se inspira en el suyo con la actriz Jennifer Jason Leigh.

En esta película que marca su segunda producción bajo la égida de Netflix, Baumbach pone en escena a un director de teatro –Charlie, que es Adam Driver– y a una actriz de su compañía –Nicole, que es Scarlett Johansson–. Ambos están casados, tienen un hijo de ocho años, muchas ganas de estrenar su obra en Broadway y un apartamento lleno de libros en Brooklyn. La película comienza con una sucesión de tiernas imágenes en las que cada uno habla sobre las bondades de su cónyuge. Pero enseguida la idea de familia imperfecta y feliz se diluye; una cita con el terapeuta de parejas se abre y se nos aclara que estamos en las últimas. Y que para la pareja ya no hay vuelta.

Le han preguntado varias veces a Baumbach si Charlie está basado en él. Él ha dicho que no, que se reconoce tanto en Charlie como en Nicole. Que puso un poco de todo en todos. Que buscó no poner al espectador del lado de ninguno de los dos, que quiso que todos entendieran que en una disputa de este calibre no hay ganadores ni perdedores. Hay que decir que lo logra, que uno nunca se pone de ningún lado. Y esto pasa, en gran medida, porque fichó a los mejores. Adam Driver confirma que es uno de los mejores y más dúctiles actores del momento y Scarlett Johansson impregna a Nicole de una fragilidad y una potencia interpretativa desgarradora. Cada uno tiene grandísimos momentos y transforman la historia en lo que termina siendo: un duelo de actuaciones gigantescas. Ambos ya fueron nominados al Globo de Oro y van camino al Oscar sin paradas ni peajes. Con ellos están también Laura Dern –que hoy aparece hasta en la sopa pero que acá está enorme– y Ray Liotta, que hacen las veces de los abogados que decidirán el futuro legal de la pareja. La inclusión de los letrados no es en balde; ellos representan todo lo que ambos quisieron evitar, son la muerte del diálogo, de la concertación. Un final burocrático para dos vidas dedicadas al arte.

Historia de un matrimonio puede parecer un ejercicio pleno de guion, una historia contada a partir de las poderosas actuaciones de sus actores, pero hay mucho cine en ella. La puesta en escena de Baumbach pone a los personajes continuamente en esquinas opuestas, en ciudades opuestas –Los Angeles y Nueva York– y le da y quita peso a cada uno dependiendo del lugar al que se incline la balanza. Pero claro, con el diario del lunes es difícil evitar pensar en los parlamentos, en esos ejercicios teatralizados donde el director demuestra su gran capacidad para crear personajes y situaciones verosímiles. Así, el monólogo de Nicole contándole a su abogada el inicio, auge y caída de su matrimonio es formidable. Y resulta absolutamente devastadora una discusión de entrecasa que recuerda mucho a una escena de Antes de la medianoche de Richard Linklater y que termina por enterrar cualquier reconciliación. Con Charlie de rodillas llorando de rabia luego de gritar una barbaridad, Baumbach nos recuerda que del amor al odio hay un paso.

Hasta ahora todo viene de llantos, una familia rota y un niño en el medio, pero aunque los pañuelos descartables usados y amontonados no permitan evidenciarlo, Historia de un matrimonio termina con una nota de esperanza. Sí, es el fin. Sí, hasta este amor puede morirse. Pero también es una manera de volver a empezar. Los padres de Noah Baumbach volvieron a empezar. Él mismo volvió a empezar. Charlie y Nicole, que se abrazan en una de las despedidas finales, también vuelven a empezar. Y Henry, el hijo, el efecto colateral, el niño que se cuelga de sus cuellos y que los quiere juntos y separados, también.

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