En abril de este año, falleció víctima del coronavirus en Estados Unidos la joven Charlotte Figi. Una muerte paradojal. Charlotte hizo fama mundial por haber superado los terribles síntomas del síndrome de Dravet, una de las formas de epilepsia que afecta a miles de niños en el mundo. Charlotte empezó con convulsiones a los tres meses, tenía más de 100 ataques de epilepsia cada día y no se esperaba que llegara a los 10 años.
Superando mil y una dificultades tras desistir de seguir con medicamentos legales que tenían graves efectos secundarios y que no generaban mayor efecto curativo, los padres recurrieron al cannabis. Una decisión difícil que tomó su padre, un soldado estadounidense que en 2012 estaba en Afganistán y alternaba la búsqueda de videos con posibles soluciones a la epilepsia en niños con los dolorosos videos que le llegaban de su hija sufriendo.
Así fue que se enteró de los casos de otros niños que habían sido tratados exitosamente con CBD o cannabidiol, uno de los más de 100 cannabinoides que tiene la planta Cannabis sativa. Los cannabinoides son sustancias químicas que todos los vertebrados producimos, pero que solo una planta en todo el mundo genera en cantidades significativas.
Tras convencer a la madre preocupada por la perspectiva de dar lo que consideraban una “droga” a una niña de 5 años, obtener un cannabis de bajo THC y alto CBD en Colorado, uno de los dos estados en los que en aquel entonces se podían conseguir flores libremente, los resultados obtenidos cambiaron la historia. Dado que el THC es el cannabinoide psicoactivo y que este cannabis también era legal en Colorado, obtener flores de bajo contenido de THC no resultaba fácil, pero finalmente dieron con cultivadores que tenían esto disponible
Los proveedores del cannabis eran seis hermanos cultivadores de apellido Stanley que a partir de la recuperación de Charlotte cobraron fama mundial. El médico Sanjai Gupta siguió el caso en una serie de documentales para la CNN y la mayoría de los estados fueron aprobando el uso de cannabis medicinal basado en alto CBD. Hoy los estados de EEUU que permiten el uso de cannabis medicinal son 39, la legalidad es total en toda la costa oeste, desde Alaska a California y el llamado “recreativo” es legal en 11 estados.
Apenas legalizado el cannabis en Uruguay, los hermanos Stanely se establecieron en nuestro territorio e intentaron generar medicamentos, hasta que se aburrieron de tantos palos en la rueda y volvieron a Colorado, donde la libertad funciona sin problemas. Una gran oportunidad perdida.
FM
Mientras, Charlotte fue conociendo ya de niña lo que es una vida relativamente normal, con uno o dos episodios de epilepsia por mes que no le impedían sonreír, aprender, comer por sí misma, integrarse a una vida familiar normal con sus padres y hermanos.
Vaya paradoja la de una niña que sortea el vivir durante años con una convulsión cada media hora, con dificultades para comer y dormir, golpes en la cabeza y una familia sometida al más intenso estrés terminar falleciendo tan joven por un virus que en general ha eludido a los menores de edad.
Aquí en Uruguay las niñas y niños que tienen el síndrome de Dravet todavía no cuentan con un medicamento hecho en Uruguay con las garantías del caso y precios accesibles. Los padres y madres, agrupados en fundaciones como Batar, todavía buscan y esperan soluciones. Los niños del mundo esperan que Uruguay empiece a exportar flores y extractos de cannabis de alto CBD, la molécula que es capaz de sustituir los cannnabinoides que el cuerpo de los niños con estos síntomas no logra generar. Hasta el Brasil de Bolsonaro ha aprobado el uso de cannabis medicinal, aunque no su cultivo. Una oportunidad más que evidente y obvia para que Uruguay abastezca a millones de personas sin competencia.
Las investigaciones iniciadas por Raphael Mechoulam en la Universidad de Jerusalem hace más de 50 años han demostrado largamente la eficacia del cannabis para diversas dolencias. El gobierno de Israel suministra flores a miles de sus ciudadanos y por eso el sector privado israelí recolecta millones de dólares para investigar y desarrollar productos. Y no les alcanza, han importado cannabis, incluso de alto contenido de THC con fines medicinales desde Uruguay.
Negar el uso de esta planta en aquellos casos, como estos tipos de epilepsia, en los que la ciencia ha demostrado razonablemente utilidad y ausencia de efectos secundarios es una postura francamente equivocada, anticientífica y cruel.
Naciones Unidas está en un grave error conceptual al considerar todavía al CBD como una sustancia peligrosa simplemente porque sea la planta de cannabis la que lo genera. Es una categorización equivocada que pronto será revisada y cuya modificación Uruguay debe acelerar. En el mundo la prohibición retrocede y las oportunidades se amplían. Como en Suiza donde es libre el uso y la venta de todo cannabis que tenga menos de 1% de THC. Una lógica simple, liberal, basado en ciencia, con precisión suiza podría decirse. Será emocionante ver que un producto de la agricultura uruguaya es importado por Suiza, Israel, Alemania o cualquiera de los países más exigentes del mundo en calidad que nos están pidiendo productos. Será un envión para todo el sector granjero que también está esperando de una alternativa que en menos de 10 hectáreas puede generar un ingreso importante. La concreción de estas exportaciones valorizará una vez más las tecnologías de trazabilidad, nos confirmará como un país serio e inteligente.
FM
Todavía falta camino por recorrer. En Uruguay se pueden comprar flores de alto THC, pero no de bajo THC. No se puede consumir la semilla, el grano, cuando es claro y evidente que la no genera ningún tipo de psicoactividad ni complicación sanitaria, es una oleaginosa que puede hacer diferencia en la industria aceitera uruguaya y en las rotaciones agrícolas.
En Uruguay mucha gente no sabe todavía qué es el CBD. Deberían averiguarlo por su propia salud y porque es una molécula capaz de desencadenar la agricultura más sofisticada y noble que puede hacerse. Partiendo de una planta llegar a un medicamento que le salva la vida a un niño. Un sector agrointeligente que puede incorporarse a los grandes sectores de la exportación de Uruguay. Un cultivo que puede sumarse a las rotaciones agrícolas mejorando muchísimo el balance de carbono de los suelos con sus profundas raíces pivotantes y puede funcionar como cultivo trinchera que capture fósforo y nitrógeno antes de que lleguen a las aguas. Puede generar las flores desde las que hacer medicinas, granos con los que hacer aceites de alta calidad, fibras que pueden amalgamarse con la lana fina para generar prendas únicas de Uruguay, o puede como en Europa sumarse a la emergente industria de los bioplásticos, entre tantas posibilidades que tiene la planta más versátil del mundo.
Increíblemente los gobiernos anteriores tras hacer un buen marco legal, impidieron casi toda exportación o desarrollo local. Sin acceso a financiamiento bancario ni a ingresos, heroicamente un sector empresarial plenamente convencido de su misión y su visión sobrevivió, pagó salarios, compró insumos y pagó impuestos. Si la demora continuase la oportunidad se perderá tal vez para siempre.
Hasta ahora es una situación insólita en la que los vendedores quieren vender, los compradores quieren comprar, los pacientes esperan pacientes, pero siempre falta algún sello o alguna firma para que la transacción pueda realizarse. El Uruguay exportador de CBD parece cerca de despegar. Nadie sancionará a Uruguay por exportar una molécula que no tiene ninguna psicoactividad y es capaz de aliviar epilepsias, dolores, insomnios. Todo hace pensar que tras una durísima espera generada por nuestra propia burocracia, el momento de la libertad comercial está llegando. Debe llegar también al cannabis con alto THC, sin que importe si se va a usar en un hospital o en un coffee shop de Ámsterdam.
Es un cultivo que ya ha cambiado la vida económica desde Denver a Nueva Helvecia, y puede cambiar la vida económica de un país entero. Puede generar empleo masivamente, ayudar a bajar el déficit fiscal, acelerar innovaciones que servirán a otros cultivos. Pero sobre todo puede cambiar la vida de miles de niños y adultos que aquí y en el mundo siguen esperando.