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El fútbol como retrato de la Argentina

El partido entre la selección albiceleste y la de Brasil presentó dentro y fuera de la cancha situaciones antológicas referidas al comportamiento humano en su casi peor escala

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05 de julio de 2019 a las 05:04

Tal como supongo lo mismo que ustedes, el martes pasado vi el partido de Brasil y Argentina. Honestamente, tanto me daba quien ganara. Solo me interesa la selección uruguaya, por lo tanto, todo lo que haya en una cancha fuera de eso, lo encaro con absoluta indiferencia. Varios de mis mejores amigos son argentinos, pero la vida es la vida, y el fútbol el fútbol. Me considero un purista del principal de los deportes, estoy escribiendo desde hace años un largo libro llamado Fútbol. Una filosofía, por consiguiente, solo quiero que gane el mejor, esto es, el fútbol; el equipo en la cancha que juegue mejor y quiera ganar, no el que venga a buscar un resultado ayudado por la casualidad o por no dejar jugar al rival. De la misma forma que detesto la anti-vida, detesto el anti-fútbol en sus varias versiones, el cual por tanto tiempo con lacras de entrenadores, como Borras y Púa, practicó también el fútbol uruguayo.

Las imágenes y comentarios provenientes del partido del martes me significaron una tortura en varios aspectos mentales. En primer lugar, por tener que soportar -y no encuentro un verbo mejor- a quienes trasmitieron el partido en DIRECTV. ¿Cómo una cadena internacional tiene al frente de las cámaras y el micrófono a dos tan enormes incompetentes, cuyo parcialismo pro-argentino vino acompañado del peor análisis técnico que he oído en décadas? ¿Es que esta gente nunca escuchado una trasmisión inglesa para ver cómo se pueden hacer las cosas con parcialismo, sí, pero sin perder nunca el profesionalismo y el uso de la inteligencia al servicio de la interpretación de lo que realmente ocurre en la cancha? No recuerdo haber oído un relato de 90 y pico de minutos condimentado con tanta oligofrenia, la cual, tal vez alguno haya encontrado ingeniosa o divertida.

En todo el partido no brindaron ni un solo dato estadístico sobre lo que empíricamente estaba sucediendo en la cancha desde el punto de vista cuantitativo, en relación con errores y aciertos, tal como debe hacerse en cualquier trasmisión con profesionales auténticos a cargo. Las debilísimas verdades emitidas por el relator y el comentarista estuvieron basadas solo en percepciones personales sobre lo que ‘supuestamente’ ocurría dentro del perímetro, lo cual, para nada coincidía con lo que objetivamente estaba en verdad ocurriendo.

Fue tan pobre y lamentable la argumentación para defender el accionar de la oncena argentina, que uno llegaba a dudar de la honestidad de los juicios expresados. Fue una sensación parecida a la que se siente cuando el interlocutor lo toma a uno por idiota, o bien le quiere mentir de burda manera. Hablaban sin ton ni son sobre el supuesto predominio argentino en determinado momento del match, cuando se veía a las claras que en cualquier momento Brasil, de contrataque y con jugadores muy superiores técnicamente, podría convertir el segundo gol, tal cual ocurrió sin que los comentaristas en ningún momento tuvieran la gracia y el tino como para corregirse a la marcha. Lamentable, por decir poco, fue todo de principio a fin.

Fue extraordinariamente irritante la supina incapacidad e ignorancia para analizar con cierta dosis de convencimiento lo que estaba sucediendo en la cancha. La pasión les pulverizó la escasísima y casi inexistente capacidad de análisis que tienen. El resultado, por lo tanto, fue un desastre analítico rimbombante. Para poder sobrevivir la dura prueba que tuvo mi paciencia, debería haber bajado el volumen, pero los dejé seguir hablando para poder escribir esto y darme cuenta de que al otro lado del charco las cosas tal vez estén peor de lo que lo imaginaba. Ni siquiera el relato deportivo se salva. Terrible, para mí, pues Argentina es un país que de veras admiro, en lo literario y cultural. Podría, en ese aspecto, darnos lección a todos.

A partir de la ineptitud de los encargados de un relato deportivo puede detectarse, sin tan grande margen de error, el estado de irracionalidad al que puede llegar un país, empezando por el fútbol, siguiendo por el aparato político que fomenta el contexto en el cual los disparates se acumulan, y de ahí a todo los demás, que puede ser enormidad, y afectar a mucho más que un resultado deportivo, el cual, por cierto, pasado mañana será olvidado. Fue tan descarado y enfermizamente pobre lo de los susodichos relatores, que incluso nos quisieron hacer pasar gato por liebre, olvidando que puede haber liebres curiosas con más vidas que las de un gato.

 

Una muy limitada selección argentina, en lo técnico, táctico y estratégico, dependió de las únicas tres grandes figuras desequilibrante y con kilates mundiales que tiene, Messi, Agüero y Lautaro Martínez. El resto son jugadores de medio pelo, del montón, de los que vemos cientos en clubes europeos que pelean por salvarse del descenso. Tal como ya dije en esta misma columna, y repitió el extraordinario Dani Alvez al final del partido, es tanto el nivel de competitividad en el fútbol de las grandes ligas en estos días, que la excelencia que alcanzan unos se impone en seguida por derecho de conquista, opacando la calidad a medias de otros.

Debido a las pocas luces de su limitadísimo entrenador (limitadísimo en lo intelectual y en el resto que es todo lo demás), Argentina dependió de que su trío de genios, los ya mencionados, estuviera inspirado. Y lo estuvo, pero solo a ratos, en dosis muy bajas, muy espasmódicamente. Frente tuvo a un rival cargado de super estrellas, y cuando hay once contra solo tres, las posibilidades de triunfo se imponen. Cuando Allison Becker, el mejor golero del mundo en la actualidad, le atajó el tiro libre a Messi con calma heroica, similar a la de un personaje de J. C. Onetti, pareció estar diciéndole en forma indirecta al gran 10 argentino: “Pibe, mi técnica ha superado a la tuya. Hasta puedo leer con mi mente tus intenciones”. Ese es el verdadero fútbol de hoy, que muchos jugadores y entrenadores parecen no entender, por eso se quedan atrás. En el fútbol, como en la tecnología cutting edge, de punta o avanzada, hay que estar al tanto en cuestión de instantes, de lo contrario el tren puede pasarle a cualquiera por encima.

Después del 7-1 contra Alemania, cinco años atrás, Argentina tuvo de aliada al nerviosismo de los brasileños ante la posibilidad de una nueva debacle jugando de locatario. Y por momentos la aprovechó. No obstante, Brasil tuvo en su oncena a leones anímicos, como Alvez, Thiago Silva, Alisson y a un Gabriel de Jesus susurrándole a Messi, “Mirá, lo puedo hacer tan bien como vos o mejor”, quienes sacaron adelante el crucero cuando parecía tener el mismo destino que el Titanic. No porque Argentina jugara bien, sino porque cuando el nerviosismo pasaba factura, Brasil entraba en modo Alzheimer y se olvidaba de jugar. Futbolistas que en las principales ligas europeas, donde son titulares indiscutidos, tienen un 80 y mas por ciento de precisión en asistencias durante la temporada, le erraban al pase al compañero que tenían a cinco metros de distancia. Ni siquiera, con tanto changüí a favor los argentinos pudieron hacerle un gol a un rival, que, por algo, se encamina a terminar el campeonato con la valla invicta.

A lo largo del partido se vio que el único peligro que podía generar Argentina era a los ponchazos, a lo que saliera de tanta marca a presión, eso que suele llamarse “temple anímico”, arrestos provenientes del deseo de no perder. Además del intento por la heroica, esperaban que en un momento de inspiración de Messi, Agüero o Martínez, o por distracción y nerviosismo de los brasileños, pudiera llegar un gol, que estaba vez prefirió desairar a quienes jugaron peor (y no como pasó el sábado con nosotros contra los peruanos).

Mientras tanto, al borde la cancha, el desquiciado entrenador argentino, Lionel Scaloni, gritaba, saltaba, y vociferaba con gestos irracionales y enardecidos como si fuera entrenador de un club de tercera división, no el de la selección que representa a un país. Imaginé a mi amigo inglés, profesor universitario, caballero de pies a cabeza, un purista como yo del fútbol, viendo el partido en su flat de Leeds y diciendo: “Los argentinos no pueden salir del irracionalismo. Eso no es bueno”. Tom, pensé lo mismo que vos, a miles de kilómetros de distancia, pero viendo en una pantalla la misma paupérrima demostración de falta de modales, inteligencia y cortesía ante el más bello de los deportes.

Tal vez algún día Scaloni gane algo con su selección, pero eso no lo hará menos impresentable. ¿Cómo, y se lo pregunto a quienes lo nombraron, alguien con sus características puede estar al frente del seleccionado nacional? Prefiero perder con O. W. Tabárez sentado, que con L. Scaloni gritando como un idiota carente de control. Cómo, además, porque es un entrenador que ni siquiera sabe articular comentarios elaborados sobre lo ocurrido en la cancha después que el partido terminó. En las conferencias de prensa, Scaloni parece un adolescente enojado con el árbitro o con la forma que cortaron el césped, porque su equipo quedó eliminado de las semifinales del torneo de ADIC. ¡Cuánta madurez falta en el fútbol!

Cómo, bis, es posible que un país con tantos caballeros que podrían representar a su gente a la manera de señores, con el notable Mauricio Pochettino al tope de la lista, haya elegido a Scaloni, de la misma escuela de Sampaoli, otro impresentable del cual mejor ni hablar. Cómo, cómo, “la Argentina” puede tener gente de esa estofa al frente de uno de sus escudos nacionales, como lo es el fútbol. Que alguien intente explicarlo, porque ni siquiera la razón haciendo un esfuerzo logra imaginar un escenario que incluya la respuesta.

Por todo lo que literaria y artísticamente le ha dado a mi alma, amo a la Argentina más de la cuenta. Cuando era adolescente y estaba deprimido, leía a Oliverio Girondo, a Enrique Molina, a Cortázar (que fue parte de mi juventud mejor), a Ezequiel Martínez Estrada, genio con el cual aprendí, a tantos que fueron una cantidad y que todavía siguen estando conmigo. Después, cuando ya me deprimía menos, leí a Sarmiento (lo leí todo, su obra completa), y me ayudó, lo mismo que otros de otras partes, a abrir la mente la cual, afortunadamente, nunca se ha vuelto a cerrar. Cómo entonces, esa gran Argentina, que nunca dejará de serlo ni siquiera en momentos de radical pauperización de ideas y modales como los actuales, ha caído en la que es hoy. ¿Por qué se ha dado esta frecuencia para elegir a seres incapaces, ineptos a más no poder, enemigos de lo civilizatorio, de lo objetivo planeado por las ideas, de lo inteligente, de lo que hace pensar también a quienes no piensan igual que uno?

Entre Juan Manuel de Rosas, Hitler de su época, quien ejecutaba a quienes leían libros prohibidos por la censura (eso nunca convendría olvidarlo) y Domingo Faustino Sarmiento, mente brillante, se eligió al primero; entre la inteligencia y la verdad, se prefirió a Perón; entre el caudillismo y la elegancia de las ideas monumentales, ganó por amplia mayoría el primero y no se lo han podido sacar de encima. El diagnóstico es siempre el mismo: entre civilización y barbarie, la segunda parece no perder nunca.

¿Cómo un país con un legado cultural a la altura de los mejores del planeta puede tener como figuras casi excluyentes de la política actual a Macri y a la Kirchner, de quienes ni siquiera en cuentagotas se le oyen decir ideas inteligentes, inspiradoras para el raciocinio, con olor a futuro o pasado mañana? Cómo, cómo, acompañado de un etc. cuasi infinito, en cuyo interior caben entrenadores y comentaristas de fútbol de bajísimo rango. Es una historia que parece estar hecha por el oportunismo y la falta de explicaciones.

La vida, la de todos los días, la única que tenemos, puede a veces ser tan simple, aunque no necesariamente explicable, que “a través” de un partido de fútbol puede llegarse a radiografiar, incluso a conocer, la realidad presente de un país, con sus circunstancias y su gente, la cual merecería tener bastante más y mejor de lo que hasta ahora ha tenido.

 

 

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