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El periplo por una visa y el miedo a los indocumentados

Un permiso de turista que se vuelve imposible de conseguir

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09 de mayo de 2018 a las 04:30

A un amigo escritor lo invitaron a hacer una residencia de creación literaria en Pekín, China, de un mes y medio de duración. Fue un gran honor, pues lo eligieron entre más de 30 candidatos, todos escritores con varios libros publicados de circulación internacional, y con parte de la obra traducida a otros idiomas.

Cuando fue a la embajada china en Buenos Aires, comenzó una odisea parecida a las que se veían en las películas del genial Alberto Sordi, algo de nunca terminar, y todo para conseguir una simple visa de turista que le permitiría estar en forma legal en el país al cual lo habían invitado.

No conviene olvidar este detalle: iba invitado. Primero le pidieron unos papeles, y luego otros, hasta que un día, después de varias visitas al encargado consular, le dijeron que no le darían visa. La situación le pareció incomprensible, más bien parte de alguna de sus ficciones literarias, que de un acto proveniente de la realidad. Se sintió como quien es invitado a una boda y después de haber comprado el traje de gala para asistir le informan que lo han desinvitado.

Según pudo enterarse –esa fue la presunción proveniente de la lectura de los hechos–, los burócratas tenían temor que el invitado pudiera quedarse en territorio chino de manera indocumentada. El mundo se está llenando de inmigrantes indocumentados y esa percepción de la realidad global, si se quiere excesiva y errónea, afecta incluso a quienes se disponen a viajar por placer, con la idea de regresar enseguida al lugar donde viven y tienen trabajo.

Hasta ahora, los países convertidos en meta de residencia permanente eran EEUU y aquellos pertenecientes a la comunidad europea. Hoy cualquier país donde haya paz y la promesa de una vida social un poco mejor a la del lugar de origen, sirve. Hasta los chinos creen que su ya superpoblado país se puede llenar de latinoamericanos si dejan de ser estrictos con el papeleo consular.

Hasta los uruguayos, en mayor cantidad de los que habíamos imaginado, empiezan a temer y a rechazar al inmigrante que llega de no tan lejos para sobrevivir las circunstancias personales que lo agobian, y que al final termina quedándose, como terminaron quedándose quienes vinieron antes y son nuestros ancestros.

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