25 de julio de 2015 5:00 hs
Es común en literatura asociar lo serio a lo profundo y lo divertido a lo banal. Sucede también en el cine, donde el drama es siempre más valorado que la comedia, un género peligroso que siempre tiene que andar dando explicaciones. En las dos ramas del arte hay, sin embargo, gloriosas excepciones que demuestran que desde el humor, el absurdo o el mero entretenimiento, también se puede llegar al corazón del ser humano.

En este sentido y salvando las distancias, el nombre de Ricardo Piglia bien puede figurar al lado de los grandes de la literatura que conforman ese selecto grupo de privilegiados capaces de generar a un tiempo la sonrisa y la reflexión, como Nicolás Gogol, Oscar Wilde, Mark Twain, Jorge Luis Borges, Ray Bradbury, Saki y el propio Miguel de Cervantes, entre otros.

El camino de Ida es un buen ejemplo de esa característica distintiva de Piglia, ya que se trata de una novela que se lee con facilidad, que cuenta una historia lineal y sencilla, que divierte y entretiene, pero que a medida que avanza incorpora digresiones de gran profundidad que elevan a todo el conjunto.
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Lo que se cuenta es una parte de la vida de Emilio Renzi, un profesor de literatura argentino y cincuentón que acepta ir a dar clases a una universidad de Estados Unidos, bajo el influjo de Ida Brown, una antigua amante con la que rápidamente vuelve a relacionarse sexualmente.
Esta historia de amor que tendrá un final trágico es el primer asunto donde Piglia muestra toda su capacidad narrativa, ya que al plano físico, a la descripción de los encuentros clandestinos en un motel cualquiera de carretera, le suma una dimensión personal, íntima, donde el protagonista le cuenta al lector su pánico e ilusión al comenzar a darse cuenta de que quizás, lo que está sucediendo, es el amor.

Pero mucho más sorprendente es que Piglia pueda ir mechando a lo largo de todo el relato hermosas páginas de análisis literario que vinculan a figuras como W. H. Hudson con Joseph Conrad y Herman Melville, para despacharse cerca del final con un brillante mini ensayo sobre literatura rusa, donde analiza en profundidad la escritura de Fédor Dostoievski y la de León Tolstoi.

Hay además espacio para personajes secundarios de los que se sirve para lograr contrastes inquietantes, como el mendigo que para cerca de la universidad, un antiguo estudiante becado caído luego en desgracia, que a pesar de estar loco y en la miseria posee una evidente sabiduría existencial, que lo separa de la estupidez y petulancia de los académicos que lo rodean.

En la segunda parte la novela se vuelve policial, aunque puede ser exagerado catalogarla como tal, ya que si bien suceden varios crímenes y el FBI interviene, la raíz de los asesinatos es filosófica y se aleja bastante de los caminos trillados del género.

Hay momentos memorables como la transcripción del diario personal del asesino que será finalmente atrapado, donde se presenta una reconstrucción perfecta de la psiquis del criminal. "Una tarde vi un oso pardo entrar en el agua y acercarse a un panal que colgaba de un tronco y meter una rama para comer la miel. Se sumergía en el agua para sacarse las abejas de encima o las mataba con la otra zarpa, pero mientras comía mantenía los ojos cerrados para que no lo dejaran ciego las picaduras", escribe.

Y a continuación, en el siguiente párrafo, se despacha a gusto: "Borrar las huellas es algo que los animales no saben hacer. Nosotros sabemos limpiar los rastros, crear pistas falsas, mutar, ser otros. En eso consiste la civilización; la posibilidad de fingir y engañar nos ha permitido construir la cultura", sentencia.

Sin una página de más o de menos, divertida y profunda al mismo tiempo, El camino de Ida muestra a un Ricardo Piglia en plena forma.

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