Opinión > EDITORIAL

El retorno del terror

Queda mucha tela por cortar para que entendamos que solo hay un mundo en donde vivir 

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26 de abril de 2019 a las 05:02

La expresión violenta del fundamentalismo islámico que tuvo en vilo al mundo con los atentados en Londres, París, Bruselas y Niza pocos años atrás volvió en Sri Lanka el domingo de Pascuas con una serie de atentados mortales.

Los sangrientos ataques contra iglesias católicas que celebraban la resurrección de Cristo y contra hoteles de lujo con turistas extranjeros revelan que el Estado Islámico (EI) sigue activo y que el mundo civilizado no puede descansar un segundo en su combate ya sea infiltrándolos con inteligencia o directamente combatiéndolos con acciones militares.

Si bien ya no poseen dominio territorial en el Oriente Próximo su ideología radical basada en el odio y el exterminio de todos aquellos que no profesen su religión y siguen sus reglas continúa generando adeptos fanatizados en el mundo entero. 

Los ataques de Sri Lanka, con nueve atentados suicidas simultáneos, son un triste recordatorio de que hay en el mundo gente dispuesta a detonar su propia vida provocando con su muerte violenta, dolor y destrucción en la población inocente. Luchan por una causa que no tiene ningún futuro y ante ellos los defensores de la libertad deben actuar sin titubeos.

El gobierno de Sri Lanka vinculó el ataque, reivindicado por EI con el poco conocido grupo terrorista local de tintes islamistas National Thowheeth Jamath, aunque advirtió sobre posibles vínculos con desestabilizadores en el extranjero.

Entre las causas que habrían provocado la masacre coordinada en la que perdieron la vida más de 250 civiles desarmados estaría la venganza de otra expresión de barbarie protagonizada por un militante de la supremacía blanca: el atentado contra una mezquita en Christchurch, Nueva Zelandia el 15 de marzo, con un saldo de 50 víctimas mortales.

En Sri Lanka la población cristiana representa el 7,4 %, mientras que los budistas son el 70,2%, los hinduistas el 12,6 % y los musulmanes el 9,7 %, según datos del censo de 2011. 

De los nueve suicidas de Sri Lanka, ocho de ellos ya identificados, tenían un perfil común. “La mayor parte eran educados y procedentes de clase media o media alta, bastante independientes financieramente y de familias estables. Este es un factor inquietante”, sostuvo a la prensa un portavoz policial.

Mientras la investigación sigue su curso se habla de un ataque que siguió un sofisticado plan coordinado cuya preparación tiene que haber llevado varios años. El perfil de los suicidas -de clase alta y educada- y la virulencia de los ataques ha dejado al mundo boquiabierto y sin respuestas una vez más. La barbarie infunde temor.

Para muchos uruguayos Sri Lanka (exCeylán) es un lejano país asiático que seguramente nadie ubica en el mapa. Hoy el dolor de cientos de familias que lloran la injusta muerte de sus seres queridos obliga a reflexionar sobre los motivos de tanto odio y tanto fanatismo.

La masacre de Chritschurch y los atentados de Sri Lanka son el signo de un tiempo que revela que a la humanidad le queda mucho camino antes de entender que hay un solo mundo donde convivir. Quienes siembran miedo y terror deben ser perseguidos hasta que se rindan y comprendan que la sociedad abiertas pese a su complejidad es la única opción posible que le queda a la humanidad para poder avanzar y superarse. 

 

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