Opinión > ANÁLISIS / EDUARDO BLASINA

El salvavidas para Pili no hace que amaine la tormenta

La lechería viene en una sucesión de quiebras que nadie sabe dónde puede terminar

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19 de agosto de 2018 a las 05:00

Los productores e industriales lecheros de Uruguay hace tiempo que advierten a quien los quiera escuchar sobre las graves dificultades que atraviesan. Que en parte tienen que ver con el desplome de Venezuela, un país que durante décadas fue el principal cliente de los quesos uruguayos. Y que no solo ha dejado de comprarlos, sino que simplemente se ha ido del restaurant sin pagar la comida dejando un muerto casi ilevantable de mercaderías que compró, llevó y no pagó, tal vez creyendo que la lógica dictatorial que impone a sus locales la puede imponer fuera de fronteras a los productores lecheros y la cooperativa que los nuclea. Más allá de lo que los productores digan, la sucesión de empresas lácteas que van cayendo es otra de las señales de la disfunción que atraviesa la economía en general y al agro en particular. En esta semana el Parlamento tuvo que votar un salvavidas para la empresa láctea de Paysandú, Pili. Pero en un naufragio un salvavidas no asegura la salvación sino viene algo más y si no amaina la tormenta. Y para el sector lechero la tormenta sigue, porque por más que pide paz sindical, los sindicalistas no están dispuestos a otorgarla. Eso solo rige para UPM.

Cae Pili, el gobierno tomará el dinero de toda la sociedad para comprarle un pulmotor y dejarla en coma pero respirando para evitar la noticia de que está muerta. Pero será decretada su vida por una ley, vaya manera de sostener a las empresas en problemas. Parece difícil que eso sea sostenible sino suceden otros cambios.

Fuimos criados en la convicción de que Uruguay era un excelente productor de lácteos. Y a lo largo del siglo XX fueron irrumpiendo empresas que obligaron a Conaprole a competir por el mercado interno de leche, quesos y manteca y tras adquirir esas habilidades se lanzaron a exportar. Eso puede llevar a pensar que lo de Pili es un caso aislado, el fruto de una mala gestión o de una decisión equivocada. Pero no, lo de la empresa de Paysandú es una fase más de un proceso que va acercándose a la principal empresa privada de capital 100% uruguayo como es Conaprole, sometida a un conflicto absurdo, que llega cuando la empresa debe reponerse del clavo que le dejó Maduro y debe hacer frente a una tremenda inestabilidad regional que impacta en un mercado fundamental como es Brasil.

La lechería viene en una sucesión de quiebras que nadie sabe dónde puede terminar. Por más leyes y fondos que vote el Parlamento, lo que deberá cambiar son las dos causas de estas quiebras son dos e inamovibles: los altos costos y la lógica sindical de la lucha de clases que parece no reparar en nada con tal de ejercitar la gimnasia del conflicto, pase lo que pase después.

Un día cerró Schreiber Foods, y a nadie le importó. Serían unos gringos erráticos. Luego se fue Parmalat, por problemas de ellos sería. Luego vino el grupo peruano Gloria, a hacerse cargo de las instalaciones de Parmalat. Al poco tiempo cansados de la lógica sindical se fueron. Los peruanos entendieron perfectamente que les estaban tomando el pelo y sin importarles perder mucho dinero pero no dispuestos a ser humillados, se tomaron los vientos. Guárdense la fábrica donde mejor les quepa le dijeron a los señores sindicales y ahí está ahora la industria vacía de leche y trabajadores.

Si alguien cree que lo que pasa en Pili es una casualidad, está en un grave error. Es un capítulo más de esa combinación de altos costos, baja productividad y actitud hostil de la cúpula sindical que tiene que justificar su accionar boicoteando a la empresa o defendiendo a quienes la boicotean, aún cuando se trate de un robo evidente y comprobado.

Somos caros y con sindicatos insoportables, peleadores, adoradores del conflicto por el conflicto, sin sentimiento alguno de equipo. Y por lo tanto, los locales se funden y los externos se decepcionan y se van.

Es muy doloroso porque como país tenemos la mejor imagen que hayamos tenido nunca jamás. Los inversores están dispuestos a venir. Pero cuando vienen y se dan cuenta de cómo es la realidad, muchos se van. Y eso ha pasado en la lechería, un sector que siempre dimos como ejemplo. ¿Quién va a venir a invertir sabiendo que Conaprole no puede decidir cuántos empleados debe tener? ¿Quién va a tomar como algo razonable que un sindicato obligue a la empresa a tomar trabajadores los precise o no?

Si algo hace falta para ejemplificar el agobio que pesa sobre el sector productivo, las historias del arroz y los lácteos nos dan la prueba de que sectores que llevan décadas de establecidos, arraigados y exportando, padecen de los graves desequilibrios que atraviesa la economía y la cultura de Uruguay. Porque si fuéramos caros, pero remáramos todos alineados bueno, la remamos, agregamos valor, damos paz a la inversión y salimos.

Pero no. Apenas los sindicalistas perciben que los productores logran levantar un poco la producción les ponen un revólver en el pecho, dañan a la cooperativa, la hacen perder negocios. Sin que importe que un día Conaprole pueda seguir el camino de Schreiber, de Parmalat y luego Gloria, el camino de Coleme. Que siga el dominó y arrastre a la poca industria que va quedando. O que venga Fonterra y negocie la racionalidad sindical que por ahora solo se da a los de afuera.

¿Qué fue de los derechos de los trabajadores que estaban en las empresas fundidas? ¿A qué tienen derecho ahora? ¿Quién defiende a los desocupados que quieren trabajar, se han quedado sin trabajo, y ahora no encuentran? ¿Cuál es el sindicato de los 60.000 trabajadores cuyas fuentes de trabajo se desvanecieron en los útimos meses?

El conflicto de Conaprole y la caída de Pili tienen que marcar un antes y un después que generen un nuevo sindicalismo que defienda los derechos de los trabajadores y el salario desde una nueva lógica. Los salarios mejoran con la productividad. La productividad mejora con la inversión. Pero en el nombre de las doctrinas muertas de Lenin, el sindicalismo hegemónico actualmente boicotea persistentemente a la inversión y logra resultados acordes a ello. Más desocupación, más enfrentamiento y un camino de oportunidades perdidas.

Algún día surgirá y será fuerte un sindicalismo de la defensa real del trabajo, del mejor salario obtenido sustentablemente, agregando más valor, haciendo equipo con quien los contrata, dejando de despreciar a los trabajadores que producen la leche, dejando de defender a los malos trabajadores que roban. Todo cambio llega más tarde o más temprano. Y si no lo logran hacer los trabajadores uruguayos dominados por dirigencias obsoletas, lo harán los venezolanos y cubanos que llegan huyendo de los desastres que la funesta filosofía de la lucha de clases ha generado en sus lugares y que tienen bien claro por haber sufrido en carne propia a dónde conduce la triste idea de luchar unas personas contra otras hasta terminar en la miseria.



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