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El Uruguay que se viene ya pasó

La supina pobreza de los discursos políticos de cara a las elecciones presidenciales de noviembre es un tema preocupante

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05 de abril de 2019 a las 05:01

“La vida es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar”. La frase le pertenece a uno de los personajes más reconocibles del cine de los últimos 30 años. La dijo Forrest Gump en 1994. Mucho antes de eso, creyendo lo mismo, y sin saber lo que me podía tocar, me inscribí en una clase de ciencias políticas a ser dictada por un prestigioso profesor, autor de varios libros, quien había asesorado a lo largo de su carrera a varios candidatos republicanos. En verdad, este dato me generó ciertos prejuicios, pero, bueno, para saber lo que hay dentro a la caja de chocolates hay que abrirla.

La clase, a decir verdad, resultó espectacular de principio a fin. Aprendí una cantidad sobre política estadounidense del siglo XX y como el profesor tenía gran generosidad intelectual, cada vez que visitaba su oficina nos quedábamos hablando por largo rato, mejor dicho, yo preguntándole y él respondiendo. Generoso incluso para hablar del contenido de sus libros antes de publicarlos, a él le debo todo lo poco que sé –poco, pero bien aprendido– sobre los gobiernos de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon.

En una de esas tardes de viernes, que entre las cinco y las siete son ideales para conversar, me dijo, refiriéndose en forma crítica a la última época del gobierno del entonces presidente: “a veces los políticos son tan incapaces y perezosos, que quieren que el país piense antes que ellos”. Me acordaba del comentario del hoy finado profesor, viendo, observando y escuchando lo que sucede en la política uruguaya de cara a las próximas elecciones presidenciales. Unos que, como en improvisado baile de campaña, se juntan con los otros, con los cuales nada tienen que ver; algunos que se separan aunque nunca estuvieron del todo juntos (‘concubinos fracasados’, podríamos llamarlos); otros que crecen en las encuestas (que seguramente volverá a equivocarse), pero descienden en cuanto a volumen de ideas nuevas; otras cuyas aspiraciones superan a su capacidad analítica, pero igual siguen en la lid como si nada, pues la autocrítica no existe para ellas; y así, hasta el “transinfinito” como diría el narrador de El Aleph. ¡Cuánta chatura, cuánto discurso sesentero, como si aún viviera el Che cuando bien sabemos que no, cuánto vacío narcisismo al servicio de la nada más absoluta!

Recurro a los inapelables comentarios del más original escritor que ha dado este país, Julio Herrera y Reissig, un francotirador, a quien solo un puñado de compatriotas debe haber leído bien: “anclado lejos de la costra atávica, libre por excelencia de la cureña aborigen, sin la mochila disciplinaria de palaciego pedestre, me arrebujo en mi desdén por todo lo de mi país, y a la manera que el pastor tendido sobre la yerba contempla, con ojo holgazán, correr el hilo del agua yo, desperezándome en los matorrales de la indiferencia, miro, sonriente y complacido, los sucesos, las polémicas, los volatines en la maroma, el galope de la tropa púnica por las llanuras presupuestíforas, el tiempo que huye cantando, los acuerdos electorales, las fusiones y las escisiones, todo, todo lo miro y casi no lo veo”.

En el país actual, el de “los acuerdos electorales” y con olor a parafina, el país de los que sueñan con el poder pero no logran despertar al mundo de las ideas innovadoras y del pensamiento crítico, conviene recuperar el comentario de JHyR, emitido a principios del siglo pasado, cuando muchos golpeaban el bombo para celebrar la llegada del llamado “progreso” y la instauración de un país supuestamente moderno. Tan sagaz como el lenguaje innovador que impuso, Herrera y Reissig detectó que la llegada del tranvía, entre otros símbolos funcionales de la modernidad, no significaba demasiado para alcanzar la ansiada modernización intelectual, ese proyecto perpetuamente incumplido.

A Herrera y Reissig le desesperaba el supuesto “progresismo” de los uruguayos, quienes ya por entonces celebraban el descubrimiento y la afirmación de una localizable identidad uruguaya. Aprovechando una coyuntura histórica que tal vez duró 56 años del siglo XX, Uruguay logró afirmarse de una extraña manera dentro de los parámetros de un continente cuya historia en ese mismo periodo destaca por las inestabilidades, o bien por estabilidades logradas a la fuerza. La “Suiza de América”, a la cual refirieron en su momento distintos intelectuales europeos y estadounidenses, no fue otra cosa que el país excepción en medio de la ruina colectiva continental, aunque dicha denominación no significaba que el Uruguay fuera entonces un proyecto de país en marcha y con definitivos rasgos de estabilidad.

Cuando la frágil estabilidad económica se desmoronó, el país volvió a la realidad, de la que no hemos salido. Desde que tengo memoria, vengo oyendo la misma monserga: que este país no va a ninguna parte, que apenas sobrevive, que no somos más que “el galope de la tropa púnica por las llanuras presupuestíforas”, del que hablaba el genial Herrera, o que, en todo caso, somos un territorio “cuña” o “buffer state” (como informan algunos libros de ciencia política publicados en el extranjero) ubicado entre Argentina y Brasil. Creo, estando de acuerdo con JHR también en este punto, que hemos carecido de un proyecto de país, y que nada hace creer que los candidatos a disposición lo tengan. Si lo tienen, no lo han presentado, o bien “quieren que el país piense antes que ellos”.

En la más extraordinaria década en materia intelectual que tuvo este país, la de 1910 (y que continúa siendo tan poco estudiada) José Batlle y Ordóñez logró consolidar transformaciones pues sobraban ideas y hombres capaces de pensar por su cuenta, el diputado José Enrique Rodó uno de ellos, de un lado y de otro de la palestra. Hoy el país está sujeto a políticos con un horizonte intelectual y cultural limitadísimo (¿alguien oyó a alguno de los aspirantes exponer un pensamiento culturalmente sofisticado?), políticos a los cuales les toca encaminar a Uruguay en una época de desafíos radicalmente nuevos y, sin embargo, colmo de colmos, pocos parecen idea de cuáles son estos desafíos. Así de mal estamos.

 

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