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El Uruguay rural pesó en las urnas

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03 de noviembre de 2019 a las 05:00

El país se está jugando el recuperar un camino de crecimiento, que inevitablemente pasa por su producción agropecuaria, mantener el grado inversor revirtiendo un déficit récord del Estado, bajar la inseguridad que campea, especialmente en zonas del interior donde son un fenómeno nuevo. En el interior es mucha la gente que está muy decepcionada. Parecía que eso electoralmente no se notaría. Pero las olas solo están en las zonas costeras. Al interior las únicas olas que llegan son las del abigeato y formas de delincuencia nuevas que no son resueltas dando la sensación de que los ladrones son estructuralmente impunes.

En las elecciones de octubre el efecto “interior profundo” se hizo notar: el gobierno recibió una verdadera paliza electoral, cosechando lo que sembró. Una sordera y soberbia que se fue agudizando y le explotó como un estruendo en las urnas.

Los miles de fotos de ovinos destrozados que circulan cada día por Internet, el ninguneo del que fueron objeto los apicultores que atraviesan una crisis muy grave, los agricultores arroceros a los que se les recomendó “producir más” para solucionar sus problemas, las fábulas de productores que le dan rebencazos a los trabajadores, la sangría permanente de productores lecheros y la arrogancia sindical causando pérdidas en Conaprole y el cierre de Pili, el declive y cierre de las industrias arroceras, las pequeñas empresas transportistas del interior casi fundidas, la desigualdad de condiciones entre UPM y los productores uruguayos, así como el pasaje de la vía que les haremos por un recorrido decidido “entre cuatro paredes” sin tomar en cuenta a las poblaciones locales, son algunos de los factores que llevan a que una vasta franja de territorio que parte de Rivera y termina en Maldonado hayan dicho basta. En esa franja el partido de gobierno obtuvo menos de 30% de los votos. Y todo hace suponer que seguirá la ausencia de la más mínima referencia positiva  a la ganadería por parte de la fuerza política en el gobierno.

El desamparo en el que se sienten los productores en términos de seguridad es algo nuevo. No aparecerá en las encuestas, pero seguramente tiene que ver con la irrupción de Cabildo Abierto que es, entre otras cosas, un grupo político que genera la esperanza de que al menos se termine la impunidad con que se roba ganado y se vende carne robada en el interior. A la oposición han acudido quienes sienten con razón que la violencia que se vive en, pueblos del interior y viviendas rurales es un fenómeno nuevo que significa una dramática pérdida de calidad de vida.

Este mismo jueves en el que he empezado estas reflexiones me ha tocado viajar a Treinta y Tres donde me cuentan que una casa ha sido copada. Que el dueño llegó del almacén y se encontró con cuatro encapuchados en su casa, su esposa atada y amordazada en una silla y que tras darles todo lo que tenía los asaltantes pidieron más y le dieron cinco balazos. “En la ciudad están acostumbrados pero acá esto nunca fue así”, me dicen.

No ha habido respuesta alguna a los problemas productivos, no ha habido respuesta a la seguridad. Pero ha habido algo más grave: la sensación de soberbia.

Cuando Un solo Uruguay planteó con educación y respeto que situación era grave, que una movilización en pleno enero no era una maniobra político partidaria, que querían trabajar en base a propuestas para mejorar la competitividad no recibió respuestas. Recibió tácticas, dilaciones y descalificaciones. Una cadena de televisión en la que un periodista imitaba al presidente repitiendo sin saber lo que decía un fárrago de acciones intrascendentes. Otra vía de respuesta fueron los medios oficialistas enchastrando a los dirigentes y a todo el movimiento. Se pedían mesas de trabajo para analizar los distintos problemas y buscar soluciones. Es muy posible que si el gobierno hubiese escuchado y dialogado el resultado hubiese sido otro.

Pero el mandato ideológico de dividir a los uruguayos entre “oligarquía versus pueblo” y el cliché de que un ganadero es un oligarca lo impidió. Se prefirió la burla a las movilizaciones cívicas llamándolas de Agropalloza, emulando un célebre recital de rock.

Un solo Uruguay tuvo la sabiduría de no realizar una sola acción agresiva. No venir con vacas y ovejas a Montevideo, no bloquear carreteras, no apartarse de sus criterios ajenos a lo político partidario. Siguió marcando contradicciones y su arraigo se mantuvo mucho mayor al de la gente que puede trasladarse a Montevideo o participar de una movilización. Amplios sectores del agro se sintieron no respetados y ahora es tarde y hasta atrevido apelar a los nombres de José Batlle y Ordóñez y Wilson Ferreira para intentar una seducción imposible.

Cambiar siempre tiene riesgos. Pero querer asustar con un ajuste cuando se deja un déficit fiscal monumental es como que un pirómano quiera asustar con que puede venir el bombero. El gasto estatal a borbotones molesta especialmente a aquellos uruguayos que sienten que hay una fiesta en la capital que ellos bancan sin recibir como contraparte las mínimas condiciones de seguridad, lo más básico de lo básico.

Tal vez el cálculo fue que desacreditar al agro reportaba votos  urbanos a los que se azuzaría a través de portadas escandalosas de los medios de prensa gubernamentales.

No se oyó y se dejó caer industrias enteras, áreas agrícolas en retroceso, productores de miel o leche que abandonaban. Tal vez una de las enseñanzas  que mejoraran a la democracia y a la economía es esa: ningunear al agro en general y a la ganadería en particular puede tener un costo electoral más alto de los previstos. El enojo de muchos pequeños productores puede ser comprendido por sectores muy amplios de la población y cambiar la historia.

En el interior, cuando le va mal al campo le va mal a todos. Y cuando la actitud de poder montevideano es la indiferencia o el desprecio al primer eslabón de la producción real, en el interior se observa con toda claridad que ese modelo termina con una economía trancada.

Tal vez más gente de la que parece se da cuenta que es injusto tratar como ciudadano de segunda clase al que vive más lejos de los centros urbanos y que la estructura económica de Uruguay hace que si el primer eslabón se frena, se vaya frenando luego el resto.

En Artigas, Rivera, Tacuarembó, Flores, Durazno, Treinta y Tres, Cerro Largo, Lavalleja, la fuerza política del gobierno tuvo menos de 30% de los votos. Mantuvo la supremacía en el Litoral y la costa, de Salto hacia el sur, hasta el Chuí, con la única excepción de Maldonado.

Miles de pequeños y medianos productores,  comerciantes y habitantes que creían que no tenían incidencia política, la tuvieron y ya hicieron historia, marcaron el fin de una etapa de hegemonías parlamentarias.

Ellos como muchos en todo el país observaron como las mayorías parlamentarias absolutas se usaron para mantener opacidad respecto a los negocios con Venezuela, una dictadura ante la que se sostuvo contra viento y marea una condescendencia no acorde a las tradiciones republicanas uruguayas, ni a la dignidad con que Venezuela, en los años 70 marcó distancias con la dictadura uruguaya. Además de lo ético y político está lo económico: a los productores lecheros uruguayos les sigue doliendo en el bolsillo y en el alma la deuda impaga por Maduro.

En enero de 2018 un grupo de productores indignados reclamó trabajar por la competitividad y el gobierno eligió la sordera, la soberbia, afirmar que “se trataba de dos modelos de país” y que por lo tanto no había de qué hablar.

Ahora que las urnas le han dado la espalda, el partido de gobierno ha pasado a un discurso del miedo. Ya lo intentaron con “ellos son como Macri”, “ellos son todos neoliberales” y no dio ningún resultado. Podrían estar hablando de cómo solucionarán el gigante agujero fiscal que están dejando o cómo evitarán que se repitan las apariciones masivas de cianobacterias, o de su proyecto para frenar la pérdida de empleo que se ha mantenido a lo largo de estos cinco años o de cómo manejar una deuda creciente.

Repetirán neoliberalismo, ajuste y demás, pero seguirán mostrando que apuestan más a dividir que a generar un proyecto que incluya al agro. Y si lo hacen de apuro, ya la credibilidad está perdida. Y en el interior  todos saben que la crisis de 2002 tuvo mucho que ver con la llegada de la aftosa por las mentiras del gobierno argentino y que de esa crisis se salió ya en el segundo semestre de 2003, en tiempo récord. Algo que los que agitan cucos nunca mencionan.

Quien gane será importante que tome al agro con la importancia obvia que tiene, no volver a subestimarlo. Y que se mantenga Un solo Uruguay atento a que una lógica de equilibrio fiscal, de unidad en pos de un objetivo de construir un país productivo, estable, emprendedor, con compromiso por la vida rural, con respeto y seguridad para todos sea, no ya un programa de gobierno sino un componente integral de la cultura uruguaya. La estrategia de asustar, calumniar y dividir será un fracaso. Y eso está muy bien. El ninguneo al Uruguay rural pesó en las urnas, y eso también está muy bien.

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