11 de octubre de 2013 23:12 hs

Los periodistas de la televisión abren los programas de la mañana uniformados con la camiseta de la selección, los vendedores en la calle utilizan el mismo vestuario que los comunicadores. Ecuador se une bajo la misma causa. La que pidieron el miércoles el técnico Reinaldo Rueda y el capitán Antonio Valencia. Por esa razón, afuera, en la calle, domina solo el amarillo.

Pese a la euforia y la ansiedad que promueve el encuentro, todos respetan, a los que visten una camiseta celeste o a los que no se suman a la frenética caminata hasta el estadio.

La incertidumbre que generó en los dirigentes uruguayos la visita a Quito, después de las hostilidades que vivieron en Venezuela y Perú, en los últimos partidos por Eliminatorias, se despejó rápidamente. En la noche previa al partido, no hubo ruidos molestos en el hotel, el público en general respondió con respeto, y eso promovió un clima de paz.

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Los ecuatorianos siempre dieron señales de buenas costumbres, hospitalidad y que el fútbol es un juego que se resuelve en un campo de juego con 11 de cada lado, aunque muchas veces la violencia quiera ingresar a tomar un protagonismo que no le corresponde.

Los únicos inconvenientes que se registraron en los alrededores del estadio y, del hotel de Uruguay porque está a 200 metros del Atahualpa, fueron con los revendedores de entradas. La policía realizó un gran control y en el corto trayecto desde el hotel de Uruguay al estadio, el periodista de El Observador observó dos intervenciones para controlar a los hinchas que querían comprar entradas y los que querían venderlas.

Los que pretendían comercializarlas pedían más del 10% permitido por ley en la reventa, y los que pretendían comprar denunciaban a la policía. Entonces, éstos intervenían y se generaban discusiones y empujones. También los compradores aprovecharon los móviles en vivo que había en los alrededores del estadio para denunciar a los vendedores. Los llevaban a prepo hasta las cámaras y los dejaban en evidencia.

El caos del sector de prensa
Después de experiencias anteriores, el periodista de El Observador, que tomó todas las precauciones, llegó casi cuatro horas antes del encuentro al Atahualpa y, antes de acomodarse en el pupitre 104 del sector norte de prensa que le habían asignado, pasó por la sala de prensa para conocer usuario y contraseña del wifi. Tras la consulta, la respuesta fue: “No tenemos wifi. Anoche nos robaron los cables”. Esa fue la misma respuesta que le dieron en 2009; por eso la previsión de llevar un módem.

Hasta dos horas antes del partido la comunicación fue normal y el trabajo también. Es que no había nadie que pudiera incomodar su tarea. Internet funcionaba sin interrupciones. Pero todo, de pronto, se comenzó a transformar en una romería. Casi al ritmo de la música, que cada vez se escuchaba con más intensidad.

Sin espacio para caminar, sin chances para volver a la puerta de ingreso, con los hinchas a 10 metros, con un techo que no cubría el sector norte de prensa y con un cielo que desde el gris más oscuro amenazaba con lo peor. Hasta que de pronto, lo peor entre truenos y relámpagos: cayeron las primeras gotas que mojaron todo, computadoras, teléfonos, equipos de radio, porque a un costado del lugar asignado a El Observador estaban relator y comentarista locales.
Entonces, Internet empezó a interrumpirse hasta que se cortó cuando empezó el fútbol. Como si en el Atahualpa fuera solo tiempo de ver fútbol y de que los ecuatorianos disfrutaran la fiesta que vinieron a celebrar pese al frío y la lluvia. Por eso, cuando el árbitro pitó el final, se desató la gran fiesta, la vuelta olímpica y la celebración tan esperada porque Ecuador volvió a ser Mundial.

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