25 de agosto de 2022 11:41 hs

Mi primer contacto con los mitos griegos fue también mi primer contacto con una sala de cine. En 1997 se estrenó en Uruguay y el resto del mundo Hércules, la versión Disney  de la historia de uno de los (tantos) hijos humanos de Zeus. Yo estaba por cumplir cuatro años y estaba sentado ahí, en la oscuridad del único cine de Paysandú, al lado de mi madre, seguramente con una caja con pop, seguramente también sin entender mucho lo que pasaba en pantalla pero generando de todos modos una especie de germen primigenio para un amor (obsesivo, a veces; reconfortante, casi siempre) por el cine que después se prolongaría y haría que, entre otras cosas, esté sentado acá, escribiendo esto. Por eso se puede decir que mi propio mito de origen —todos tenemos uno; lo moldeamos, le damos color, lo mantenemos siempre cerca— está teñido por un nombre que resuena desde hace miles de años. Que viene de las entrañas de la Grecia antigua y que, por lo tanto, merecía un lugar en este espacio. En este momento del año.

Hércules —o Heracles— es un héroe clásico y como todo héroe clásico está teñido de oscuridades y de actos atroces que van a la par de sus gestas más destacadas. A los doce trabajos los conocemos todos pero ¿sabemos lo que hizo con su esposa Megara y sus hijos? Spoiler: no es nada bueno. ¿Recordamos cómo masacró a las ciudades de los reyes que le dieron la espalda? Posiblemente no. Su dualidad, en ese sentido, es legendaria: podía ser el hombre con el corazón más grande (y la fuerza más bruta), y al mismo tiempo se dejaba inundar por arranques de cólera que lo cegaban y lo llevaban a cosas espantosas. Al final su padre, Zeus, lo recompensó: tras una muerte horrible, lo eleva al Olimpo, lo condecoran –dato no menor: Hércules salvó a todos los dioses en una guerra contra los gigantes llamada Gigantomaquia, incluida a la vengativa Hera, que siempre lo odió y, a partir de allí lo perdonó– y lo convierte en constelación. Y ahí sigue. En el cielo.

Hércules se cuela en el arranque de esta edición de Epígrafe por un motivo puntual: él y otros mitos griegos, en la voz del gran Stephen Fry, serán el eje de esta newsletter. ¿Por qué? Porque la lectura de su último libro, Héroes, todavía está fresca en mi retina y necesito compartirla. Y porque acabamos de dejar atrás la noche de la nostalgia. ¿Qué mejor que combatir la resaca viajando hasta el principio mismo de los relatos que cimentaron a una de las civilizaciones más influyentes de la humanidad? 

La post nostalgia, entonces, será con los griegos y sus leyendas. Hércules, Apolo, Deméter, Atenea, Orfeo, Belerofonte: allá vamos.

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Abajo: Hércules enfrentando a la Hydra de Lerna

Primera parte: historias de origen

Según el diccionario Oxford, un mito es una “historia fabulosa de tradición oral que explica, por medio de la narración, las acciones de seres que encarnan de forma simbólica fuerzas de la naturaleza, aspectos de la condición humana, etc.; se aplica especialmente a la que narra las acciones de los dioses o héroes de la Antigüedad.”

Sin embargo, para el actor, presentador de televisión y escritor inglés Stephen Fry –su rostro ha sido visto en películas como V de Venganza, Gosford Park y, más recientemente, en series como Sandman–, esta definición se queda corta: el mito griego, según él mismo lo deja entrever en los dos tomos que por ahora componen su bibliografía traducida al español dedicada al tema, es un campo fértil en el que someter a juicio a la raza humana, una explicación exhaustiva sobre la forma que le dimos al mundo moderno, a nuestro lenguaje, a los dichos y hasta las costumbres que hoy nos hacen, de alguna forma, personas del siglo XXI. 

El primer abordaje de Fry a las historias que fundan la mitología de la Grecia Antigua es Mythos, un texto que se publicó en 2017 y que algunos años después editó en español Anagrama. La propuesta es atractiva por dónde se lo mire: un relato exhaustivo de la creación del mundo, las batallas entre dioses y titanes, las relaciones con los humanos, la definición de lo divino. No hay que pensar, de todas formas, en los grandes contadores de historias de esa época: Fry está más cerca de George R.R. Martin o hasta de una especie de Steven Spielberg de la escritura que de Homero, Herodoto o Eurípides. Sus dioses son maliciosos y divertidos, sus aventuras no dan respiro y su pulso narrativo alterna la comedia y la tragedia con el ritmo de un hijo de este tiempo. El subtítulo del libro es adecuado: son los mitos griegos revisitados bajo una lupa contemporánea, más llana y un poco menos sombría que el material original.

¿Y por qué enfocarse en la religión de los griegos y no ir a las historias, no sé, amerindias? Así lo responde el autor en el prólogo:

«La mitología griega ha sobrevivido con un detalle, una riqueza, una vivacidad y un color que la distingue de otras mitologías. Fue capturada y conservada por los primerísimos poetas y nos ha llegado siguiendo una línea ininterrumpida casi desde los albores de la escritura hasta la actualidad. Si bien los mitos griegos tienen mucho en común con los chinos, iraníes, indios, mayas, africanos, rusos, americanos nativos, hebreos y nórdicos, ofrecen la particularidad de ser –tal y como lo expresó la escritora y mitógrafa Edith Hamilton– el producto de «la creación de grandes poetas». Los griegos fueron los primeros en componer narraciones coherentes, incluso una literatura, sobre sus dioses, monstruos y héroes. La estructura de los mitos griegos sigue el ascenso de la humanidad, nuestra batalla por liberarnos de la interferencia de los dioses –de su acoso, sus entrometimientos, su tiranía sobre la vida y la civilización humanas–. Los griegos no se humillaban ante sus dioses. Eran conscientes de su vana necesidad de ser adorados y venerados, pero creían que los hombres eran sus iguales. Según sus mitos, quienquiera que crease este mundo incomprensible, con sus crueldades, maravillas, caprichos, bellezas, locuras e injusticias, tenía que ser cruel, maravilloso, caprichoso, hermoso, loco e injusto. Los griegos crearon dioses a su imagen y semejanza: belicosos pero creativos, sabios pero feroces, cariñosos pero celosos, tiernos pero brutales, compasivos pero vengativos.»

La lista de historias en el libro es larga, pero me quedo con cuatro:

  • La tragedia de Prometeo, el titán que se obsesionó tanto con la raza humana que prefirió soportar el peor castigo en la historia de los castigos y regalarnos el fuego para que progresáramos. Zeus, su mejor amigo, lo encadenó a una roca en el mar y mandó a un águila para que le coma el hígado hasta matarlo. Como era inmortal, el hígado se le regeneraba día a día, y el águila volvía y volvía mientras el tormento de Prometeo se hacía eterno. Al final, fue liberado por Hércules y se reconcilió con el dios del rayo. Bien por él.
     
  • La historia de Perséfone, raptada por Hades, el dios del Inframundo, que se enamoró de ella. Hades llega a un pacto con su hermana Deméter (madre de Perséfone, una de las bellezas más grandes que dio la Antigua Grecia) y llegan a un acuerdo: ella pasará seis meses en el mundo de los muertos como la reina de ese universo, y seis meses en la superficie. ¿El resultado? Las estaciones. Deméter es la diosa encargada de ellas (y de las cosechas y la agricultura) y el invierno responde al período en el que está más triste, sin poder ver a su hija, y el verano al momento de gracia. 
     
  • La Titanomaquia. El momento en que los dioses, encabezados por Zeus, se rebelan contra sus padres, los titanes, liderados por Crono. Es la gran guerra, una lucha sangrienta que define al mundo de los griegos, que sacude la tierra y genera “daños colaterales”, como la aparición de monstruos como las Gorgonas (Medusa es una de ellas), entre otras consecuencias.
     
  • El nacimiento de Atenea. A Zeus le duele la cabeza porque se le metió en el cráneo Metis –una diosa celosa de los otros amores del dios del rayo–. Hefesto, el herrero del Olimpo, y Prometeo piensan, arman un plan y lo ejecutan: le pegan un hachazo en la cabeza. De la herida brota una nueva diosa: Atenea. Una figura clave para todo lo que llega después. ¿Otro nacimiento legendario? El de Afrodita, la diosa del amor, que emergió de los genitales cercenados del dios supremo Urano, que fueron arrojados al mar por su hijo y homicida Crono.

Los libros de Fry

Segunda parte: tragedia ¿humana?

Los mitos griegos no se quedan en los dioses y sus travesuras, y por eso, dos años después de Mythos, Fry volvió a su escenario predilecto para enfocarse en aquellos nombres ilustres de las leyendas que le quedaron por el camino. Nombres un poco más mortales.

En Héroes, el autor baja a niveles terrenales, aunque manchados con sangre divina: habla del mencionado  Hércules –bajo la forma, según él, correcta: Heracles– y de su tragedia; de Belerofonte, el hombre que pudo domar al caballo alado Pegaso; de Jasón, el gran navegante; de Perseo, la victoria frente a Medusa y su linaje de oro; de Orfeo, de Atalanta, de Teseo y el Minotauro.

De todos ellos, además de los párrafos que ya se llevó Hércules más arriba, me gustaría detenerme en Orfeo. Su historia de amor con Eurídice debe ser una de las más tristes e injustas de toda la antigua Grecia, y al mismo tiempo una de las más hermosas.

Orfeo era hijo de la diosa Calíope y del rey tracio Eagro. También se dice que era hijo de Apolo, así que en realidad no hay demasiado consenso sobre su aparición en los relatos, pero los mitógrafos sí se ponen de acuerdo en algo: fue el mejor músico de la historia antigua. Fry lo retrata así:

«Fue el Mozart del mundo antiguo. Más que eso. Orfeo fue el Cole Porter, el Shakespeare, el Lennon/McCarntney, Adele, Prince, Luciano Pavarotti, Lady Gaga y Kendrick Lamar del mundo antiguo; el reconocido experto en aunar con dulzura música y palabras.»

Orfeo se enamoró de la hermosa Eurídice, y ella de él –en el mundo antiguo la no correspondencia en el amor no solía ser un problema, ya que dioses y hombres solían tomar lo que querían por la fuerza, pero en este caso, por suerte el cariño, era mutuo–. Ambos se juraron amor eterno y se retiraron a vivir a una especie de cabaña en el bosque, en donde Orfeo perfeccionó su talento en la lira y el canto. Todo marchaba bien hasta que empezó a marchar mal: un dios menor que pasaba por ahí se obsesionó con Eurídice y la persiguió para violarla. Orfeo lo espantó pero en el camino, a Eurídice la mordió una serpiente venenosa. Antes de que los amantes pudieran hacer algo, el alma de la mujer ya se paseaba por los pasillos del inframundo.

Orfeo se deprimió. Dejó de cantar y se amargó. Apolo, que no estaba claro si era su padre o no pero de todas formas lo quería como a un hijo, le sopló una solución: ir a buscar a Eurídice al reino de Hades. El dios convirtió la lira de Orfeo un instrumento mágico con el que encantar a los seres de las tinieblas y allá fue el héroe a recuperar a su amada. La encontró, convenció a Hades y Perséfone con una canción que le recordó a todos lo hermoso que es amar y ser amados, pero en el último minuto el dios de los muertos puso una condición: Orfeo debería salir del inframundo mirando solo hacia adelante y Eurídice lo seguiría diez pasos más atrás. El héroe solo podría volver la vista y mirar a su amada cuando ambos salieran del inframundo. No antes.

Ambos emprendieron el camino y lo hicieron bastante bien, llamándose mutuamente, siguiendo el canto de Orfeo, las palabras de cariño y el futuro que los dos se prometían una y otra vez. Pero sucedió que Orfeo se entusiasmó: apuró el paso y salió antes de tiempo de la puerta del infierno, lo que provocó una pequeña confusión: la distancia entre él y Eurídice ya no era de diez pasos, sino de veinte, y la mujer todavía estaba cubierta por las sombras de la muerte cuando él se dio vuelta. El amor, evidentemente, no pudo ser: el alma de Eurídice fue tragada por el Tártaro y Orfeo quedó solo hasta el fin de sus días. Su final es tétrico. Pero es largo, así que mejor descúbralo por su cuenta, lector.

Abajo: Eurídice sigue a Orfeo a través del Inframundo

Tercera parte: caja de resonancia

La mitología griega sigue siendo un cúmulo de historias y leyendas fascinantes que tienen ecos que llegan hasta el hoy. El entusiasmo no se limita solo a los abordajes más puros, como los que podemos encontrar en las interpretaciones de la Ilíada o la Odisea, o los más lúdicos, como los libros de Fry, sino que también se diseminan en otras obras de la cultura popular contemporánea. Ahí están, por ejemplo, las sagas adolescentes de Percy Jackson o las de la autora Madeline Miller, dos casos de retelling exitoso que venden millones de copias en todo el mundo.

La influencia no es solo en la literatura: la música está plagada de referencias a estos mitos, pero son tantas que me permito elegir solo una, mi favorita, que también tiene que ver con el mito de Orfeo y Eurídice.

Se trata del cuarto disco de la banda canadiense Arcade Fire, titulado Reflektor, en el que continuamente se hacen referencias al destino de los amantes trágicos –su portada es la escultura Orfeo y Eurídice, de Rodin–, a los que además le dedican dos canciones puntuales que aparecen una junto a la otra en el arranque del Lado B:  Awful Sound (Oh Eurydice)  y It's Never Over (Oh Orpheus).

En la segunda se pueden escuchar, por ejemplo, los siguientes versos:

¡Orfeo!
Estoy detrás tuyo
no te des la vuelta
yo te puedo encontrar.
Solo espera hasta que termine.
Espera hasta que termine.
Y si te llamo
¡ay, Orfeo!
Solo canta para mi toda la noche.
Esperaremos hasta que termine.
Espera hasta que termine.
Y si grito por ti
nunca dudes.
No te des la vuelta demasiado pronto.

Reflektor, de Arcade Fire


En mi mesa de luz espera un título que tengo muchas ganas de leer. Se llama  Canto yo y la montaña baila, de la catalana  Irene Solá. Tiene el epígrafe más largo que recuerdo de los últimos años, que dejo acá debajo:

«Y cuando las brisas primaverales soplan en el valle, cuando el sol del estío brilla sobre las hierbas marchitas del año pasado que cubren las orillas del río y sobre los dos cisnes blancos del lago y hace surgir con sus halagos la hierba nueva del suelo esponjoso de los pantanos... ¿quién podría creer que en días así  ese valle pacífico, herboso, estuviera meditando en la historia de nuestro pasado y sus espectros? La gente cabalga junto al río, a lo largo de orillas junto a las cuales, lado a lado, hay muchos senderos abiertos uno a uno, siglo tras siglo, por los caballos de otrora... y las frescas brisas soplan por el valle, a la luz del sol. En días como esos el sol es más fuerte que el pasado.»

Halldór Laxness, Gente independiente

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