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Ese dulce calvario: la maratón desde adentro

El sacrificio y los dolores de completar la mítica distancia del atletismo para un corredor aficionado valen cada kilómetro recorrido

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16 de abril de 2018 a las 05:00

En la parada del ómnibus te miran raro, en el ómnibus te miran raro. A las 6 de la mañana de un otoñal domingo 15 de abril hace frío, es de noche y andar de short runner y una remera de manga corta con el dorsal de una carrera genera eso. "¿Y este loco?", se preguntarán. Y, si yo no fuera corredor, seguramente pensaría lo mismo.

¿Estaremos locos? El viaje llega a destino y ahí está la tribu. Somos más de 4.000 esperando la largada de la Maratón de Montevideo, la quinta edición, para muchos la carrera más esperada y entrenada del año. Algunos irán por los 21 k, otros duplicarán su esfuerzo y buscarán conquistar los míticos 42,195 k.

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Llega el momento de la largada, la hora de la verdad. Corredores a la manga de salida a esperar la cuenta regresiva. Momento de mucha emoción. Están en juego meses y semanas de preparación, dolores musculares, rabietas, paspaduras, chequeos médicos, horas y horas dedicadas a afrontar este desafío y dejar de lado familia y amigos (algún día lo entenderán), dinero invertido en clases, championes, geles, ticholos, bananas y dulce de membrillo.

maratón 2018
La marea verde por la rambla
La marea verde por la rambla

A las 7.00, con los ojos empañados, salimos. Miro al cielo a los dos corredores que me protegen y paso el arco. A correr. Pero nada de locuras. Si bien la velocidad nunca me tuvo en cuenta, hay que comenzar lento en los primeros kilómetros para no sufrir en el final y poder completar los 42 k.

En esos metros por 18 de Julio, el pelotón habla portugués. Si bien se siente la energía única de la largada, los uruguayos vamos callados, concentrados, y los hermanos brasileños llaman la atención. Uno, incluso, corre con un pequeño equipo de música en la que suena pagode.

A ver con qué cara nos espera la rambla hoy, es la gran pregunta al bajar hacia el mar. Hay algo de viento, pero nada a lo que no estemos acostumbrados.

En esos primeros kilómetros, todo es sonrisas. Para mejor, varios grupos de corredores se acercaron al circuito y armaron fiestas, como los grupos musicales que tocaron en vivo, ¡a las 7:00! en el espacio que armó El Cantero, así como otros que pusieron música y color, lo que inyecta una energía que se valora y mucho.

Llega un momento clave: los que corren 21 k, la gran mayoría, giran en Pocitos y quedamos los que seguimos hasta Carrasco. Si bien se mantiene el paso, el pelotón se estira, quedan más espacios y baja la algarabía.

maratón 2018
Los primeros rayos del sol a la altura del Parque Rodó
Los primeros rayos del sol a la altura del Parque Rodó

Seguimos. En la veredas ya no hay tanta fiesta como al principio y hay momentos de silencio por varias cuadras.

Al llegar al retorno en Carrasco, más de media maratón, hay música y un animador con micrófono que nos dice que "el muro", ese enemigo interno de los corredores, hoy no existe. Me acoplo con tres corredores que van adelante mío y sigo con ellos, a un ritmo decente, hasta Malvín.

No sé si el muro existe o no, pero por los 30 k, cuando los estudios dicen que comienza a hacer su efecto, justo están los repechitos del Liceo Francés y luego el de Kibón. Y ahí llegó mi calvario. El ritmo que llevaba casi perfecto se vino casi un minuto abajo y fue imposible recuperarlo.

Pero había que seguir. Contrario a mi primera maratón hace cinco años, esta vez no paré. Busqué distracciones en la calle, cambios en la respiración, canciones en mi mente y mucha motivación.

maratón 2018
El último esfuerzo antes de cruzar la meta
El último esfuerzo antes de cruzar la meta

Quedaba lo último. Además, mis padres habían hecho 100 kilómetros en la mañana para venir a verme especialmente. Un poquito de presión tenía.

En esos kilómetros finales, donde en cada paso crece el 'ya es mía', nuevamente se sintió, el ánimo de los grupos de corredores. Además, otro maratonista, que no compitió, me alentó en las últimas cuadras, cuando ya no podía ni hablar. ¡Gracias loco!

Aún quedaba el odiado último repecho para subir hasta 18, ver la meta y quemar todo en un sprint final en medio de un túnel de personas hasta cruzar la línea de llegada. Es un momento incomparable, que vale todos los dolores y gotas de sudor, y que cada vez más se animan a intentar vivirlo.

maratón 2018
Una llegada familiar
Una llegada familiar

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