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Interior vs capital: una historia de violencia a la uruguaya que hay que ver

Ópera prima de los hermanos Antonaccio, la película explora cómo la violencia y la tensión aparecen en un entorno aislado, sofocante y teñido por la rivalidad interior-capital

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09 de marzo de 2019 a las 05:01

Hay pocas cosas más volátiles que la violencia. Más que el gas, que la pólvora o la mecha de un explosivo, esta pulsión inherente y eterna puede estallar en cualquier lugar, situación, ecosistema. Lo sorprendente es que, en general, lo que termina de revolver las aguas es a veces un hecho inusitadamente nimio: el infortunio de un roce, una palabra excesivamente remarcada, una mirada que se mantiene o se posa sobre otro por una décima de segundo de más. Cuando esto pasa, señor, señora, usted ya sabe lo que seguirá: llegará la sed implacable, la onda expansiva que no cede y la violencia que se encarga de quemar todo con su furia. Los instintos, primitivos, se atropellan; dan paso a insultos, gritos, manotazos, golpes, disparos, bombas, guerras, tragedias y recuerdos. Cuando el estallido cede y sus consecuencias se aplacan, el status quo cambia y se estabiliza. Vuelve la calma, todo queda listo para una nueva ronda. Porque hay muchas cosas improbables en el mundo de hoy, pero la violencia no es una de ellas. Siempre termina encontrando su lugar.

El cine uruguayo, a través de películas usualmente llamadas “de género”, parece estar haciéndose cargo de esa violencia que –para qué mentir– hoy nos inunda. El año pasado una de las sorpresas fue La noche que no se repite, una historia maragata a cargo de los debutantes Aparicio García y Manuel Berriel. La película, que estuvo un tiempo considerable en cartel, proponía un policial bastante crudo en el seno de San José de Mayo, una ciudad aparentemente tranquila surcada por los tejes y manejes de una mafia precaria. 

Esta semana se estrenó en varias salas En el pozo, una de las primeras realizaciones nacionales que llega a la pantalla grande en 2019. Al igual que La noche que no se repite, En el pozo tiene a dos directores debutantes detrás de cámaras –los hermanos Bernardo y Rafael Antonaccio– y también pone su foco en un paraje del interior, solo que en este caso es mucho más profundo y acotado.  

Como su nombre lo indica, En el pozo lleva la acción a un solo lugar, una sola localización: un pozo, o mejor dicho, una cantera abandonada cerca de un pueblo del interior. La cantera tiene una especie de lago artificial y funciona como una playa secreta; la gente del pueblo no baja por ciertos peligros vinculados a su abandono. Allí dentro, entre la tosca caliente y los morrocoyos, cuatro piezas se moverán en torno a un ambiente sofocante e insoportable: Bruno –un capitalino que visita el pueblo por primera vez–, su novia Alicia –oriunda de la zona la cantera; ahora habitante de la capital–, Tincho –antiguo amor pueblerino de Alicia– y el Tola –amigo del Tincho, de esos limados que hay en cada grupo humano–. 

Entre los cuatro, al sol y custodiados por las altísimas paredes naranjas de la cantera, la tensión se elevará. Primero aflorarán las diferencias entre la capital y el interior; habrá bromas, chascarrillos e imitaciones burlonas. Después, llegarán las miradas cargadas de deseo y crueldad, arrojadas de soslayo y casi sin disimulo. Por último, la tensión sexual tomará las riendas, lo celos cegarán la razón y los ánimos se caldearán más que el agua estancada del pozo. Lo dicho: llegará la violencia. 

Primitivo

Los Antonaccio supieron que su primera película se filmaría en esa cantera –cuya ubicación real está próxima a La Paz– antes incluso de tener la historia pronta. Era el escenario ideal. Era el personaje que buscaban.“La cantera trabaja a muchos niveles. No solo es funcional para la fotografía y la paleta de colores que tiene la película, sino que reforzaba el encierro, el calor y el agobio. Tenía esa esencia primitiva y cavernícola que buscábamos. Despertaba los instintos básicos de los personajes”, explica Rafael Antonaccio, el hermano mayor.

A pesar de que la película es oficialmente la primera de estos dos hermanos con experiencia en la publicidad y en los videoclips –ganaron un Graffiti por el video Revólveres y rosas de Socio–, no era la primera que escribían. Sin embargo, la espera interminable por los fondos los impulsó a crear un proyecto de manera independiente y así nació esta realización que se pagó de forma cooperativa y que recién al final pudo contar con un fondo.

“Estábamos esperando los fondos para los otros dos proyectos, y nos dijimos que teníamos que ponernos a hacer algo, porque nos íbamos a pasar toda la vida esperando para filmar. Nos pusimos la condición de hacerlo en una sola locación, con luz natural, pocos actores y sin escenografía. Y ahí Berni se acordó de la cantera”, cuenta Antonaccio.

Después de establecer el “plató”, eligieron a los actores. En el casting se decantaron por Paula Silva (Alicia), Augusto Gordillo (Bruno), Rafael Beltrán (Tincho) y Luis Pazos (Tola).  Los dos últimos  –hombres de teatro– son dos grandes aciertos: Beltrán logra transmitir una gama de emociones genuinas y perturbadoras con una sola mirada, mientras que Pazos funciona como un respiro hilarante y necesario a toda la tensión acumulada.

Acordados los detalles, empezaron a filmar. Y a sufrir, porque al ser la cantera un lugar de trabajo para la construcción, solo podían filmar durante diciembre y enero, cuando el rubro está de licencia. “Fue intenso. El calor era insoportable y varias veces tuvimos que parar el rodaje por la gente que se sentía mal. Cuando parábamos de filmar nos bañábamos en el lago de la cantera”. La fotografía, al servirse de la luz natural, también resultó un dolor de cabeza. Aún así, lograron superarse: la fotografía y el diseño de arte de la película es realmente destacable.

La intención de prender la mecha para la violencia siempre fue el núcleo de este guion, que según Rafael Antonaccio está “empapado” de una sociedad que respira este fenómeno. Así, su caso de estudio está cercado por dos grandes aristas: la tensión entre la capital y el interior y la violencia de género.

Para que el primer concepto quedara bien remarcado, los realizadores –oriundos de Durazno– tuvieron que pedirles a sus actores que ensayaran el acento “de afuera”, porque curiosamente el único actor del interior –Gordillo– interpretaba a un montevideano. Para el otro punto, se apoyaron en el retrato de una relación tóxica y manipuladora, que de alguna manera genera el puntapié para el descarrilamiento moral del clímax de la película. Todo esto, en líneas generales, funciona muy bien.

En el pozo se estrena en más de quince salas alrededor de todo el país y funciona como una baliza puesta en el medio de una carretera transitada: llama la atención por su distribución y promoción casi artesanal, por que el proyecto salió adelante por la insistencia de sus propios creadores y casi sin fondos –la economía de recursos casi no se nota–, y más que nada porque pone su foco principal en esa compañera intransigente y molesta con la que la humanidad ha convivido desde la época de las cavernas, esa violencia que nos hace enfrentarnos de manera permanente y que puede surgir en una calle, en una casa, en una redacción o en un pozo.

Dónde verla
Montevideo: Cinemateca, Life 21, Movie Montevideo, Grupocine Torre de los profesionales y en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño.
Interior: Colonia, Las piedras, Punta del Este, Paysandú y Salto.
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