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Joaquín Cortacans: De Fray Bentos a Harvard

Con apenas 18 años, Joaquín Cortacans llegó lejos: viajó a la NASA, consiguió becas internacionales y forjó méritos académicos de tanta importancia que una de las universidades más prestigiosas del mundo le adjudicó una beca completa. Como estudiante del interior, le toca irse de su casa para entrar a la universidad, ni a Paysandú ni a Montevideo: Joaquín se va a Harvard 

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05 de septiembre de 2019 a las 05:00

[Por Agustina Amorós]
[Fotos Lucía Carriquiry]

Llega a nuestro encuentro con un bolso en la mano. Hace unos minutos el ómnibus lo dejó en la terminal y ni siquiera tuvo tiempo para almorzar. A pesar de eso –y de las cuatro horas de viaje– viene con entusiasmo. Ya habíamos tenido la entrevista por skype, pero mientras la fotógrafa lo retrata, se me ocurren nuevas preguntas. Es que es una historia casi inverosímil: este estudiante de Fray Bentos está a pocos días de tomarse un vuelo a Estados Unidos. Se va a estudiar a la Universidad de Harvard con una beca completa, que estiman equivale a unos 400.000 dólares.
Las fotos terminaron hace rato pero seguimos de charla. Desde su celular me muestra un video que grabó el día que se enteró de que lo habían becado, se lo ve concentrado leyendo el mail en el que se entera que entró a la universidad más prestigiosa del mundo. Luego sale de su dormitorio gritando: “¡Mamá, entré a Harvard!”. Acto seguido se ve a toda la familia rodeándolo. De la emoción nadie lee el mail. La abuela lo abraza, la mamá llora, el hermano más chico se le cuelga del hombro. Es que Joaquín llegó lejos, tan lejos como soñó.

Alumno autodidacta

Es el mayor de tres hermanos. Llegó al mundo el 29 de agosto del 2000 en Montevideo, de donde es originariamente su familia. Vivió en el barrio Tres Cruces hasta que cumplió los 6, cuando una oportunidad laboral en UPM para su padre los obligó a mudarse a Fray Bentos.
El jardín lo había hecho en el Elbio Fernández, y una vez en Río Negro cursó el resto de su educación en el Colegio Laureles (excepto el último año de liceo, que se cambió a enseñanza pública). Fue un estudiante curioso y cuestionador. “Siempre quería más. Necesitaba que me explicaran absolutamente todo: qué pasó, por qué, quién, cómo, dónde, cuándo. Era un poco impertinente. Cuando uno es chico asume que el maestro va a tener todas las respuestas. Después fui creciendo y si alguien no me sabía responder algo, pensaba ‘no pasa nada, lo busco en mi casa’”, dice Joaquín, que con el apoyo de su familia, libros e internet lograba saciar su curiosidad académica. “Mi padre no terminó la carrera, pero estudió ingeniería. Mi madre es maestra. Entonces si quería ayuda para escribir o tenía dudas en matemáticas, siempre tenía alguien para ayudarme”, relata en relación con ese marcado perfil autodidacta que fue clave para su formación.

A los 8 años tenía claro que quería ser físico y aseguraba que estudiaría en Harvard. “No sé de dónde salió eso. Ni siquiera sé por qué a los 8 años sabía lo que quería decir ser físico”, se ríe Joaquín, que ya siendo un niño se vinculó con grupos en línea relacionados al mundo de la ciencia.



Andar volando

Fue a través de The Mars Generation, una oenegé internacional que fomenta a los jóvenes al estudio de la ciencia, que se enteró de que estaban organizando un campamento en la NASA. Era una actividad de una semana, en la que convocaban a jóvenes de todo el mundo para asistir al programa Space Camp en Huntsville, Alabama. “Me fascinó la idea. Busqué en la página y el precio superaba los 2000 dólares. No se lo pedí a mis padres porque no me lo iban a poder dar, pero tampoco cerré la página y me fui a dormir. Abrí absolutamente todas las pestañas y encontré una que hablaba de las becas”. La solicitud requería presentar un proyecto científico, por lo que decidió lo más lógico: si quería ir a la NASA haría volar un cohete. Construyó uno con un caño de pvc y, con la ayuda de un libro de física universitaria que le consiguió su papá –y el apoyo bendito de internet–, logró hacerlo volar con una fórmula casera a base de nitrato de potasio y azúcar impalpable. “Mi proyecto se basaba en la descripción matemática, demostrar que a través de las ecuaciones podía predecir el movimiento que iba a seguir el vuelo del cohete”, explica. La hazaña le valió una beca completa y en junio de 2016 despegó rumbo a la NASA, donde convivió con jóvenes de todo el mundo. “Fue una experiencia educativa, por todo lo que aprendí, y muy significativa porque me di cuenta de que había oportunidades, que tal vez en Fray Bentos no conocía gente que comparta mis intereses, pero no estaba solo”, dice. El envión lo estimuló a ir por más y seis meses después de volver a Uruguay, en diciembre de ese mismo año, viajó a otro campamento similar. Lo habían vuelto a becar, esta vez para una actividad de la Organización Europea para la Investigación Astronómica en el Hemisferio Sur (ESO), que tuvo lugar en Italia. “Tienen los telescopios más grandes del mundo y es una de las fuentes de conocimiento astronómico más relevantes”, acota Joaquín, que “si bien no suena tan importante como la NASA”, fue un campamento más desafiante y una gran oportunidad para sus méritos académicos.

A propósito del intercambio con estudiantes de otras partes del mundo, aprovecho para consultarle sobre su perspectiva en cuanto al nivel educativo en Uruguay: “En mi experiencia he visto que mal no estamos, pero tampoco estamos bien. En los campamentos me di cuenta de que sabía muchas más cosas de astronomía que mis compañeros, porque en Uruguay es una materia obligatoria, y la mayoría de los paises no la tiene. Es algo para destacar, pero, para dar un ejemplo: mi profesor de astronomía no era profesor de astronomía, sino un maestro jubilado. ¿Es mejor eso que nada? Sí, pero tampoco es lo ideal. Las ideas están bien pero falta nivel, especialmente en el interior. Decir que estamos bien y no preocuparnos por mejorar no es el camino. El conformismo es bastante peligroso. Me encantaría que haya un mejor nivel educativo en mi país, pero tampoco creo que todo sea una porquería porque no es cierto”.

Bajo la lupa

Colmado de experiencias desafiantes, la motivación de Joaquín se redobló. “Me di cuenta de que faltaba que en Fray Bentos sepan la cantidad de posibilidades que había. Cualquier persona interesada podía acceder a las mismas oportunidades que yo había tenido”, por lo que al año siguiente fundó una organización para ayudar a motivar a los jóvenes a aprender ciencia. Con el apoyo de INJU Río Negro y la Dirección de Cultura del departamento, organizó “Jóvenes bajo la lupa” y junto con un grupo de personas se dedicó a recorrer escuelas y liceos, dar charlas y visitar estudiantes del interior profundo. “Es muy difícil hacer cualquier cosa importante, solo. Lo verdaderamente grande se hace en equipo. Todo lo que logré no se podría haber hecho sin el apoyo de la comunidad, de instituciones y profesores”, dice.

El mismo año se acercó a Fray Bentos un representante del programa Education USA, con el propósito de informar a los jóvenes para que consideren la posibilidad de estudiar en Estados Unidos. La charla informativa derivó en una invitación para asistir a una Feria de Universidades en Montevideo, que terminó de motivar a Joaquín para postularse a los Fondos de Oportunidad, un programa de la Embajada de Estados Unidos que busca facilitar el proceso de aplicación a sus universidades.
Acceder al sistema educativo estadounidense requiere un largo proceso, que involucra rendir varios exámenes internacionales. “La solicitud es burocrática y costosa. Se estima que se invierte alrededor de 10 mil dólares entre trámites, exámenes y papeleo. Para mi familia era inaccesible. A través del programa, la embajada me cubrió todos los gastos, me dio acceso a la biblioteca de la Alianza con todos los libros necesarios para preparar los exámenes. Además del apoyo económico –que fue determinante– lo más importante es que tuve un asesor que me ayudó en todo el proceso”, explica.

Corría el 2017, y aunque seguía recogiendo méritos académicos y acercándose a su objetivo, Joaquín lo describe como “un año horrible”. “Pasé de ir a la NASA y a la ESO, a no hacer nada. Me presenté a proyectos que no salieron y empecé a creer que era una prueba de que el año anterior simplemente había tenido suerte”, dice. La autoexigencia era inmensa y aunque en retrospectiva analiza que fue el año en el que fundó su oenegé y entró al programa de la embajada, en ese momento se sentía “inútil”. Convirtió la frustración en un nuevo proyecto. Se postuló para la SSP, una oenegé que convoca jóvenes de todo el mundo para hacer un proyecto de astrofísica y –a pesar de que fue una solicitud compleja– logró conseguir una beca y viajar a la Universidad de Colorado, donde permaneció un mes y medio trabajando en sus laboratorios. Los resultados de esa investigación fueron publicados por el prestigioso Instituto Smithsoniano, “algo a lo que los científicos llegan en el auge de su carrera, para mí fue una locura”, acota entusiasmado.

Más allá de lo académico, las personas con las que se vinculó en ese viaje fueron claves para lo que vino después. “Era gente demasiado brillante. Al principio los admiraba, hasta que me di cuenta de que estaba viviendo la misma experiencia que ellos: que también me habían seleccionado a mí, y que –aunque yo no había tenido las mismas oportunidades– estaba a igual nivel. No era más, ni menos”, dice. Todos estaban preparándose para aplicar a las mejores universidades del mundo y eso interpeló las aspiraciones de Joaquín. Fue el último empujón para volver a Uruguay y apuntar alto. Tan alto como cuando era un niño: directo a Harvard.

La solicitud

Enfrentarse a la exigencia que requiere postularse a las universidades más codiciadas de Estados Unidos no fue una tarea fácil. No lo es para los estudiantes más privilegiados del mundo, y no lo fue para Joaquín –que además de la complejidad inherente a la solicitud, tuvo que apañárselas para combinarla con los tiempos del sistema educativo de Uruguay.

Estados Unidos permite hacer una solicitud temprana a una única universidad y, en caso de no ser aceptado, probar otras alternativas más adelante. “Es una buena forma de ‘decirle’ a la universidad que es tu primera opción. Lo malo: hay menos tiempo para prepararse”. Joaquín no lo dudó, rindió parciales y exámenes en su liceo de Uruguay, y en paralelo solicitó para entrar a Harvard. Fueron meses díficiles: “Me superaba el estrés. Tuve ataques de pánico, y había mañanas que no podía estudiar porque me levantaba llorando. La pasé mal, pero la convicción de que todo lo que estaba haciendo era la forma de llegar a lo que quería me mantenía motivado”. Preparó la solicitud en tiempo récord, y el 31 de octubre del 2018 dejó en manos de Harvard la decisión de su futuro. Los meses continuos fueron tortuosos. Mitigando la espera, Joaquín oscilaba entre el optimismo y el golpe de realidad, hasta que llegó un mail que le devolvió algo de aliento. Le pedían una reunión para “discutir sus posibilidades en Harvard”. Era un buen indicio, pero no tuvo certezas hasta el 12 de diciembre a las 21:00 cuando recibió una notificación que lo hizo despegar. Lo habían aceptado.

Destino: Harvard

Los próximos cuatro años estará estudiando en Boston. Harvard propone un sistema de currícula abierta, lo que le permite armar la carrera a su gusto. Intenta no cerrarse a otras posibilidades, aunque admite que seguramente termine estudiando física, tal como decía siendo un niño.

Antes de dejar su casa en Fray Bentos, está desarmando su cuarto, despegando los últimos pósteres que quedan en la pared y armando la valija. Las clases empiezan en setiembre, en breve se estará instalando en el campus de la universidad. Lo esperan nuevos desafíos. “No es el tipo de vida que está diseñada para una persona como yo, para mis amigos o mis vecinos. No hay una forma de trazar una línea entre Fray Bentos y Harvard, porque no es un camino que exista, es algo que tuve que construir. Si tengo que destacar una cualidad que me ha llevado a esto, es la necesidad de hacer cosas nuevas y nunca dejarme convencer de que algo no se puede hacer”.

 

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