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Rosario San Juan: "Mi trabajo es hacer que las cosas pasen"

No hay suceso de diseño local que no la involucre. Un carácter fuerte y la determinación necesaria llevaron a Rosario San Juan a convertirse en la estilista y productora de mayor renombre en Uruguay.

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18 de octubre de 2018 a las 05:00

[Por Agustina Amorós]

Había leído en una entrevista que era “peligrosamente impuntual”. Lo confirmé cuando los minutos sumaron una hora y yo aún la esperaba en el hall de su edificio. A Rosario San Juan el tiempo se le desvanece entre reuniones de trabajo. Cuando coordinamos la entrevista estaba en el momento de mayor zafra laboral: a pocos días de que cobrara vida una nueva edición de MoWeek, con el cierre de Caras Moda en puerta, un viaje laboral a Nueva York a punto de concretarse y varias campañas en el tintero. Entre la vorágine nos sentamos a conversar, pero advierte que teme que su estrés le impida encontrar las palabras necesarias para responder a mis preguntas.

Mientras hablamos la veo buscar internamente sinónimos. Por momentos tacha sus propias declaraciones. Piensa, reformula y trae con gestos algunas ideas que no logra poner en palabras. Responde segura pero también hace preguntas en voz alta buscando que lleguen a oídos de su asistente, que nos escucha mientras trabaja en la habitación contigua. Eso sí, cuando logra comunicar lo que quiere, lo subraya, lo repite varias veces, no vuelve atrás. Algo de eso hay en su labor como productora de moda: encontrar los matices justos, comunicar lo buscado, lograr resultados.

“La gente muchas veces no entiende de qué se trata mi trabajo”, dice Rosario, por lo que utiliza el concepto “obrera de la moda” para resumir su labor. “Hay quienes lo perciben desde lo frívolo, pero lo digo en el sentido del hacer. Se imaginan que lo que hago es señalar con el dedo lo que sí y lo que no. Nada dista más de la realidad. Mi trabajo es hacer que las cosas pasen. Tengo que ejecutar una campaña: buscar una locación, armar una escenografía, convocar al maquillador y peluquero adecuado para la estética buscada, elegir a la modelo, asegurar que el trabajo de todos esté alineado con lo que busca el cliente”, resume Rosario, quien trabaja de forma independiente y a veces con un asistente si las dimensiones del proyecto lo ameritan.

“Muchos creen que mi trabajo es glamoroso y tiene poco de eso. No tengo días ni horarios: por ahí es domingo y me encuentro cargada con mil bolsas porque tengo que levantar ropa en una tienda. La gente me pecha, piensa que soy millonaria y de repente me pasé el día planchando, tirada en el piso limpiando zapatos o arrancando cintas con las uñas”, dice con humor, pero deja entrever que lo hace con toda la pasión del mundo.

Muñecas de papel

Hablar de su infancia no le es fácil. “Fui una niña triste”, responde Rosario, que nació el 6 de noviembre de 1970. Le tocó atravesar su niñez en los años más oscuros de nuestra historia reciente. Su madre era maestra de UTU y su padre fue gerente del puerto de Montevideo. “Un idealista, un tipo muy culto”, recuerda Rosario y explica que fue destituido durante la dictadura y preso político en el año 1975. Hablar de sus raíces se da naturalmente. Nombra con orgullo a Alfredo San Juan, su abuelo paterno, oriundo de Sarandí Grande y una figura importante del lugar; y a su abuela materna Angélica Pietrafesa, que vivía con ella, tenía una academia de cocina y salía en la televisión.

Rosario demostró interés por la moda desde niña. Aunque soñaba con tener una Barbie, supo ser feliz con sus muñecas de papel, que la permitían cambiarles la ropa a su gusto. La primaria la cursó en la escuela N°6 en el barrio Cordón y durante la secundaria fue alumna becada en el Liceo Elbio Fernández. Su adolescencia, a mitad de la década de 1980, se impregnó de música y libertad. Supo “jurar” el look Madonna y amar a los Bee Gees. “Como no podía comprarme mucha ropa, iba a mi modista, Lily, y me hacía mis propias prendas”, recuerda. Visto en retrospectiva analiza que, si hubiese existido la carrera, posiblemente habría optado por estudiar diseño de modas. “En ese momento soñaba con hacer secretariado en el Instituto Crandon y, como no podía pagármelo, decidí estudiar dactilografía. Lo complementé con otros cursos y a los 17 años arranqué a trabajar”.

A buen puerto

No hacer foco en la carencia es una premisa consistente y sostenida en la vida de Rosario. “Pasaban cosas en mi casa que no me gustaban y trabajar era un escape para hacer mi vida. Entendía que tenía que valerme por mí misma. Ese fue mi motor: crear mi mundo y dibujarme espejitos de colores lindos. Tuve una infancia con varias dificultades y eso me hizo una mujer fuerte”, dice Rosario. Su primer trabajo lo consiguió con ayuda de su padre y se desempeñó durante tres años como telefonista y recepcionista de un despachante de Aduana. Una vez que cumplió su ciclo, acudió al diario en busca de nuevos horizontes. “El Gallito Luis fue un fiel acompañante de mi carrera. Mi intuición me llevaba a elegir los trabajos que creía que eran para mí y siempre quedaba”, narra la productora. Fue así que se presentó a un llamado para trabajar en Alimenta 93, un espacio donde se realizaban eventos que estaba ubicado, casualmente, donde hoy cobra vida Sinergia Design. Se postularon 400 personas de las que seleccionaron a 4 y Rosario fue una de ellas. “Hacía tareas administrativas y de producción; desde coordinar cosas hasta servir café. Era multitasker y siempre trabajaba con ganas. Estaba allanando mi camino de producción sin darme cuenta”. El negocio finalmente no prosperó, por lo que se sumó a trabajar en la empresa multinacional Mastercard. “Empecé trabajando en atención a socios, fui secretaria de gerente y trabajé en el departamento Comercial y en Marketing. En cuatro años crecí mucho. Era muy motivada y estaba supercomprometida con la empresa”, cuenta Rosario. El despegue laboral le permitió independizarse y alquilar junto a una amiga un apartamento en pleno Pocitos. “Fue lo más divertido del mundo”, recuerda Rosario. Todo venía fantástico hasta que la empresa se vendió y el 40% del personal se quedó sin trabajo. “Buena suerte, mala suerte, quién sabe: me despidieron”, relata.

El golpe del despido fue grande, pero Rosario supo aprovecharlo como impulso para despegar. “Del trabajo en Mastercard conocía a Eliane Litwin, que en ese momento encabezaba la marca Chocolate (lo que hoy es Magma) y cuando me despidieron me ofreció que fuera a trabajar con ella. Ayudé a armar el local de Punta del Este, trabajaba como vendedora y contactaba a las clientas por teléfono… Encontrarme con ella en mi camino fue una salvación y una puerta de entrada al mundo de la moda”, resume Rosario. El cambio brusco en su dinámica laboral la obligó a volver a la casa de sus padres y continuar con la búsqueda de un sueldo estable. En el ínterin tuvo varios trabajos administrativos; pero nada terminaba de convencerla. “Uno le dedica muchas horas de su vida al trabajo y quería hacer algo que realmente me apasionara”.

La pieza faltante

La idea de hacer de la moda una fuente de trabajo resultaba tentadora, pero lejana. “Caminaba por los shoppings y veía que las marcas no tenían gráficas. Faltaba comunicación. Yo quería dedicarme a la producción de moda, estaba más que dispuesta a golpear puertas, pero no sabía cómo venderme. No tenía experiencia, ni referencias para mostrar”, explica la emprendedora. Entendió que era necesario concretar producciones que sirviesen como muestra tangible de lo que quería hacer. “Hablé con el fotógrafo Andrés Cribari, que llevaba adelante la revista Latitud 3035. Le insistí con que en su revista no había contenido para mujeres y le vendí la idea de hacer algo referente a moda. Le propuse que si él destinaba un espacio de la revista y sacaba las fotos, yo me encargaría del resto. Aceptó”, explica satisfecha del primer paso del plan. “Iba a necesitar modelos, entonces contacté a la agencia de Patricia Chabot. Le hice notar que sus modelos necesitaban un book para presentarse ante los clientes: le propuse que me prestara a parte de su staff, a cambio de las fotos de la producción. Accedió. Finalmente hablé con Eliane, de Magma, le conté la idea y le pedí que me prestara la ropa para la producción: esas prendas saldrían en la revista con todos los detalles (marca, precio, locales) y así las clientas podrían ver la tendencia”, explica. Fue a pulmón, uniendo la necesidad de varios, peinando a las modelos ella misma y con la ayuda de su amiga Vicky Boix, que Rosario logró la primera producción de moda en una editorial local.

Aprovecho para consultarle qué análisis hace de aquellos primeros trabajos y se ríe con efervescencia: “Hicimos fotos en la feria, con la modelo sosteniendo una lechuga en la mano. ¡Hoy las veo y me parece un divague! Pero eran rupturistas para la época, que es lo importante. Por eso me enojo mucho cuando se critica a los estudiantes. Experimentar es lo mejor que pueden hacer. La belleza es subjetiva y nadie nació siendo cra. Se aprende en el proceso. Aplaudo a quienes hacen”, reivindica la productora. La dinámica se sostuvo durante algunas ediciones hasta que la revista dejó de publicarse. Rosario había logrado convertir la iniciativa en su carta de presentación y no demoró en golpear la puerta de posibles clientes.

Una de las primeras marcas en contratarla fue Lemon. Realizaron una primera producción que salió muy bien y tuvieron el acierto de armar un tríptico con las fotos, que colocaron en los puntos de venta. “Se agotaban. Las clientas se lo llevaban y generaba más atractivo de compra. Lo que más me importa es que las marcas obtengan buenos resultados”, dice Rosario, que jamás perdió de vista el fin comercial de su negocio. Con el tiempo fueron surgiendo más y mejores oportunidades “Empezamos a viajar, hicimos producciones en Cabo Polonio y Rocha, contratamos a modelos más profesionales. Maximizamos recursos. Nunca me gustó lo pretencioso. Me propongo sacar lo bello dentro de lo que tenemos, pero no exigir más de lo que hay”, dice.

Ojo intuitivo

Su carrera creció exponencialmente y los proyectos fueron diversificándose. Trabajó para varias marcas y producciones editoriales. En 2007, convocada por Rosario Terra —entonces gerente de Marketing de Punta Carretas Shopping—, se involucró en la producción de Lúmina, el concurso que se llevó a cabo durante 10 años consecutivos, creado con el fin de alentar el crecimiento de jóvenes diseñadores y apostar al desarrollo del diseño local.

La productora desarrolló también su faceta televisiva cuando emprendió el proyecto Maybelline Model (Montecarlo Televisión), que tuvo su primera edición en 2013 y concretó cinco temporadas. Rosario era parte del equipo de producción y terminó dentro del reality. Se desempeñaba como “madrina” de las participantes, ayudándolas a sobrellevar desafíos y acompañándolas a transitar lo que se convirtió en una suerte de escuela para las modelos. Se veía un lado muy maternal que sobrepasaba la pantalla. “No tuve hijos, por lo que me siento un poco madre de las modelos y de la gente con la que trabajo. Me dicen ‘mamá Ro’”, dice sonriente. Indago un poco más, y hablamos de eso que no sale en la televisión. Los duros golpes de su vida, la pérdida de sus seres más cercanos, un accidente que la dejó sin poder caminar durante meses, el cáncer de mama que sacudió su mundo en 2009. Ese universo interno del que prefiere no hablar. Me cuenta del amor cómplice que comparte hace once años con el fotógrafo Rafael Lejtreger, que la ayuda a balancear su caos y conectar con la felicidad. “Rafa es mi motor, lo más importante que tengo. Me cambió la vida y las prioridades”.

Desde hace 10 años, Rosario también trabaja en cada edición de MoWeek, que se celebra dos veces al año. “Cuando Carina Martínez me habló de este proyecto supe de inmediato que iba a funcionar. Quisimos abandonar la idea de la moda como nicho y generar una apertura. Carina es una gran empresaria y yo me manejo mucho con la intuición”, explica Rosario, que se encarga de la dirección de contenido de pasarela. La dinámica de MoWeek fue mutando para adaptarse al mercado y Rosario confió siempre en Carina Martínez y su sucesora, Sofía Inciarte, la actual directora del evento. “Me siento cómoda ante los cambios. Mucha gente confió en mí y me impulsó. Yo supe tomar riesgos, que es lo que nos hace crecer y mejorar. El agua estancada se pudre y ese ha sido mi secreto para mantenerme en los medios a lo largo de los años. Saber adaptarme para crecer”.

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