La emisión en 1990 del primer capítulo de la serie de televisión La ley y el orden marcó un antes y un después para todos los amantes del género policial. Hasta ese momento, todas las series tenían algo en común: los buenos siempre ganaban. Ver Vicio en Miami, Mike Hammer, Magnum, Hunter, Reportera del crimen o Temple de acero era como ver un partido de fútbol del que ya se sabía el resultado.
La serie creada por Dick Wolf, que se emitió durante 20 años, lo cambió todo. Una de sus grandes innovaciones fue que los capítulos se dividían nítidamente en dos partes. En la primera se mostraba la investigación policial y en la segunda, el juicio. Pero más importante aún era que los criminales, muchas veces, se salían con la suya.
La serie lo abarcaba todo perfectamente. Mostraba por un lado las dificultades de la policía para conseguir pruebas y detener al supuesto culpable y luego la titánica guerra judicial para lograr un veredicto de culpable, que a veces nunca llegaba. En el fondo, de lo que se trataba era de mostrar algunos huecos oscuros de la sociedad moderna. Las fallas del sistema policial y judicial, pero también las del contrato social, para así denunciar la imperfección humana en toda su dimensión, desde el criminal hasta el juez.
La misma ambición artística persigue el abogado penalista y escritor alemán Ferdinand von Schirach, que en Crímenes presenta 11 relatos de gran calidad, que de una u otra manera denuncian el actual status quo de la civilización occidental y de Alemania en particular.
Como sucedía en la serie, los relatos abarcan la investigación policial y el juicio posterior, con la diferencia de que ambas son contadas por una voz narradora que conoce los hechos y que en muchas ocasiones es parte del asunto. Además, la mayoría de las historias tiene la singularidad de comenzar con un exhaustivo perfil del acusado, cuando no se cuenta directamente su vida desde la infancia.
Este recurso de Von Schirach resulta fantástico, ya que genera una gran incertidumbre en el lector, que nunca sabe que va a pasar a continuación, ni cuando el personaje va a mutar en asesino. Pero además, le da la posibilidad de humanizar a todos y cada uno los personajes que desfilan por el libro. Le permite disculpar a algunos, señalar la progresiva locura de otros, mostrar la génesis de una conducta o describir al detalle un entorno familiar que resulta decisivo para el caso.
Cuando el autor suma a lo anterior una mirada sin concesiones al sistema judicial alemán, al que describe desde sus entrañas, los relatos se vuelven magníficos. Y lo asombroso es que todo cabe en un puñado de páginas, lo que le otorga a cada historia una densidad conceptual extraordinaria.
Hay que señalar también que resulta hazañoso que el autor logre atrapar al lector sin el gancho de un detective pintoresco, un departamento de policía justiciero o un abogado brillante. Es como si Von Schirach se hubiera propuesto que nada destaque por encima de los hechos.
Los casos son todos muy distintos, pero tienen en común que el desenlace nunca deja conforme a alguna de las partes involucradas. Esto sucede porque en todos ellos hay atenuantes, datos colaterales que ponen en duda todo lo explicado o errores que directamente afectan el resultado final.
En el centro de todo está el tema de la culpabilidad que, se intuye, le preocupa al autor mucho más que el crimen y el castigo. No es que justifique tal o cual violencia, pero quiere entender, siempre, al hombre que cae. Con una prosa pulida, cortante, aséptica por momentos pero nunca fría, Ferdinand von Schirach construye piezas de verdadero valor artístico, que no se olvidan fácilmente.