Palito Ortega anunció su retiro de los escenarios a los 80 años
28 de marzo de 2021 5:05 hs
Palito Ortega se jubila. Ahora sí, cerrá y vamos. Con el adiós concluirá una época que duró más de lo imaginado, porque, haciendo números, han sido siete décadas. En medición humana, es mucho, tanto tiempo, que el cuerpo del implicado se dio cuenta que se pasó de la hora hace rato y que es mejor irse tarde por las suyas, que quedarse sin la oportunidad de despedirse frente a un micrófono o que la piedad de la gente venga acompañada de lástima. Hay estrellas y celebridades que mueren en forma repentina o bien son víctimas de una enfermedad rápida y homicida (casos de Freddie Mercury y Frank Zappa), y deben retirarse sin poder realizar un último viaje mágico sobre el escenario donde fueron consagrados por el fervor popular. Palito, Ramón, según el registro civil, ha sido el cumplimiento de un plan llevado a cabo por el talento y el azar. Aunque su rostro, como el del Topo Gigio, parece no sufrir los embates del tiempo como otros seres de nuestra especie, ya cumplió, días atrás, 80 años.
Pocos en la historia de la música popular han propagado el optimismo tan bien como él. Los nombres de sus canciones lo evidencian: La felicidad, La sonrisa de mamá, Corazón contento. En eso, solo Louis Armstrong al cantar What a Wonderful World puede competir con el artista nacido en Tucumán y que a los 14 años de edad, con el sueño de poder dedicarse a la música, llegó a Buenos Aires en un ómnibus de los que siempre arriban a medianoche porque a esa hora viajan los pobres. La suya, también en eso, es una historia de antología. Había una vez. Y una vez que Palito Ortega comenzó a destacar, nada ni nadie ha podido destronarlo. No cualquiera, y menos en otro idioma fuera del inglés, pudo conseguir los elogios de Frank Sinatra. Como todos los elegidos que nacen con marca registrada, el artista argentino ha tenido algo que lo diferencia y mantuvo en el pedestal, eso mismo que suele generar el rechazo de los mediocres de siempre, que profesan la miseria mental de envidiar al que le va bien y tiene éxito.
Un análisis semiótico de la totalidad de su obra permitiría concluir que estamos ante un gurú de la autoayuda, la mejor de todas, aquella que se dirime en una pista de baile o en la mesa de un bar con buena amplificación. La historia del karaoke no sería la misma sin las canciones de Palito. Por cierto, a diferencia de otros creadores hispanoamericanos, casos como Neruda, Cortázar, Onetti, Piazzolla, o Gardel, para referirnos al cantante que está en fase de despedida recurrimos a un diminutivo, como si fuera un miembro de nuestra familia. Cachito o Cholito. Miles lo sienten así, como uno más del hogar. Después de todo, en su compañía hemos pasado décadas en las que ha corrido mucha agua bajo el puente.
Palito Ortega se despide haciendo lo que mejor sabe hacer y que le otorgó una posteridad, cantar, aunque ya no cante como antes, pues el tiempo le ha pasado factura a su voz. En alguna parte la senectud tenía que hacerse presente. La de Palito, sin embargo, es una vejez a medias, de ahí que tenga ganas de otro bis para que puedan coincidir la gratitud y la melancolía por lo que se acaba. Así pues, cuando la pandemia muera (raro decirlo de esta manera), Palito volverá a renacer sobre el escenario. Tras las brutales consecuencias de un virus, será raro volverlo a oír cantar: “La gente en las calles parece más buena / todo es diferente gracias al amor”. El filósofo de la felicidad popular, especie de monje japonés por el estilo haiku de las verdades obvias de sus canciones, nos recordará, micrófono en mano, que la vida es una larga supervivencia y que algunos pudimos pasar la prueba del virus con la fuerza suficiente como para entonar con el corazón contento, “le doy gracias a la vida”.
Nadie en el cancionero popular latinoamericano le otorgó a la palabra felicidad un uso tan masivo como Palito Ortega. Es un vocablo que suena hermoso en cualquier idioma (happiness/bonheur/felicità/felicidade), por lo tanto, no está mal sentirse feliz. El poema de 1958, escrito por Vinicius de Moraes y cantado por Antonio Carlos Jobim, dice: “Tristeza não tem fim. Felicidade sim”. La felicidad brasileña podrá tener fin, pero la del tucumano es interminable, porque propaga la canción, un sentimiento de plenitud que dura apenas 2 minutos 37 segundos, la feliz eternidad de toda buena canción pop.
Aunque Palito le dedicó una canción de hondo contenido reflexivo, la cual hizo que la gente cantara como zombi “la felicidad, ja, ja, ja, ja”, la palabra felicidad ha perdido prestigio en el vocabulario literario. Hoy en día es de mal gusto incluirla en un poema o en una canción. Un artista puede poner en riesgo su credibilidad si recurre a la palabra que tanto les gustaba a los hippies, quienes haciendo con sus dedos la V de victoria decían a sus semejantes “amor y felicidad” cuando los veían pasar por la calle. Hay varias maneras de definir la felicidad, por la sencilla razón de que cada uno experimenta ese estado de ánimo de manera diferente. Además, la felicidad no es una vivencia permanente. Alguien puede estar feliz el sábado, y el lunes sentirse deprimido. Por lo tanto, ¿cómo se puede hablar de que hay países más felices que otros y hacer una lista al respecto? ¿Cómo se puede medir si un país es de veras feliz cuando no todos sus habitantes tienen la misma percepción de la felicidad ni la sienten de igual manera? La empresa Gallup cree que se puede, por lo que anualmente publica la Encuesta Anual Global sobre los países más felices y más infelices del mundo. Quizá la felicidad solo puede existir completa en un poema o en una canción, pues ahí a lo que se canta es al deseo de ser feliz, a la aspiración de sentirse mejor sin entrar en definiciones lógicas respecto a los sentimientos involucrados, que lo que menos piden es objetividad.
La felicidad es asunto serio para quienes se la toman en serio. El poeta William Carlos Williams le achacaba a su compatriota, y también poeta, Wallace Stevens, el hecho de que escribiera poemas informando sobre su felicidad cuando los soldados estadounidenses combatían en la segunda guerra mundial. Hoy recurrimos a la poesía de Stevens porque resulta una recompensa feliz para el intelecto, aunque nadie tenga en cuenta que los poemas revelando una profunda felicidad subjetiva fueron escritos en tiempos de gran infelicidad histórica. No es fácil ser feliz, y cuando ese estado se alcanza, todos hacemos lo imposible para mantenerlo vigente, incluso olvidándonos del resto del mundo. La felicidad es un estado que puede afectar a cada individuo en particular, aunque resulta impensable imaginarlo distribuido de manera equitativa.
El éxito extraordinario de La felicidad, canción tarareada por varias generaciones seguidas en diferentes idiomas, seguramente se debe al ritmo pegadizo y a que el compositor relacionó la felicidad al hecho de estar enamorado. En esos momentos en que el alma se siente acompañada o menos sola, la felicidad parece posible, no como abstracción, sino como estado anímico derivado del sentimiento del amor. De ahí que, por más descabellada que parezca la situación, hay quienes se enamoran mucho, y viven para ese mucho, tal vez para darle mayor protagonismo a la felicidad en su vida diaria. Que el día esté soleado no garantiza una jornada de felicidad, ni tampoco un día ventoso y de lluvia puede impedir a alguien sentirse feliz. La felicidad viene, no se anuncia, haciendo incluso felices a quienes tienen menos bienes materiales que aquellos que andan por la vida creyendo que la felicidad se alcanza comprando un auto o una casa nuevos. Si todo fuera tan simple, nadie le prestaría atención a la felicidad, ni la celebraría en canciones que todo el mundo conoce.