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La importancia del ASG para lograr la transición hacia una economía de carbono neutral

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07 de septiembre de 2021 a las 05:03

Por María Paz Queraltó*

Hace un mes, el grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (la IPCC por su sigla en inglés) presentó su último reporte sobre el estado de situación del cambio climático y -como era de esperar- los resultados son alarmantes. El reporte salió justo a tiempo para la 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26) que tendrá lugar en noviembre de este año, donde está previsto que los países revean por primera vez las metas que se habían propuesto en la Conferencia de París (COP 21) en el 2015 y posiblemente se comprometan a nuevas metas. La atención del mundo entero estará en esta conferencia, que será clave para determinar la trayectoria de la lucha contra el cambio climático en los próximos años. El compromiso actual asumido por los 175 países firmantes del Acuerdo de París implica mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de los 2°C sobre los niveles preindustriales y, en lo posible, intentar que no supere más de 1.5°C. De acuerdo con los expertos, si se logra limitar el aumento de la temperatura a 1.5°C, se evitarían los desenlaces catastróficos e irreversibles que ocurrirían de superarse este umbral.

La carrera hacia “Carbono Cero”

Para alcanzar estas metas, muchos países se han comprometido a ser Carbono neutrales, o “Net Zero” en inglés. Hoy en día, son 59 los países que han fijado metas de carbono cero, incluyendo Estados Unidos y China, los máximos emisores de gases de efecto invernadero del mundo. Por su parte, las empresas también se han sumado a esta “carrera para emisiones cero”. En efecto, a marzo de este año, el 21% de las empresas más grandes del mundo, entre ellas Apple, Amazon y Pepsico, ya se habían comprometido a ser carbono cero para el 2050, y muchas incluso establecieron 2030 como límite.
Ahora bien, ¿ello significa no emitir carbono? No. Se refiere a conseguir emisiones netas iguales a 0, equilibrando las emisiones de carbono con una cantidad equivalente retirada de la atmósfera. En un ideal, los países deberían reducir sus emisiones al máximo y aquellas que sean imprescindibles, equilibrarlas con actividades que retiren carbono de la atmósfera. El objetivo de la neutralidad en carbono puede ser alcanzado por la acción de las mismas empresas, implementando mecanismos para bajar sus emisiones, o bien mediante la compra de bonos de carbono a terceros.

Todo esto generará una oportunidad enorme. Para ponerlo en números, durante las próximas tres décadas, las inversiones totales requeridas solo en el sector de la energía serán de $ 3.5 billones por año, mientras que se estima que entre $ 50 y 135 mil millones por año deberán fluir hacia la captura de carbono y la tecnología de biocombustibles. En palabras de Mark Carney, ex director del Banco Central de Inglaterra y un defensor de la lucha contra el cambio climático, “estamos frente a la oportunidad comercial más grande de nuestra era”. Empresas, inversores y gobiernos, deben estar todos al tanto de los riesgos y oportunidades que implica esta transición, para poder tomar acciones para protegerse de los riesgos y aprovechar las oportunidades.

¿Es posible lograr la transición? La importancia de los factores ASG

Hay consenso entre los expertos sobre que es posible alcanzar estas metas de carbono cero, pero solo si se generan cambios drásticos en la forma en que se toman las decisiones, incorporando variables que van más allá de lo económico, como los factores ambientales, sociales y de gobernanza (ASG). La inclusión de estos factores en la toma de decisiones implica un cambio de paradigma en la forma en que se concibe al capitalismo, generando una transición hacia uno más sostenible, donde se pueden generar ganancias económicas, sin sacrificar los aspectos ambientales y sociales.

El ASG ha ganado terreno en los últimos años, y sobre todo durante la pandemia, que dejó al descubierto las debilidades del sistema actual. Hasta el 2020, el foco había estado en los factores “A” y “G” y factores como cambio climático, uso del agua, composición de los directorios y remuneración acaparaban la atención. Sin embargo, con la pandemia y los recientes movimientos en Estados Unidos surgidos a partir de la muerte de George Floyd, los factores sociales, tales como igualdad, inclusión, seguridad y bienestar de los empleados y en la cadena de valor comenzaron a tomar protagonismo.

Los inversores y las entidades financieras están integrando crecientemente los factores ASG y de impacto en sus evaluaciones de riesgo crediticio y estrategias de inversión a través de todos los instrumentos financieros. De forma similar, las empresas también lo están incorporando en sus decisiones operacionales y de estrategia en general, así como para el acceso a capital. Finalmente, los gobiernos también se han embarcado en el mundo de las finanzas sostenibles (este concepto se refiere a toda forma de servicio financiero que considera los factores ASG), emitiendo deuda soberana sostenible, ya sea en la forma de bonos verdes, bonos sociales o de sustentabilidad.

La jerarquización de los factores ASG en la toma de decisiones, y en particular en finanzas, ha llegado para quedarse; se espera que en las próximas décadas este auge continúe y se acentúe. Esto está siendo impulsado principalmente por dos factores. Por un lado, hay una creciente demanda de parte de los inversores y clientes en general por generar un impacto positivo (liderado por las generaciones más jóvenes). Por el otro, está la carrera hacia la descarbonización del mundo, que se convertirá en una variable clave para la actividad económica global y los mercados financieros. A su vez, todo esto será acentuado y promovido por la innovación tecnológica.

¿La incorporación de los factores ASG implica sacrificar ganancias? Un temor recurrente

No, al contrario. Existe vasta evidencia empírica de que la inclusión de estos factores en la toma de decisiones no es solo una cuestión moral, sino que hay compensación económica. Un estudio realizado por la Universidad de Harvard muestra cómo las inversiones realizadas en empresas “sostenibles” han mostrado un mayor retorno. Incluso esto se mantuvo en épocas de volatilidad, como durante la pandemia, donde un estudio realizado por Morningstar muestra cómo 51 de sus 57 índices sostenibles superaron los otros índices regulares en el primer cuatrimestre de 2020.
A su vez, también hay estudios que muestran que aquellas empresas que incorporan los factores ASG en sus decisiones logran acceder al capital a un menor costo, y tienen menos probabilidad de default. Estos resultados no resultan sorprendentes para los expertos en ASG, puesto que la incorporación de estos factores se basa en el concepto de materialidad, que consiste en identificar aquellos asuntos ASG que son “materiales financieramente” -es decir, que es probable que afecten la condición financiera o la performance operativa de la empresa- e intentar mejorarlos.

Uruguay

En términos generales, nuestro país, al igual que el resto de la región, se encuentra rezagado en la incorporación de los factores ASG y en la concientización de su importancia. Sin embargo, si consideramos solo los factores ambientales, el país tiene grandes logros en ese frente. Por ejemplo, tenemos una matriz energética renovable que nos ubica en los primeros puestos de los rankings mundiales en cuanto a transición, hay empresas uruguayas que ya han incursionado en la venta de bonos de carbono y se cuenta con una Estrategia Climática de Largo Plazo (ECLP) desde el 2020. 
Pero aún queda mucho por hacer. En particular, Uruguay carece de regulaciones “ASG”, una tendencia que está creciendo a nivel global y más recientemente en la región, y no debemos quedarnos atrás. Siguiendo lo que se ha hecho en otras partes del mundo, estas regulaciones pueden exigir o recomendar a empresas y entidades financieras la divulgación de la incorporación de los factores ASG (por ejemplo, sus emisiones de carbono y el porcentaje de mujeres en posiciones de liderazgo), así como el impacto ambiental y social de sus acciones. Por otro lado, también es importante contar con guías y reglas claras sobre qué actividades deben ser consideradas sostenibles y cuáles no. Para ello, muchos países y reguladores han creado guías para la emisión de deuda sostenible, y taxonomías para definir sostenibilidad. De esta forma, también se previene el “greenwashing”, término utilizado para referirse a actividades que intentan venderse como sostenibles pero que en los hechos no lo son.
Otros actores de la sociedad civil, como por ejemplo las asociaciones industriales, también pueden tomar la iniciativa de crear estas guías para ayudar a su sector. Contar con reglas de juego claras que generen transparencia es un primer paso para desarrollar el mercado ASG y así también lograr posicionar a Uruguay como un mercado atractivo para las inversiones sostenibles.

La transición hacia una economía de carbono neutral generará muchos desafíos a nivel nacional, y para poder mitigar los riesgos y aprovechar las oportunidades, se debe tener un enfoque holístico considerando también los factores “S” y “G”, tal y como indica la tendencia mundial. Uruguay, por sus condiciones naturales y avances en lo ambiental, se encuentra en una posición privilegiada para aprovechar las oportunidades de esta transición y poder convertirse en pioneros en la región en temas ASG, para así transicionar hacia una sociedad más justa, próspera y en armonía con el miedo ambiente.

_______________

*María Paz Queraltó es investigadora de CINVE, consultora en estrategia ASG, MSc en Desarrollo Económico de la London School of Economics y Licenciada en Economía de la Universidad de la República (correo:mpazqueralto@gmail.com)

Entrada escrita para el blog Suma de CINVE (www.suma.org.uy)

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