Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

La maldición del pelado

Hay quienes creen que los candidatos a la Presidencia calvos corren con desventaja

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07 de diciembre de 2019 a las 05:03

¿Será la calvicie la razón por la cual Daniel Martínez no llegó a la Presidencia? En la cultura política estadounidense hay quienes creen que las posibilidades de triunfo de un candidato presidencial calvo merman debido a su apariencia física. Según esto, las de Adlai Stevenson (1900-1965) habrían sido seriamente afectadas por su calvicie. La falta de pelo lo perjudicó, por más que haya nacido en el país que tiene al águila calva como símbolo nacional (pero tiene una ciudad llamada Tupelo, donde nació Elvis Presley, rey por antonomasia del jopo). Debe haber sido uno de los políticos mejor preparados de la historia de Estados Unidos. Le sobraba inteligencia, pero le faltaba pelo.

Además, le tocó competir contra Dwight Eisenhower, calvo ilustre. En las dos elecciones en las que fue el candidato presidencial demócrata, 1952 y 1956, Stevenson terminó derrotado, no solo porque el gran héroe de la segunda guerra mundial al frente de las tropas en Normandía tenía una popularidad de teflón, sino porque había algo en la imagen de Stevenson que no coincidía con la visualidad de los cambiantes tiempos asociados al surgimiento del rock and roll. Stevenson buscó la Presidencia por tercera vez en 1960, pero en su camino apareció John F. Kennedy, considerado uno de los presidentes mejor peinados de la historia. 

Hay quienes todavía insisten en que Stevenson nunca llegó a ser presidente porque era calvo. Tanto es así, que su nombre volvió a sonar en las elecciones de 2008 asociado al de John McCain, otra excepción a la regla imperante según la cual los candidatos a la Presidencia deben tener abundancia capilar. McCain tampoco ganó. Triunfó un candidato con pelo: Barack Obama. En América Latina tampoco ha habido muchos presidentes calvos. México, país de hombres con bigote, tuvo no hace tanto –25 años atrás– un presidente calvo, Carlos Salinas de Gortari, quien en un momento llegó a brillar, tanto como su cabeza cuando estaba bajo el sol. Luego cayó en desgracia. Quienes lo conocen dicen que no tiene un pelo de tonto. 

En mi juventud, la calvicie tenía muy mala fama. La virilidad estaba representada por las cabelleras engominadas de Carlos Gardel y Julio Sosa, o por la más andrógina y larga de los Beatles, que llegó a mediados de la década para revolucionar las apariencias y aumentar el desempleo entre los peluqueros. Durante décadas, la calvicie fue vista como estigma. Sé de lo que hablo. Una vez quise entrar en la política universitaria, pero la falta de pelo me jugó en contra. Fuimos cuatro los candidatos en las elecciones para cubrir el puesto vacante, y yo salí tercero, ganándole por apenas un voto al que salió muy último. Mi popularidad nunca levantó vuelo, mejor dicho, mi impopularidad siempre voló alto. Una compañera colombiana, a quien imaginé –mal, por lo visto– como votante mía, me dijo en forma tajante: “Usted tiene buenas ideas, pero yo no lo voy a votar”. Noté que al hablar no me miraba a los ojos, sino a lo que faltaba en la parte alta de mi cabeza. Me di cuenta de que tenía conmigo un problema estético, no político ni ético. Salvo que me hiciera un trasplante capilar de apuro, sería imposible que me diera su voto. El prejuicio la llevó a suponer que yo tenía ideas descabelladas. Noté lo mismo en otros compañeros decididos a no darme su apoyo. Uno, cuyo nombre afortunadamente olvidé, me anticipó con descaro, como ayudándome a preparar para la derrota: “Yo voy a votar a Gómez. No tengo nada contra ti, pero no te voy a votar”. Propuse muchas ideas que nunca nadie antes había propuesto, prometí infinidad de cosas buenas y excelentes que no estoy seguro pudiera llegar a cumplir, y, como si fuese poco, era cordial con todos (la demagogia no es tan difícil de aprender). Pero, igual, perdí estrepitosamente. La calvicie –sigo creyendo– me liquidó antes incluso de que se abrieran las gateras.

Varios meses antes de mi primera gran derrota electoral, que fue la última porque ya nunca más me postulé para nada, fui a ver a un dermatólogo para saber si podía detener cuanto antes mi incipiente calvicie. Era un médico con prestigio internacional, según me habían dicho, de ahí que era casi inaccesible. Llamé en marzo para hacer una cita y me dijeron que recién podría atenderme a fines de octubre. Me hice de paciencia y acepté la espera, pues todos decían que era buenísimo. De tan bueno que decían que era, llegué a suponer que me devolvería la lozanía capilar la misma tarde que lo viera (en algunas cosas todavía creo en los Reyes Magos). Pasaron los meses, hasta que el tan esperado día llegó. Apenas entré a su consultorio, constaté algo raro. El tan afamado galeno, experto en problemas capilares, era calvo. Se me cayó el alma al piso (el pelo se me había caído antes). Si el hombre que supuestamente iba a darme una cura para la calvicie era pelado, entonces no había nada para revertir la situación. Sentí que estaba frito, además de calvo. Enfundado en un impecable guardapolvo que parecía haber sido planchado recién, me dijo lo que dicen todos los médicos apenas abren la puerta del consultorio: “Pase, siéntese. ¿Cuál es su problema?” Creí que mi más que abundante calvicie era indicio suficiente de por qué estaba ahí, pero, evidentemente, el famoso médico con aspecto de Eduardo Galeano quería la confirmación de mi parte. Antes de responder, observé algo que cambió enseguida el rumbo de nuestra conversación. 

Vi que sobre su escritorio tenía la foto de una hermosa mujer rubia. Dadas las circunstancias, a su pregunta la respondí con otra: “¿Es esta su esposa?”. “Sí”, respondió con sequedad, como molesto. El doctor, un genio, no sé si tratando calvicies pero sí leyendo la mente ajena, me advirtió en tono más episcopal que científico, dándose cuenta de dónde provenía mi pregunta: “No se preocupe de la calvicie. Las mujeres bellas e inteligentes no prestan atención a si el hombre tiene o no pelo. Míreme a mí”. Lo miré desde mi silencio, y me di cuenta de que si quería encontrar algo para detener lo irremediable debería buscarlo en otra parte. Lo cierto es que tan convincentes fueron sus palabras que no volví a visitar a ningún otro dermatólogo ni compré uno de esos raros tónicos capilares que venden por televisión y prometen devolverle al usuario una cabellera tan tupida como la de Sansón antes de conocer a Dalila. Las palabras de aquel calvo doctor en medicina sirvieron no obstante de algo que fue mucho: se convirtieron en amuleto de la buena suerte. Al poco tiempo conocí a una rubia similar a la suya, aunque la mía parecía más joven, como si hubiera llegado a la belleza no hace mucho.

En Batman regresa, el Pingüino, gran manipulador, se da cuenta de que la gente no lo va a votar porque carece de manos. En el cuento largo de Gabriel García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, el senador Onésimo Sánchez dice que sus posibilidades de ganar son nulas, porque es demasiado inteligente y esta es una característica que la mayoría no aprecia. A la hora de votar, hay quienes le buscan cinco patas al gato. Sin embargo, la derrota electoral de Martínez (a Edgardo Novick le fue peor) no se debió a su calvicie ni a la envidiable copiosidad capilar de su oponente. Los tiempos han cambiado mucho respecto a la forma de percibir a los calvos. En esto, el legendario basquetbolista Kareem Abdul-Jabbar fue pionero en convertir la falta de pelo en signo de personalidad y distinción.  

Otra leyenda del baloncesto, Michael Jordan, aportó lo suyo al escenario contemporáneo en que la calvicie y el pelo al rape se transformaron en todo lo que no eran antes. Porque en tiempos pasados, los de Clark Gable, Cary Grant y Errol Flynn, difícilmente un actor podía conseguir un papel protagónico y alcanzar la categoría de galán si su imagen carecía de pelo. Hoy en día, en cambio, son cantidad los calvos que consiguen roles protagónicos. Bruce Willis, Patrick Stewart, Sean Connery, Ben Kingsley, JK Simmons (ganador del Oscar como Mejor actor de reparto por Whiplash: Música y obsesión), Samuel L Jackson, Vin Diesel, y Dwayne Johnson, alias The Rock, el actor mejor pagado de Hollywood, son algunos de los actores que exhiben una saludable evidencia de virilidad sin artificios. Por otra parte, con los avances en cuanto a trasplantes capilares, hoy es calvo solo quien quiere serlo. Estrellas del mundo del espectáculo (John Travolta), de los deportes y la política (el candidato presidencial Joe Biden), tienen pelo porque la ciencia de los trasplantes se encargó de recuperarlo. 

En una de esas encuestas con inutilidad mayor, me preguntaron tiempo atrás si “votaría a un candidato calvo a la Presidencia”. Puesto que me tomó por sorpresa, quise saber a qué se debía esa pregunta y me respondieron que son pocos los candidatos calvos que han logrado triunfar. No soy experto en psicología de masas, pero alguna respuesta ha de haber ante la casi no existencia en tiempos modernos de presidentes calvos (aunque tampoco conozco a ninguno tatuado, manco o con sobrepeso). La encuesta a la cual hago referencia fue hace casi 30 años, por lo que quizá hoy en día los candidatos calvos son percibidos de manera diferente, ya que se han conquistado espacios de tolerancia y hay mayor aceptación de las peculiaridades del “otro”, quien puede terminar en una pantalla de cine, o encima de un estrado tratando de convencer a una multitud enardecida.  
 

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