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La mentira del gasto rígido o la certeza del saqueo impositivo

Entre lo que el Frente no dice en la campaña y la ideología latente de la redistribución, las elecciones parecen una peligrosa ficción

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28 de mayo de 2019 a las 05:01

El ministro de economía, junto a otros jerarcas y candidatos del Frente, arguyen con tono doctoral que a todas luces se ve que no hay espacio para bajar el gasto. Un clásico relato populista. Primero se aumenta el gasto para repartir felicidad, se multiplican los empleos públicos eternos y las dádivas, de paso se hacen contrataciones y proyectos ruinosos e inútiles, se acostumbra a la sociedad a vivir protegida, sin esfuerzo, arropada por el estado merced a los impuestos crecientes que pagan los que producen, se destruye el empleo privado y la inversión y se aumenta la deuda. Y cuando la realidad obliga a retroceder en el dispendio porque los ingresos no alcanzan, se afirma alegremente que el gasto es inelástico. 

Simplemente eso es falso. Y además de persistir en graves errores, prepara el terreno para nuevos impuestos, por elemental correlación. Obviamente, los candidatos del FA prefieren ocultar que semejante aseveración conlleva una contrapartida tributaria inexorable. 
Los orientales de cualquier convicción política, de cualquier orientación ideológica y de cualquier nivel económico, tienden a ser complacientes con los políticos. Se ponen en su lugar, como si fueran politólogos o comentaristas especializados. “Si dijeran la verdad perderían votos” -dicen con conocimiento y experiencia. No comprenden que están aceptando que los estafen, como la mujer golpeada tiende a aceptar, explicar, ocultar y hasta justificar el castigo de su cónyuge.  ¿Para qué entonces las campañas electorales? ¿Para qué el esfuerzo, las leyes, el costo, los debates, el desgaste? ¿Si total lo máximo que se obtendrá es un silencio confuso, una elusión, una gambeta para no decir nada?

La columna viene advirtiendo hace cuatro años sobre la espiral de implosión que se ha creado y se sigue atizando, que condena al manotazo impositivo sobre cualquier ingreso o patrimonio que se manifieste, con cualquier excusa y sin final, con el argumento de las tormentas externas, las restricciones al comercio mundial, las crisis de cualquier clase o la alteración en el régimen de las mareas. 
Del mismo modo, este espacio se ha dedicado en los últimos dos años a advertir sobre la nueva amenaza, que, bajo el paraguas de la lucha contra la inequidad, (que nada tiene que ver con la pobreza) ha inventado el neomarxismo global, que es el apoderamiento de los patrimonios y ahorros de los ciudadanos para redistribuirlos vía el estado. El sueño del socialismo estatista: apoderarse de los bienes ajenos para luego ocuparse de repartirlos equitativa y perfectamente, como cree saber hacer todo burócrata que se precie. 

Es un paso superador a la mera exacción tributaria para pagar el gasto. Se trata ahora del procedimiento inverso. Primero se recauda en nombre de la equidad y luego se reparte con exactitud y eficiencia, supuestamente, de modo que el nefasto coeficiente de Gini sea lo más cercano a cero posible, otra falacia.   

En su columna del fin de semana Nelson Fernández explica acertadamente que esta línea es sostenida solo por algunos sectores ubicados más a la izquierda del Frente. Sin embargo, dentro del esquema poco democrático conque se maneja la coalición en las implementaciones programáticas y conociendo las declaraciones y planteos del comunismo, el socialismo y el trotskismo sindical, sería insensato no esperar un ataque avasallador blandiendo esas ideas, que además tienen el condimento de azuzar el odio a las empresas, al capital y al éxito personal que es la fuerza motora del electorado de izquierda.

Ese pensamiento no está lejos de lo que están sosteniendo algunos economistas y entidades supuestamente prestigiosas, si el enfoque cepaliano que tanto daño les hizo a estos países puede ser considerado prestigiante, luego de haber provocado el atraso crónico de la región desde 1948. 

Y aquí aparece de nuevo la vocación comprensiva de la sociedad uruguaya. “Uruguay es socialista”, dicen con gran inocencia muchos hombres sabios. “Siempre ha sido así”. “Se arregla con un poquito de impuestos, un poquito de inflación, un poquito de deuda, un poquito de déficit y una devaluación que licúe los demás efectos”. Sólo que todo indica que esta vez no será así. 

Un Frente Amplio con mayoría propia desde 2020 implicaría el riesgo cierto de iniciar un camino del que no se retorna. Porque la confiscación de capital y patrimonios nunca es puntual ni suficiente. Porque el Estado con financiación infinita tiende a tener gastos y demagogia infinitos. Porque el complemento necesario de estas ideas de las que no se quiere hablar en la campaña es la reforma constitucional, otra polución nocturna latente y en carpeta que inexorablemente se pondrá sobre el tapete el primer día de gobierno. De lo que tampoco se habla, y también con consecuencias imprevisibles. 

Esta vez puede ser distinto. Se ha alterado la relación población-producción agropecuaria que creó durante muchos años una base de sustentación mínima. La guerra comercial chino-americana afectará sin duda las exportaciones, de las que mamaron los experimentos socialistas, la deuda no podrá ser aumentada impunemente. Han desaparecido sectores enteros de actividad. No existe ya el pulmón de salida laboral y comercio que ofrecía Argentina. La educación torpedeada deliberadamente no será por largo tiempo una ayuda para mejorar la creación de empleo auténtico. La competitividad es una mala palabra. Todo indica que se requiere una administración prolija y una adecuación del gasto del Estado a la realidad. Pero de eso no se habla porque se pierden votos. Y porque el gasto es inelástico para el Frente. 

En tales condiciones, las elecciones lucen como un juego de hipocresía. 

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