31 de octubre de 2021 5:05 hs

Que con supina necedad sigue insistiendo en poner a Matías Viña, quien al menos con la camiseta celeste ha sido cien por ciento prescindible (ni un solo partido lo salva). Que nunca cita a Leandro Cabrera, capaz de jugar en esa posición y quien está teniendo gran temporada en el Espanyol de Barcelona. Que a los cinco minutos de comenzados los partidos a la mente del hincha le viene la canción del finado Quique Villanueva cuyo estribillo dice: “A qué estamos jugando (dímelo) / Yo no lo sé (yo, no lo sé)”. Que falta gol; que los mediocampistas no pueden dar un pase bien al compañero ubicado a cinco metros de distancia (sería un milagro ver un pase filtrado); que ni siquiera lo mejor que tenían las selecciones uruguayas, la defensa, funciona con eficacia; que el entrenador se olvidó de dar explicaciones sobre los resultados adversos reiterados (no somos tan bobos ni tampoco el nivel de complejidad es tan alto: no hablamos de física cuántica sino de fútbol); que ninguno de los jugadores termina un partido completo con buenas calificaciones, que en 90 minutos el golero puede fácilmente tener seis atajadas espectaculares y tres errores calificables con el mismo adjetivo; que es tan grande el escepticismo de la gente que ni siquiera la modificación de un jugador por otro genera entusiasmo y mucho menos esperanza; que faltan en el mediocampo futbolistas capaces de emular al muro de Berlín y parar a todo el que quisiera pasar, casos Egidio Arévalo Ríos y el Ruso Pérez en el pasado reciente, jugadores que convertían al medio campo en Vietnam durante la guerra; que pudiera haber alguien en la oncena, uno al menos, capaz de tirar bien un centro o un córner (hasta eso falla); que la tozudez del jefe a cargo es ya blindada sordera, propia de quien está cayendo desde los aires y no sabe que el paracaídas no se ha abierto; que el tiempo se acaba y las mejorías siguen brillando por su ausencia, que…, etc. Y la lista de negatividades asociables a la dirección técnica de OW Tabárez podría prolongarse hasta parecer interminable. Sin embargo, entre todas las cosas ausentes, hay una que falta más que todas las restantes juntas: la suerte. Por lo tanto, sería un horror decir con despreocupación, como si diera lo mismo, que hay dejar a la selección a su suerte y verdad; no sabemos cuál es su verdad, pero nos consta que la falta de suerte es casi absoluta. 

Los Rolling Stones están de gira. Me gustaría asistir a uno de los conciertos, pero un boleto para verlos en primera fila cuesta US$ 8.000 y a mí nunca me atrajo eso de ver a un grupo o solista en la parte más remota del estadio. Me gustaría verlos, pues tengo el presentimiento de que esta puede ser la última gira, por más que Mick Jagger ha demostrado estar impecable. En 1985 lo estaba incluso más. Ese año, en el estribillo de la canción Lucky in Love decía: “Tengo suerte en el amor”. Quien ha sido feliz toda la vida con la misma persona puede considerarse afortunado en el amor, también Jagger, quien a lo largo de su vida ha vivido, casado y no, con infinidad de mujeres. En el amor, al menos, hay suertes diferentes. Sobre esta, la suerte, el cine hizo una película notable, O Lucky Man! (Un hombre de suerte), de 1973, obra maestra del británico Lindsay Anderson (1923-1994). En las más de tres horas que dura la historia, Mick Travis, el personaje principal interpretado con magistral delirio por Malcom McDowell, hace un viaje a través de la vida guiado por la suerte. Como no podría ser de otra manera, el viaje (no voy a contarles el final) es hacia el fondo de lo más inaudito, porque ahí es donde suele residir la suerte. Intactos (2002), película española dirigida por Juan Carlos Fresnadillo, plantea una idea original. Trata sobre gente que le roba la suerte a otra a la cual considera afortunada. Hay gente con mucha suerte, no solo en las historietas de Glad Consuerte. Hay otra, como Oscar Washington Tabárez, que parece haberla tenido y sin embargo la perdió. Contra Ghana la tuvo, y con él, nosotros. En el fútbol, más que en el amor, es necesario tenerla. Años atrás, el presidente del Real Madrid, cuando el equipo perdía y jugaba mal, anunció que mantendría en su puesto al entrenador Fabio Capello por una razón irracional: “Es un hombre de suerte”. Hay personas con suerte, conozco a varias, y hay quienes, por el contrario, son la personificación de la mufa.

Tuvimos un presidente, Jorge Batlle, con poca suerte. Le tocó de todo, desde vacas con aftosa hasta la caída de los mercados bursátiles vecinos, además de todo lo demás que ya sabemos. Batlle, como en la película, debería haber intentado robarle la suerte a alguien que la tuviera. Hay gente con estrella y otros que nacen estrellados. O bien que con el tiempo y los desgastes de la vida pierden el aura. Las actuales eliminatorias han demostrado que el entrenador tiene ahora a un invisible y poderoso contrincante que lo delata como yetatore, míster mufa, como sujeto al que la fortuna le ha dado la espalda. Ese ámbito de irracionalidad lógica ha tomado control de la realidad. Los futbolistas demuestran haber perdido la confianza antes de comenzar los partidos, sabiendo de antemano –aunque no lo digan– que las cosas van a salir mal porque el destino está torcido y este no va a hacer nada para que el penal del contrario pegue en el palo o que el viento empiece a soplar a favor, justo al comienzo del segundo tiempo.

Como hombre racional que creo ser, respeto mucho a quienes creen en la suerte y buscan siempre la forma de tenerla de aliada, pues a la suerte hay que ayudarla, ya sea echando mano a una pata de conejo o a una herradura, objeto al que las brujas le tenían miedo (por eso se desplazaban en escoba y no a caballo). Una de mis novelas favoritas, The Luck of Barry Lyndon (La suerte de Barry Lyndon), de 1844, escrita por William Makepeace Thackeray, presenta a un personaje en viaje de una clase social a otra. Durante el periplo, el cual parece interminable, le pasan infinidad de cosas, pero al final el lector se queda con la impresión (esa es al menos la que tuve yo) de que nada ha cambiado por completo y que todo sigue igual, esto es, que la vida es un gran ejercicio de futilidad. En el cine, Stanley Kubrick mediante, hizo una notable adaptación de la novela, habiendo logrado captar ese profundo sentimiento de pesimismo maquillado de escepticismo ante la condición humana, en un epígrafe a manera de posdata que dice: “Fue durante el reinado de Jorge III que los personajes mencionados vivieron y altercaron. Buenos o malos, hermosos o feos, ricos o pobres, todos son ahora iguales”.  La actual selección uruguaya no puede jugar bien más de diez minutos seguidos. Sin embargo, salvando las honrosas excepciones de Argentina y Brasil, es tan pobre el panorama actual que no resulta descabellado pensar en clasificar y ser “ahora iguales” a quienes están arriba.  Claro está, si la suerte no mejora, las adversidades continuarán acumulándose. En esto de las eliminatorias nunca se sabe hasta cuándo puede durar la suerte y a veces, porque pasó, dura como para clasificar incluso sin jugar bien. El 21 de noviembre de 2007 Uruguay disputó contra Brasil uno de los mejores partidos por una eliminatoria mundialista, pero el juego, por momentos excelente, no le dio para sostener el resultado (llegó a ir ganando 1-0), ni siquiera conseguir un empate. Algunas distracciones en momentos claves y la mala actuación de Fabián Carini le costaron un partido que podría haber ganado con justicia. El fútbol tiene varias magias secretas, y una de ellas son los inexplicables resultados. El que juega mejor no siempre gana, y el que juega peor a veces puede conseguir un resultado sorprendente.

En fútbol, jugar mal y no ganar no siempre son sinónimos. A lo largo de la historia ha habido equipos que jugaron mal y sin embargo consiguieron ganar campeonatos por razones casi siempre asociadas a la continua intervención del azar, el cual parece andar dando vueltas en la realidad de los hombres con ganas de favorecer a unos y castigar a otros. En su libro Luck: What it Means and Why it Matters (La suerte: qué significa y por qué importa), Ed Smith, ex jugador profesional de críquet convertido en estudioso de los deportes desde una perspectiva más analítica de la exclusivamente deportiva, argumenta que en todos las disciplinas deportivas se necesita la ayuda de la suerte para triunfar, pero es el fútbol en donde la suerte tiene mayor incidencia. Este detalle no tan menor es una de las razones principales por la cual es el deporte de mayor popularidad. Smith acierta; hay ocasiones en que la suerte es más parcial que en otras y premia excesivamente a uno de los equipos, el cual termina ganando por razones que la razón no entiende. Smith recurre al factor menos demostrable de todos para intentar explicar los desequilibrios en el marcador en aquellos partidos parejos, que podrían terminar empatados pero que concluyen, no obstante, con un ganador, porque en el momento menos pensado y contra toda explicación lógica o causal, la arbitraria trayectoria del balón cambia el destino del match, premiando al bando que menos lo merecía. En este aspecto,  la falta de objetividad de la suerte es absoluta y la podemos responsabilizar de la vulnerabilidad anímica de algunos jugadores en el campo de juego. O la del entrenador, sentado a un costado de la cancha, vestido con equipo deportivo. En la épica justa contra Ghana, Tabárez tenía puesto un elegante traje. Tal vez, para empezar, no sería mala idea que volviera a usar esa indumentaria. 

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