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Los Mockers, la historia de una banda fugaz que nunca fue olvidada

Una de las bandas más importantes del Río de la Plata en la década de 1960, y rescatada por las generaciones más jóvenes, ahora tienen un libro que cuenta su increíble historia

Los Mockers en 1965

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15 de marzo de 2021 a las 05:00

Una vez, Uruguay invadió Argentina. Y lo hizo solo con un grupo de veinte muchachos, que armados con sus guitarras, bajos, baterías y teclados, se convirtieron en fenómenos populares, y demostraron a sus vecinos que el más pequeño de los dos países era el que estaba más adelantado a nivel de música pop.

Aunque hoy parezca raro leer esa frase, en la década de 1960 Montevideo estaba más abierta a los sonidos extranjeros que la otra capital del Río de la Plata. Mientras allá Palito Ortega y el resto de las figuras de El Club del Clan ofrecían una música lavada, familiar e inocente, acá surgían bandas como hongos después de la lluvia que sonaban más cerca de los rockeros del mundo anglosajón. Esas bandas, que cantaban en inglés (así fuera por fonética) fueron las que educaron los oídos de figuras que años después, y ya en su idioma, inauguraron el rock argentino, y que también fueron referencia para músicos uruguayos.

En esa avanzada invasora, que tuvo como punta de lanza a Los Shakers, y que también integraban Kano y los Bulldogs y Los Iracundos, estaban Los Mockers. Con el paso de los años se convirtieron en una banda de culto, tanto en Uruguay como en otras partes del mundo, que ha conquistado oyentes de distintas generaciones, y que incluso hasta ahora sigue generando novedades y sorpresas para sus seguidores.

La de los Mockers es una historia de casualidades y de constantes retornos. Su germen está en el Liceo Zorrilla, al que asistían tres de los cinco integrantes del quinteto, Julio Montero (bajista), Esteban Hirschfeld (tecladista) y Jorge Fernández (guitarrista). Luego de algunos años como una banda liceal, una noche de show su baterista y su cantante los abandonan sin previo aviso. Convocan a otro percusionista de urgencia, Alberto Freigedo, que se escapa de su casa para tocar, con apenas un platillo y un tambor, porque no sabe tocar el instrumento completo.

Con un cantante improvisado, un contrabajo roto, una guitarra casera y un piano desafinado, la banda da su primer show remunerado, y sale con la confianza para seguir adelante, más allá de que la mitad de los músicos no sabe demasiado de sus respectivos instrumentos. Luego de incorporar al cantante Polo Pereira, el grupo se renombra como Los Encadenados y comienza un camino cada vez más profesional, pero a la vez, con una escasez de recursos que los obliga a ser creativos.

Instrumentos y amplificadores caseros, casas prestadas para ensayar hasta que los echan por el ruido, y shows que apenas dan para pagar los gastos del traslado al boliche. Así se fue forjando el carácter y consolidando el sonido del grupo, según cuentan Montero (fallecido hace algunas semanas) y Hirschfeld en La historia de Los Mockers, la biografía del grupo que acaba de publicar Ediciones B.

Contado en primera persona por los dos músicos, el relato del camino del quinteto de los garages montevideanos a los primeros planos musicales del Río de la Plata es tan entrañable como fascinante, porque una muestra una versión con muy poco glamour y mucho espíritu del sueño rockero.  

Las reediciones de los discos de Los Mockers publicadas en la década de 1980

En 1965, Los Encadenados viven un episodio clave en su recorrido sonoro, con el acceso al primer disco de los Rolling Stones, a quienes empiezan a versionar, y a acercarse en lo sónico. Al punto que si se escucha sin saber, uno puede pensar que Mick Jagger andaba por Montevideo cincuenta años antes de su primera visita, dada la similitud vocal de Pereira con el cantante de la banda londinense.

Suele decirse que, así como Los Shakers eran los Beatles criollos, los Mockers eran los Stones, por actitud y sonido. Y aunque se planteaba una presunta rivalidad entre ambas bandas, como sucedía con sus pares ingleses, en realidad los músicos eran amigos, se cruzaban continuamente en Buenos Aires, y hasta los Mockers tocaron en los últimos años Break it all, la canción más conocida de la banda de los hermanos Fattoruso.

Y la conexión es incluso mayor. Como cuenta Montero en el libro, el “descubrimiento” de los Mockers fue gracias a los Shakers. Necesitados de un teclado para un show en el Palacio Peñarol, el manager de la banda llamó a los Mockers (por ese entonces todavía los Encadenados) para pedir prestado el suyo. A cambio, pidieron tocar como teloneros. Les dijeron que si, pero que solo podían tocar una canción. Terminaron tocando unas cuantas, y con un contrato con la discográfica EMI, que los llevó a Buenos Aires para grabar su primer disco.

“Supongo que hasta ese momento no se había visto nada parecido sobre un escenario, al menos en Uruguay”, recuerda el bajista sobre la energía, la actitud y los movimientos del quinteto. “El público, que había estado guardando cierto silencio, comenzó a gritar y aplaudir. Nosotros no sabíamos a ciencia cierta qué estaba sucediendo en la platea ya que los potentes focos nos deslumbraban y no nos dejaban ver más allá del escenario. Pero algo fuera de lo común parecía estar pasando”.

En Argentina cambiaron de nombre –además de significar “los burlones”, Mockers viene de una escena de la película A hard day’s night, en la que a Ringo Starr le preguntan si es un “mod” o un “rocker” en referencia a dos tribus urbanas británicas de los 60, y el Beatle responde que es un “mocker”- pasaron hambre y frío, y hasta sufrieron algunos ataques por parte de un público menos acostumbrados a pelos largos y a una cierta rebeldía. Pero allá también grabaron su único disco, y generaron un estatus por haberse establecido en Buenos Aires que los convirtió en figuras en Uruguay.

Luego de varios cambios de formación, y de cuatro años de éxitos, tragedias y anécdotas, la banda se separó, sus integrantes se desperdigaron por el mundo para vivir y trabajar, tanto en la música como en otras actividades, y con la llegada de la dictadura a Uruguay, cayó un brusco telón en el camino y en la herencia de la banda.

El casete salvador

En la década de los 90, los Mockers eran un secreto bien guardado de la música uruguaya. Mientras que era conocido todo lo que había pasado en el rock uruguayo después de la dictadura, lo que había antes de 1973 era casi desconocido, y varios de sus referentes estaban desperdigados por el mundo, exiliados por razones políticas, económicas o artísticas.

“Había gente que tenía el dato de que habían pasado cosas y estaban escondidas, mismo también por la propia idiosincrasia nuestra. También había pasado con otros músicos, Dino estaba en Europa y nadie sabía nada de él, con Jorge Galemire pasaba lo mismo, era todo producto de la sangría provocada por la dictadura”, recuerda Christian Font, uno de los fanáticos más conocidos de los Mockers.

Los Mockers en 2008, en su regreso a los escenarios

A mediados de la década, ante ese panorama de expectativa, el sello discográfico Perro Andaluz editó en casete, el formato predilecto de la época, el disco de los Mockers. Y el casete fue una especie de revelación para los escuchas de esa generación, que pudieron acceder así a un álbum prácticamente inconseguible. Casi al mismo tiempo, la banda Chicos Eléctricos los versionó en el casete Criaturas del pantano, un disco que incluye los primeros registros en estudio de las bandas clave de esa época, una selección que incluye a Buenos Muchachos y Trotsky Vengarán.

“En 1996 yo trabajaba en la radio del Sodre y en la discoteca de la radio tenían el vinilo. Me acuerdo de pedirlo para ver si lo podía copiar, y el responsable, un burócrata, me dijo que no”, recordó Font, que por unos años luego de la escucha del casete de Perro Andaluz no tuvo un mayor vínculo con la banda.

Ese mismo casete llegó a manos de dos estudiantes de cine: Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. “Juan Pablo era el más fanático de los dos, porque a él le gustaban mucho los Stones. Era uno de esos casetes que se iban pasando y copiando”, rememoró Stoll.

Cuando se pusieron a trabajar en su primer largometraje, 25 Watts, sabían que en una escena la cámara estaría encima del plato de un tocadiscos, y giraría sobre él, como pieza central de un montaje. Se les ocurrió que la canción que sonara podía ser Make up your mind, de los Mockers, algo que además cuadraba porque era parte de un disco que se había editado en vinilo.

La periodista Analía Fontán, amiga de la dupla directora, estaba por ese entonces viviendo en España, y trabajando para un sello llamado Munster Records. Ellos acabarían reeditando la obra de los Mockers en ese país, mientras que ella estableció un contacto entre los directores y Esteban Hirschfeld, que vivía (y vive) en Valencia. El tecladista aprobó la utilización de la canción en la película, y hasta consiguió, a través de un amigo, el LP original para que Rebella y Stoll lo usaran en la escena en cuestión.

En 25 Watts, de hecho, suenan también otras dos canciones de la banda uruguaya, que años después devolvería gentilezas, y haría un homenaje a Rebella luego de su muerte, con una canción nueva titulada igual que el filme. Pero eso viene después.

Cuando Stoll y Rebella viajaron a Róterdam para presentar la película por primera vez en un festival, entablaron contacto con un periodista español, que les permitió conocer personalmente a Hirschfeld, y comenzar una amistad con los miembros de los Mockers. “Hay quienes dicen que 25 Watts fue lo que revivió a los Mockers, pero eso es un mito”, dice el director. “Ellos ya eran una banda de culto, tanto acá como en el mundo. En Argentina, en España, en Japón. Porque tienen solo un disco, por la música que hacían y porque eran uruguayos, entonces tienen algo de figurita difícil para los conocedores. Lo que si puede ser es que 25 Watts fue un puente, una forma para una generación más joven de descubrirlos”.

La función de prensa de 25 Watts fue extraña. Había solo cuatro asistentes, y antes de empezar, Stoll y el productor Fernando Epstein se sentaron ante los críticos y consultaron “¿alguna pregunta?” antes de que hubieran visto la película. “La película fue un shock, y cuando apareció el plano del tocadiscos me voló la cabeza. Y en base a eso retomé mi relación con los Mockers, y después me puse a estudiar esos primeros años del rock en Uruguay”, comentó Font, uno de los pocos presentes en esa función.

Las vueltas de los Mockers

Además del casete, el libro De las cuevas al Solís, de Fernando Peláez, levantó el velo que existía sobre el rock predictadura, algo que también benefició al legado de los Mockers.

Reunidos en escena, 40 años después

En 2005, Hirschfeld, que había tocado con la banda española Gabinete Caligari, uno de los pilares de la “Movida Madrileña”, volvió a Montevideo después de 15 años, acompañado por el líder de esa banda, Jaime Urrutia. En esa visita descubrió no solo el impacto de la música de los Mockers entre las generaciones más jóvenes, sino que también se encontró con Jorge Fernández, ambos tocaron juntos con Astroboy, y se plantó la semilla de una reunión del grupo, que se concretó en 2006, a cuarenta años de la grabación del primer disco, y generó un nuevo álbum, Do it again, lanzado en 2012.

En 2008 volvieron a tocar en Montevideo, y Font, por supuesto, estaba en el público. “Es una banda que te vive reeditando la sorpresa. Tocan de nuevo, sacan temas nuevos, otro disco, hace un par de años sacaron un EP (Some silly songs), ahora el libro. Todo el tiempo hay algo, y lo hacen sin vivir del pasado, sino generando cosas nuevas a partir de su mito. Y tienen algo muy uruguayo, de que se hicieron en condiciones adversas y con materiales muy rústicos”, dijo.

Para él, los Mockers tienen “actitud, magia y el espíritu rockero”. El periodista y humorista – que cantó con ellos en televisión, algo que asegura se llevará "a la tumba”, el gran legado de los Mockers son “grandes canciones, y sentar las bases de algo con identidad propia". "Porque a pesar de la influencia Stone, eran una banda muy uruguaya, de barrio. Tenían un nivel superlativo de ejecución y composición, iban con su tiempo y a la vez, estaban adelantados. En Argentina la manía por los Rolling Stones empieza en los 80, con los Ratones Paranoicos, y ellos, veinte años antes, ya les estaban prestando atención. En los 60 les enseñamos mucho a los argentinos”.

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