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Los soviéticos en la trampa de Afganistán

Una tumba en las montañas para ejércitos extranjeros (I)

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04 de diciembre de 2019 a las 05:00

El 26 de diciembre de 1979, hacen ahora 40 años, tropas soviéticas transportadas por avión tomaron puntos cruciales de Afganistán, un país grande y montañoso, poblado entonces por más de 20 millones de personas.

Fue el inicio de una aventura que duró diez años, costó un millón de vidas y devastó un país ya de por sí árido y primitivo. Y mostró, una vez más, cómo ejércitos poderosos pueden empantanarse ante un enemigo muy primario, pero valiente y tenaz, que cuente con la ayuda del terreno y tácticas adecuadas.

Pocos años antes, en 1973, los estadounidenses habían retirado sus tropas de Vietnam, tras permanecer como policías casi una década, combatiendo las guerrillas del Viet Cong. Los franceses, por su parte, fueron derrotados militarmente por los comunistas vietnamitas en Diem Bien Phu en 1954, y luego se empantanaron en una batalla sangrienta con la insurrección argelina entre 1954 y 1962.

Los soviéticos también eran tributarios del antiguo imperio ruso, que por mucho tiempo ambicionó controlar un país que era la puerta hacia el Golfo Pérsico y el mar Arábigo, incluyendo la India. 

Además, la región era un hervidero religioso desde el triunfo de la revolución islámica en Irán, liderada por el ayatola Jomeini, que contaba con peligrosas simpatías en una parte de la población de las “repúblicas socialistas soviéticas” del Cáucaso y Asia central. (Mientras los afganos son mayoritariamente sunnitas, en Irán predominan los chiitas). 
 

Los temibles muyahidines

Los enemigos del gobierno comunista de Karmal y de los soviéticos fueron los muyahidines, o luchadores por la fe islamita. Estos hombres, pertenecientes a diversas tribus, realizaron una larguísima resistencia, en campos, montañas y ciudades, con guerrillas que golpeaban y se replegaban en la abrupta geografía afgana. 

Ya los británicos, con tropas de la India, habían padecido en el siglo XIX enormes dificultades y muchas pérdidas para reducir a los afganos. 

En el marco de la “Guerra Fría”, los rebeldes pronto recibieron asistencia material y asesoramiento del gobierno de Estados Unidos, que suministró armamento moderno y municiones. Arabia Saudita contribuyó a financiar la ayuda, que se realizó a través de Pakistán, otro socio de la resistencia. E incluso China dio armas y vituallas a los rebeldes islamitas.

Los afganos padecieron alrededor de un millón de muertos, entre combatientes y civiles, y la destrucción de buena parte de sus viviendas, incluidas ciudades y pueblos, y de sus cultivos y ganados. Casi un tercio de la población fue desplazada por las autoridades de Kabul, por los soviéticos o por las guerrillas. Los vecinos del país, sobre todo Pakistán e Irán, alojaron, contra su voluntad, a casi cinco millones de refugiados.

Los soviéticos utilizaron la fuerza militar, pero también la ayuda material para disciplinar a uno de los países más pobres del planeta, y fomentaron las divisiones tribales para usarlas en su favor. Nunca comprometieron más de 100.000 soldados a la vez en Afganistán, aunque fueron muy poco cuidadosos con los “daños colaterales” contra civiles.

Afganistán fue el Vietnam de la URSS

La resistencia afgana de dividió entre muchos partidos, aunque casi todos se aferraron a la Yihad (“guerra santa”): la lucha a muerto contra el infiel, en nombre del Islam. Eran combatientes sufridos y valerosos, que se movían en su propio medio: un territorio básicamente montañoso, casi cuatro veces más grande que el de Uruguay. Necesitaban casi nada para subsistir; pero, a la vez, podían disponer de sofisticados misiles Stinger y otros por el estilo, entregados por los estadounidenses y sus socios europeos, que acabaron con la supremacía de los blindados soviéticos y de sus helicópteros y aviones de ataque.

En 1985, con el arribo de Mijail Gorbachov al poder, los líderes soviéticos comenzaron a cuestionar su intervención, y la enorme sangría humana y material que les significaba. Después de un acuerdo en Ginebra, que incluyó a los gobiernos de Moscú y Washington, las tropas soviéticas se retiraron entre 1988 y 1989, tras sufrir 15.000 muertos y unos 50.000 heridos, y de un enorme consumo de recursos materiales. Tres años después, la URSS se desintegró. 

La intervención en Afganistán significó, a la vez, la máxima expansión soviética y el principio del fin de su imperio.

“No fue un error sacar las tropas”, sostuvo el general soviético Boris Gromov: “El error fue insertarlas”.

Afganistán fue el Vietnam de la Unión Soviética; y también el último desfile de un imperio que marchaba hacia la ruina.

El gobierno de los talibanes

Al quedar solo, el gobierno de Kabul implosionó, en tanto las distintas facciones de muyahidines comenzaron a guerrear entre sí por parcelas de poder. Afganistán cayó en el pozo más profundo de desmembramiento feudal, miseria y muerte. Como suele acontecer en estos casos, la solución llegó del campo extremista.

Los talibanes, un movimiento integrista, con una interpretación dogmática del Corán, nacido en los campos de refugiados, comenzó a ganar terreno con las armas y sus propuestas de “moralizar” el país.

En setiembre de 1996 llegaron a la capital del país, Kabul, y colgaron a los gobernantes en la plaza pública. Introdujeron la ley islámica, o sharia, que, entre otras cosas, obligó a las mujeres a permanecer en casa, sin trabajar afuera o estudiar, cubiertas de pies a cabeza.

Los talibanes preconizaron una economía autárquica y de subsistencia, lo más lejos posible de la contaminación cultural de Occidente, incluso tecnológica. 

El régimen Talibán solo fue reconocido por un puñado de países, entre ellos Arabia Saudita. Entre sus huéspedes a principios de los años ’90 estuvo el millonario saudita Osama bin Laden, quien instaló campos de entrenamiento para guerreros santos. Él fue el cerebro, o al menos el instigador, de varios ataques terroristas contra intereses estadounidenses en el mundo, incluido el del 11 de setiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono, cerca de Washington.

Después de esos atentados, el gobierno de George W. Bush, desafiando toda enseñanza histórica, resolvió derrocar el gobierno de los talibanes e ir a buscar a Osama bin Laden.

Esa es otra historia.

Próxima y última nota: La interminable estadía en Afganistán de los estadounidenses y la OTAN

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