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A 75 años de la liberación de París: El insoportable Charles De Gaulle

El líder de los “franceses libres” exasperaba a Winson Churchill y a Franklin D. Roosevelt, de quienes dependía, pero al fin estimaron que era la única alternativa al caos y a los comunistas

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07 de agosto de 2019 a las 05:00

Europa del Oeste, Segunda Guerra Mundial. En una ofensiva brillante y mortífera, entre mayo y junio de 1940 los ejércitos alemanes conquistaron Holanda, Bélgica, Luxemburgo y buena parte de Francia, aunque dejaron escapar por las playas de Dunkerque a 224.000 miembros de la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF), junto a casi 100.000 franceses, belgas y holandeses.

Gracias a que su gobierno la declaró “ciudad abierta”, París, que cayó en manos alemanas el 14 de junio de 1940, fue la única de las grandes capitales europeas que conservó su belleza intacta al cabo de la guerra.

Los alemanes ocuparon el norte de Francia, inclusive París —su sueño no realizado durante la Primera Guerra Mundial—, en tanto permitieron hasta fines de 1942 que el sur quedara bajo la administración del régimen “colaboracionista” de Vichy, encabezado por el anciano mariscal Philippe Pétain.

Adolf Hitler, el führer alemán y líder del Partido Nazi, hizo una breve “expedición artística” por París el 28 de junio. En solo tres horas paseó por la Ópera Garnier, los Campos Elíseos, el Trocadero y la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, la tumba de Napoleón en Los Inválidos, donde permaneció largo rato, el Panteón y el Sacre Coeur, en Montmartre. 

“Ver París ha sido el sueño de toda mi vida”, le dijo el líder nazi al arquitecto Albert Speer, quien lo acompañó. Más tarde le ordenó proseguir los planes que habían trazado juntos para convertir Berlín en una orgía de la arquitectura monumental, que tomaría el nombre de Germania Capital Mundial. “París no será más que una sombra”, prometió Hitler.

Adolf Hitler en París, junto al arquitecto Albert Speer (izquierda), el 28 de junio de 1940

La París ocupada fue realmente una sombra de sí misma ya en los años siguientes. Casi no circularon automóviles, salvo alemanes. Durante la mayor parte de la jornada no hubo electricidad ni calefacción, excepto para las oficinas públicas, ni alimentos suficientes. “Nos hemos olvidado del aspecto que tienen cosas como el arroz, la manteca, el jabón, el café y los huevos”, escribió un poblador.

Pero cuatro años y decenas de millones de muertos después, la Alemania nazi estaba en retirada. En el verano de 1944 los ejércitos angloestadounidenses desembarcaron en el continente, a partir del 6 de junio: el Día D en Normandía. Mientras tanto, el enorme ejército soviético avanzaba desde el Este como una aplanadora, tras una sucesión de batallas colosales que desangró a la Wehrmacht

Los “maquis”

Charles de Gaulle, un joven general francés especializado en blindados, había creado con paciencia y con respaldo británico un gobierno provisional en el exilio: la “Francia Libre”, con la cruz de Lorena como símbolo, por oposición a la cruz gamada de los nazis.

De Gaulle mantuvo una llama de resistencia en Francia, al principio nimia y casi simbólica, mediante sus “maquis” o guerrilleros, insignificantes en sus inicios, y por medio de discursos irradiados por la BBC que eran escuchados en secreto en la Europa ocupada (aunque, en rigor, casi nadie oyó el primero de ellos, el del 18 de junio de 1940, luego célebre, en que llamó a resistir pues “nada está perdido para Francia”). También se fue apropiando de la administración de las colonias francesas del norte de África, tomadas por los aliados a fines de 1942, al desplazar al gobierno de Vichy y a otros rivales políticos y militares, como el general Henri Giraud.

Ya en 1944, la France Combattante de De Gaulle, dirigida desde su cuartel general en Argel, contaba con una amplia red de “maquisards” en el territorio metropolitano, mientras creaba una pequeña Armée y aspiraba a gobernar Francia. 

Los comunistas también conspiraban en Francia, pasaban información, saboteaban y combatían (si era imprescindible, pues las represalias alemanas eran aterradoras), en coordinación con los gaullistas y otros grupos más pequeños. Pretendían un papel decisivo en la posguerra, y eventualmente la toma del poder, como lo intentaban en Italia, Grecia, Yugoslavia y otros sitios, aunque dependían más de la política internacional del Kremlin que de ellos mismos.

Roosevelt, Churchill y De Gaulle

El primer ministro británico Winston Churchill amaba Francia más allá de cualquier explicación racional, aunque reñía constantemente con el terco y altanero De Gaulle.

Para mayor embrollo, el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, detestaba a De Gaulle y a su movimiento de “franceses libres”, y se inclinaba por ocupar Francia militarmente, hasta resolver qué hacer con ella, como estaban haciendo en Italia. Los aliados incluso emitieron moneda para ser usada en las zonas reconquistadas de Francia después del D-Day (De Gaulle la llamó “billetes falsos”).

Roosevelt se había reunido con De Gaulle en enero de 1943 en Casablanca, Marruecos, en medio de toda suerte de intrigas entre franceses. No congeniaron. El presidente de Estados Unidos concluyó que De Gaulle era “un francés fanático, de mente estrecha, devorado por la ambición… Un loco”.

Henri Giraud, Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle y Winston Churchill en Casablanca, Marruecos, en enero de 1943

Pero el jefe de las fuerzas aliadas de invasión, Dwight “Ike” Eisenhower, que sabía escuchar y era diplomático, le daba mucha importancia a las “Fuerzas Francesas del Interior (FFI)”, la “Resistencia”, tanto por la información que pasaba como por las acciones que podía emprender en la retaguardia, para minimizar las pérdidas aliadas en el D Day

“Ike” Eisenhower fue paciente y hábil para lidiar con los egos de Roosevelt, Churchill y De Gaulle; para gestionar un gran ejército multinacional (estadounidenses, británicos, canadienses, polacos, franceses, belgas, holandeses, noruegos…); y para administrar la enorme vanidad de algunos jefes en el terreno, como el general estadounidense George Patton o el inglés Bernard Montgomery, futuro mariscal. Eisenhower terminaría siendo presidente de Estados Unidos por el Partido Republicano entre 1953 y 1961.

La opinión pública inglesa estaba firmemente de parte de De Gaulle, al igual que el Parlamento y la prensa. De Gaulle pasó el mensaje a los líderes aliados, de que no podrían quitárselo de encima con facilidad: “Somos nosotros o el caos”.

Finalmente, Churchill hizo viajar a De Gaulle desde Argel a Londres y el 4 de junio de 1944 le informó del desembarco en Normandía, menos de dos días antes de la acción. Ambos terminaron discutiendo, como ocurría demasiado a menudo. 

La noche antes del Día D

De Gaulle, orgulloso y terco, se negaba a seguir las instrucciones de los angloestadounidenses, pues él era Francia, y él representaba el poder y la grandeur, circunstancialmente empequeñecida, pese a que casi no habría tropas francesas en el Día D.

Alexander Cadogan, subsecretario británico de Asuntos Exteriores, describió la reunión del gabinete del 5 de junio, la tensa noche antes del desembarco: “Nuevamente escuchamos una arenga apasionada del primer ministro (Churchill) contra el general De Gaulle. Cada vez que este tema aparece, nos alejamos de la política, de la diplomacia y hasta del sentido común. Es chismorreo de pensionado de jovencitas. Roosevelt, el primer ministro (y también De Gaulle, tenemos que reconocerlo) se conducen como niñas en la pubertad”.

Churchill llegó a decir: “Pongan a De Gaulle en un avión y lo mandan a Argel, encadenado si es preciso. No hay que dejar que vuelva a Francia”.

Pero en los días siguientes al Día D los aliados descubrieron que en Normandía la gente sencilla esperaba a De Gaulle, a quien recibieron en triunfo cuando por fin pisó suelo de Francia, el 14 de junio. Lo consideraban su líder y el símbolo de la restauración del mancillado honor nacional. Poco después, los gobiernos en el exilio de Polonia, Checoslovaquia, Bélgica, Luxemburgo, Noruega y Yugoslavia reconocieron a De Gaulle y no al gobierno de ocupación militar aliado. 

La suerte estaba echada. Roosevelt finalmente, a disgusto, apostó a ganador y bendijo al líder francés, y detrás de él, también Churchill, a quien su esposa Clementine señaló: “Todos estamos en tu contra”. De Gaulle incluso viajó a Estados Unidos en julio de 1944, invitado por el presidente, en señal de reconciliación y reconocimiento.

Próxima nota: Los aliados rompen el cerco en Normandía, y Eisenhower termina aceptando que una división blindada francesa se desvíe hacia el sur, hacia París.

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