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Colapso de Vietnam del Sur y enseñanzas para superpotencias

A 50 años del inicio del retiro de las tropas de Estados Unidos del sudeste asiático (II)

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27 de noviembre de 2019 a las 05:00

El 27 de febrero de 1968, en plena ofensiva del Tet lanzada por los comunistas contra Vietnam del Sur, el más famoso presentador de la televisión estadounidense, Walter Cronkite, dijo “estar más seguro que nunca que la sangrienta experiencia en Vietnam acabará en un punto muerto”. Proponía negociar con Hanoi, sede del gobierno comunista de Vietnam del Norte. El presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, quien vio el informe en la Casa Blanca, le dijo a su secretario de prensa: “Si he perdido a Walter, entonces he perdido al Señor Ciudadano Medio”.

Pero Cronkite no estaba guiando a la opinión pública, sino más bien siguiéndola. Proliferaban las protestas en todo el país y las deserciones. Los candidatos políticos pacifistas avanzaban a grandes pasos (incluido Robert Kennedy, quien sería asesinado cuatro meses más tarde). 

Johnson, del Partido Demócrata, quien había metido a Estados Unidos de cabeza en Vietnam a partir de 1965, optó por no presentarse a una reelección, debido al deterioro de su imagen pública. El republicano Richard Nixon ganaría las elecciones nacionales de noviembre de 1968, con la promesa de retirar las tropas del sudeste asiático.

Preparando la retirada y quiebra moral

El gobierno de Richard Nixon propuso la “vietnamización” del conflicto. Los dos bandos combatirían por las suyas, con sus propios soldados, aunque, claro está, nada impediría que los del norte siguieran recibiendo apoyo material y entrenamiento de la Unión Soviética y la República Popular China, y los del sur fueran sostenidos por Estados Unidos.

La administración Nixon repatrió 25.000 soldados en agosto de 1969, otros 35.000 en setiembre y 50.000 en diciembre. A la vez extendió la guerra a Camboya y Laos mediante operaciones secretas o limitadas contra bases comunistas y otros servicios, como la “ruta Ho Chi Minh”, por la que se abastecía a las guerrillas del Viet Cong que operaban en Vietnam del Sur. 

Paralelamente los estadounidenses traspasaron mayores responsabilidades al ejército de Vietnam del Sur, que se aumentó en gran número y recibió armamento moderno. Las bajas estadounidenses en combate cayeron en picada.

El anuncio de un retiro completo debilitó la moral combativa de los soldados estadounidenses a partir de 1969. Nadie quería ser el último en morir en el sudeste asiático por una causa abandonada. Cualquier oficial joven que pusiera en riesgo a sus soldados por nada especial, mediante peligrosas patrullas por selvas y arrozales en procura de méritos, corría el riesgo de ser asesinado por los suyos. Y las deserciones de conscriptos, que muchas veces se refugiaban en Canadá y otras partes, crecieron en forma vertical.

Por el contrario, los estrategas de Hanoi, con Võ Nguyên Giáp a la cabeza, redoblaron su paciencia y su confianza en una victoria a largo plazo. Algo similar ocurrió a las vapuleadas guerrillas del Viet Cong.

De todos modos, todavía durante 1972 las tropas de Vietnam del Sur, que respondían al gobierno de Nguyên Van Thieu y eran apoyadas por los estadounidenses, desbarataron las ofensivas de los norteños y les provocaron enormes bajas.

La administración Nixon procuró llevar a los líderes de Vietnam del Norte a una mesa de negociaciones, para que devolvieran centenares de prisioneros estadounidenses, sobre todo pilotos, antes de completar un retiro completo. Pero los líderes de Hanoi, previendo la victoria, no tenían mucho apuro por negociar nada. 

Durante 1972 los estadounidenses redoblaron sus ataques aéreos sobre Vietnam del Norte, en una estrategia del palo y la zanahoria.

De hecho, el poder aéreo estadounidense sostuvo a sus tropas en situaciones difíciles a partir de 1965, y luego también al ejército de Vietnam del Sur. En diciembre de 1972 la USAF soltó sus bombarderos B-52 y de otros tipos contra la infraestructura de Vietnam del Norte en un ataque particularmente masivo: la operación Linebacker II.

Después de 12 días, los norvietnamitas regresaron a las negociaciones, sea por las bombas o por cualquier otro motivo, como que el tiempo corría a su favor. Finalmente, el 24 de enero de 1973, en París, el enviado estadounidense Henry Kissinger firmó un acuerdo con su contraparte norvietnamita Le Duc Tho. Estados Unidos dejaría de combatir en Vietnam directamente, y habría un intercambio de prisioneros de guerra.

La derrota del gigante

En 1973 los comunistas de Vietnam del Norte y las guerrillas del Viet Cong estaban mucho más lejos de la victoria que en 1965. Pero su principal enemigo solo deseaba irse, ante la creciente pérdida de respaldo popular en casa, y Vietnam del Sur por sí solo a la larga no sería rival.

Si, como enseñó el prusiano Carl von Clausewitz, la guerra nunca es un fin en sí misma sino solo la prosecución de los fines del Estado por otros medios, entonces Estados Unidos sufrió la más severa derrota: no militar, porque nunca fue vencido en el campo de batalla; sino política, lo que es mucho más grave, porque perdió la voluntad de lucha y no logró sus objetivos de contención del comunismo en el área.

Estados Unidos dejó de combatir en 1973 en el sudeste asiático y se limitó a brindar asesoramiento y asistencia material y financiera a los sudvietnamitas.

En los dos años siguientes Hanoi reforzó su ejército y rehízo su infraestructura, con asistencia soviética. Poco a poco infiltró a Vietnam del Sur, para agonía y terror de sus pobladores, hasta que el corrupto gobierno de Thieu se derrumbó. Su capital, Saigón, cayó el 30 de abril de 1975 y el país se reunificó bajo control comunista. Poco antes, el 17 de abril, la guerrilla maoísta de Pol Pot, el Khmer Rouge, tomó la capital de Camboya, Pnhom Penh.

La Guerra de Vietnam, por entonces un país de 42 millones de habitantes, causó al menos dos millones de muertos, la mayoría civiles, incluidos camboyanos y laosianos. También murieron 58.000 soldados estadounidenses. 

En esa guerra Estados Unidos gastó 145.000 millones de dólares de 1974, más de 800.000 millones de hoy, o todo lo que produce Uruguay en 13 o 15 años. El sudeste asiático quedó destrozado.

Vietnam, en la órbita soviética, todavía invadió Camboya a fines de 1978 para derrocar el gobierno de los Khmer Rouge pro-chinos. Luego debió batirse a la defensiva contra la mismísima China, que lo atacó breve aunque masivamente, como castigo, en febrero de 1979.

Reconstrucción de Vietnam y lecciones militares

A partir de 1986, Vietnam inició un proceso de desarrollo acelerado, mediante una combinación típicamente asiática de autoritarismo político y capitalismo económico, incluida la propiedad privada. Con gran pragmatismo, tras observar el despegue de China con desconfianza, Hanoi firmó una serie de tratados de libre comercio (TLC), incluso con Estados Unidos y la Unión Europea, y ofreció una mano de obra barata y disciplinada a la inversión extranjera.

La República Socialista de Vietnam es ahora un país orgullosamente independiente, con un desarrollo medio aunque creciente. Ocupa el puesto 117 en el índice de desarrollo humano de ONU (China está en el 86 y Uruguay en el puesto 55, detrás de Argentina y Chile).

En adelante, los gobiernos estadounidenses trataron de no empantanarse largo tiempo en ningún conflicto, para evitar el surgimiento de grietas en el mando político y la hostilidad de la opinión pública. 

Las guerras del Golfo Pérsico contra Irak fueron un ejemplo de ello: fortísimos ataques letales, seguidos de una retirada después de conseguir los objetivos principales (liberación de Kuwait, o derrocamiento y captura de Saddam Hussein). 

La guerra contra el terrorismo afincado en Afganistán, un terreno inhóspito que ha sido una tumba para grandes potencias, desde Gran Bretaña hasta la Unión Soviética, ha sido mucho más compleja. Pero también allí los estadounidenses y sus aliados de la OTAN trasladaron la principal responsabilidad a los locales y retiraron la mayor parte de sus fuerzas.

Los estadounidenses aprendieron en Vietnam —como los soviéticos luego en Afganistán entre 1978 y 1992— que las grandes maquinarias bélicas pueden perder la moral combativa si se ven obligadas a hacer de policía en guerras interminables y asimétricas, sin ver una luz al final del túnel, ante un enemigo valiente y convencido, que no tiene un territorio que defender ni plazos que cumplir, y que, eventualmente, no teme morir.

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