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Martín Caparrós

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Martín Caparrós sale a descubrir "Ñamérica" y a contar la región con sus éxitos y fracasos

El periodista argentino recorre y relata a la América hispanoparlante en su nuevo libro

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16 de octubre de 2021 a las 05:03

Son más de 400 millones de personas, reunidas en diecinueve países, con un idioma común, rasgos culturales compartidos y una herencia forjada de la misma mezcla. No sucede en ninguna otra parte del mundo. La América hispana no tiene par en ese sentido. Es gigante. Avasallante. Y sin embargo, un señor se lanzó a contarla. Por reunir sus rasgos, sus desigualdades, sus triunfos, sus fracasos, sus problemas, aquello que muestran y dan al mundo, y a sus habitantes en unas 700 páginas.

Martín Caparrós (argentino establecido en España, 64 años, periodista y referente del género en la región, escritor, ensayista) no le huye a los temas demasiado grandes. Ya se metió con el idioma de su país natal, con el hambre en el mundo –en todo el mundo– y ahora se planta frente a Hispanoamérica, la bautiza con un nombre propio y escribe una gran crónica para mostrar a esta zona del mundo en la segunda década del siglo XXI, antes y durante la pandemia.

Ñamérica, le puso Caparrós al libro y a la región, porque deja afuera de su estudio a Brasil (por gigante y por las diferencias históricas y culturales con ese país), a los países del continente donde el español no es la lengua principal e incluye a Puerto Rico y hasta a Miami, la capital no oficial, y el capital de esta Ñamérica, que más allá de las reminiscencias guaraníes de la palabra, simplemente recibe ese nombre por la letra Ñ, esa letra única que hasta figura en el nombre del idioma en el que está presente, y que es uno de los grandes puntos en común entre los países que la integran.

Desde Torrelodones, el pueblo serrano ubicado a 30 kilómetros de Madrid donde vive, el periodista argentino cuenta que tuvo “la sensación de que hacía mucho que no nos poníamos a tratar de contar y entender que era América Latina".

"Usábamos una cantidad de lugares comunes, de clichés que nos venían cómodos y no revisábamos desde hacía décadas. Y se me ocurrió que tenía ganas de tratar de revisarlos, básicamente por pudor, para no seguir repitiendo y diciendo las mismas cosas una y otra vez”, dice.

Intercalando sus respuestas con pitadas a una narguile, Caparrós explica que uno de los grandes descubrimientos fue que pese a la imagen habitual de América Latina –mejor dicho, de Ñamérica– como un espacio rural, selvático, de pampas, montañas, ríos y cataratas, lo cierto es que ahora es la región del mundo con mayor proporción de población urbana. Un 80% de sus habitantes viven en ciudades.

Ese mito de la América rural era correcto hace cincuenta años, pero ya no, y eso supone un cambio de la estructura social y cultural de la región. Por eso uno de los primeros pasos de Caparrós para entrarle a este tema monumental fueron las ciudades. Contar esos lugares para contar al todo. Y es así como el libro intercala esas crónicas citadinas, que pasan por Buenos Aires, Bogotá, La Habana, Caracas, Ciudad de México, El Alto, Miami, entre otras –la pandemia alteró planes y quedaron fuera lugares como Santiago de Chile y Montevideo– que sirven para retratar situaciones de la América contemporánea, con segmentos en los que el autor debate los grandes dilemas comunes del continente, apelando a una cruza de datos con crónica y ensayo, que dejan algunas respuestas y explicaciones, pero también, y eso es importante, unas cuantas preguntas nuevas.

Las venas modernas de América Latina

A lo largo de las páginas de Ñamérica, aparece periódicamente Las venas abiertas de América Latina, el influyente libro de Eduardo Galeano publicado en 1971 que también, a su manera y desde su lugar, intentó contar el panorama general de la región analizando también su historia y sus vaivenes culturales, económicos, políticos y sociales. En el libro de Caparrós, el de Galeano es cuestionado. Es planteado como una obra que se escribió en un contexto histórico diferente y con una motivación ideológica particular, que ya no sirve como espejo fiel para la zona del mundo que busca mostrar.

En la previa a la etapa de escritura, el argentino empezó a leer, sin demasiado método, distintos textos sobre la región. Uno de ellos fue Las venas abiertas, revisitado desde su primera lectura poco tiempo después de que el libro se publicara. “Confirmé que ya tiene 50 años, cosa que a veces uno olvida, porque es un libro con una potencia que lo ha hecho sobrevivir bastante bien”, dice Caparrós sobre la obra de Galeano. “Pero por un lado cuenta una realidad, una región que ha cambiado muchísimo en ese medio siglo, porque esa sí era una región rural, donde la mayoría de la población vivía en el campo, entre tantas otras cosas. Y por otro lado cuenta a esa región desde una perspectiva que ha cambiado mucho. Las venas abiertas es un excelente memorial de agravios para justificar la idea de que valía la pena pelear para de algún modo redimir esos agravios. Ahora la región es otra, la situación desde la que la contamos también es otra, entonces Ñamérica necesariamente tenía que ser distinta”.

Ñamérica es, entonces, ya se dijo, urbana. Con ciudades cada vez más grandes, colapsadas, conflictivas y dispares. Con sus mercados, sus shoppings, sus barrios cool, sus barrios privados, sus barrios privados pero de servicios básicos, sus ruinas, sus torres nuevas, sus olores, sabores y ruidos. Ciudades que vuelven a la vida después de años sombríos, como Bogotá, ciudades que se sumen en la oscuridad cada noche como Caracas, ciudades con habitantes orgullosos y ciudades con residentes que quieren salir de ahí. Que cada vez que alguien cuenta que vive afuera, lo envidian, como le pasa a Caparrós cuando vuelve a su ciudad natal.

La tapa de Namérica, de Martín Caparrós

La violenta

Ñamérica es una región con una cultura potente, que se ve en sus platos, en su música, en sus futbolistas y sus hinchadas. Es, también, una región que –como cualquier otra parte del mundo– tiene su violencia. La de esas propias hinchadas (en verbo y en acción), pero sobre todo la de los estados sobre sus ciudadanos y la cada vez más presente “violencia privada”, como la llama Caparrós. La que ejerce una banda criminal sobre otras bandas o sobre ciudadanos que no tienen nada que ver.

Esa violencia que se ha convertido, en cierta forma, en la cara pública del continente para el resto del mundo. Las figuras Ñamericanas más populares hoy por hoy, además de las figuras del balón, son por ejemplo “El Chapo” Guzmán y Pablo Escobar.

Por otra parte, esa violencia es brutal pero menor a la de otras partes del mundo a nivel histórico. Es una región que casi no vivió guerras de gran escala, y que en el siglo xx acumuló “apenas” dos millones de personas muertas en conflictos, muchas menos que las cifras de víctimas de Europa, Asia o África en el mismo período.

Pero que tiene ahora un problema de violencia, con cifras de homicidios y femicidios al alza. La violencia de género, por un lado, y la violencia narco, por el otro. Esta última, una violencia potenciada por la tendencia ñamericana a ser una región exportadora de materias primas que el resto del mundo compra de muy buen grado.

La desigual

Ñamérica es una región desigual. No es quizás la más pobre del mundo, pero sí la más despareja. Pobres muy pobres, ricos muy ricos, y una clase media –más o menos pujante, más o menos grande, más o menos estable, eso depende del país– justamente, en el medio. Y para Caparrós, ahí radica el mayor fracaso de la región. En esa desigualdad y la miseria que acarrea para cerca de un tercio de su población.

Para el autor, esa desigualdad “tiene que ver con varias cosas, pero mucho con un fracaso sostenido, que es el de no haber sabido transformar la matriz económica de la región desde 1540 hasta ahora, que es esto de que básicamente los ricos en Ñamérica viven de extraer y exportar materia prima, y al vivir de eso, la desigualdad está casi cantada, porque para extraer esa materia prima, sean minas, plantaciones o animales, no se necesita mucha mano de obra. Cada vez se necesita menos, además. En ese sentido no necesitan a los más pobres. Y al exportar, tampoco necesitan el mercado interno, no necesitan que los más pobres consuman. Y si no los necesitan ni para trabajar, ni para consumir, no los necesitan para nada. Lo único que tienen que hacer es tratar de que no jodan más de lo necesario, que haya un estado que más o menos los contenga y los reprima cuando cuadre. Y eso creo que es el fracaso mayor, mientras no cambie la estructura económica básica, probablemente esta desigualdad siga estando allí”.

Esa desigualdad, incluso, se nota en el libro. Es mucho más fácil acceder a entrevistar a personas pobres que ricas, que viven cada vez más encerradas y en secreto, comenta Caparrós. El escritor sabe que su obra tiene como cuenta pendiente una mayor presencia de millonarios dando su testimonio, aunque alguno hay. “Por un lado, muchos periodistas y cronistas ñamericanos creen que deben centrarse en contar las historias de los más pobres, porque es un poco esta cuestión de ‘darle voz a los que no tienen’, considera. “Y es muy respetable, pero me parece que eso falla cuando esa puede ser la razón para no hablar de los más ricos, que son muy decisivos en muchas cosas. Esa es la parte que no me tocaría, pero sí la de que es muy complicado llegar a ellos, porque tienen mucho dinero y muchos mecanismos para mantenerse aislados y no decir ni una palabra más que las que creen que les conviene”.

La religiosa

Así como comparte idioma, Ñamérica comparte religión. El catolicismo predominó en la región desde la conquista, traído por los españoles, aunque ahora, señala Caparrós, está en una situación particular, más allá de particularidades como Uruguay “que resiste como el único país más o menos realmente laico”, según el periodista.

Para el argentino, la religión católica es “causa original” de la corrupción que figura entre los bienes patrimoniales de la región. “Es una religión que prevé que uno puede quebrar las reglas si paga por ello, o sea, pagar puede ser decir diez avemarías, o golpearse la espalda, o comprar una bula o hacer una donación, y con eso se perdonan tus pecados, se perdona que hayas quebrado las reglas. Si Dios lo hace, porque no lo va a hacer el subsecretario de urbanismo de tal pueblo, que tiene la mejor justificación y escuela para hacerlo”.

Y eso, señala, no lo va a cambiar el lugar que tiene ahora la religión, que está viendo como parte de su presencia en la región está siendo amenazada por la expansión del evangelismo. “Los católicos tenían una hegemonía absoluta hasta hace 30, 40 años, y se está quebrando. Hay países en Centroamérica y otras zonas de la región que ya tienen 40%, casi 50% de sus cristianos que se han hecho evangélicos. Quizás por eso también el Espíritu Santo, que es muy maquiavélico, ha decidido elegir a un papa ñamericano, para reafirmar el catolicismo de la región, que al fin y al cabo es la región con más proporción de católicos del mundo. Es muy interesante esta guerra entre religiones porque al fin y al cabo tampoco pueden atacarse mucho la una a la otra porque tienen la misma base. Y es más complicado llevarla a un enfrentamiento abierto. Pero al mismo tiempo hay algo que me parece bastante decisivo, y es que allí donde el catolicismo te ofrece la salvación en la otra vida, los evangélicos muchas veces te la ofrecen en esta. Eso de la teología de la prosperidad, la idea de que Dios, si es todopoderoso, te va a ayudar a que tengas un trabajo mejor, a que tu hija se cure de su enfermedad, a que tu hermano consiga un empleo, mientras que el catolicismo, que está muy anquilosado, lo que te ofrece es el reino de los cielos, y toda esa tontería”, reflexiona.

La que estalla

En los últimos años, distintos países de Ñamérica han “estallado”. Chile, Colombia, Nicaragua. Protestas callejeras, violencia, fuego. Y salvo casos como el de Chile, cuyas movilizaciones desembocaron en una asamblea constituyente, otras de esas protestas se agotaron a sí mismas.

Para Caparrós, el problema es que falta un proyecto de futuro que permita dar sentido a esos movimientos, para que sean vistos como un camino hacia algo. “Tenemos claro que es lo que no queremos, pero no tenemos muy claro que es lo que sí queremos. Cosa que no es propia de la región, sucede en todo el mundo. Creo que, por lo que sé de historia, esos proyectos de futuro se van construyendo de a poco, con la agregación de muy distintas ideas y movimientos que en algún momento cristalizan y dicen ‘queremos construir tal cosa’: una república donde no haya reyes, o una sociedad donde todos sean más o menos iguales, o lo que sea. Y eso es lo que todavía no tenemos”.

Y agrega: “Soy un optimista a mediano plazo. No digo que en 10 años todo se va a arreglar, o en 20. Lo que veo es que al fin y al cabo del tiempo que sea, se termina constituyendo una idea de futuro, por la que vale la pena pelear y que termina cambiando ciertos datos sociales. Estamos en un momento que como no tenemos esa idea, creemos que este orden social va a durar para siempre, no concebimos ni imaginamos otra cosa, pero ningún orden social dura para siempre. Otros que se consideraban infinitamente más inmutables, porque eran la decisión de un dios eterno y todopoderoso, también cayeron. Todos caen, todos cambian. Este no tiene por qué ser la excepción a esa regla que se verifica desde hace miles de años. Y además, lo que también se ve desde hace miles de años es que cada vez estamos mejor. Queda casi feo creer en el progreso, y yo durante mucho tiempo jamás habría dicho semejante cosa, pero revisando un poco la historia, ves que efectivamente vivimos infinitamente mejor que hace 200 años, y desmesuradamente mejor que hace 500. Entonces, ¿por qué eso habría de cambiar? ¿Por qué somos pesimistas, porque no hemos sabido imaginar el futuro y solo lo vemos como amenaza? Eso me parece frívolo y banal”.

Espíritu ñamericano

¿Hay un espíritu ñamericano? ¿Hay una sensación de unidad entre los pobladores de sus distintos territorios? Depende del momento y de a quién se le pregunte. En el cono sur, hasta no hace tanto había una sensación de negación –como cantaba el Cuarteto de Nos en su No somos latinos, que resumía ese espíritu de la Suiza de América–, pero eso ahora parece haber cambiado, con la emigración y hasta con la música.

“Cada unidad pequeña se ve a sí misma como diferente de las otras. Supongo que los de Tacuarembó son muy diferentes a los montevideanos, pero para un argentino son todos uruguayos, y para un colombiano somos todos rioplatenses, y así sucesivamente. Cuanto más lejos se mira, más se ven las semejanzas y menos las diferencias. Y me parece que en Miami funciona perfectamente eso de que hay una mirada ajena que hace que toda esa gente que ha dejado sus distintos países sean vistos como semejantes, y finalmente se vean a sí mismos como semejantes. Se me ocurre otro terreno en el que claramente también somos ñamericanos todos juntos, que es el reguetón o el trap latino. Cantan todos con un acento muy parecido, que podríamos definir, lamentablemente, como un acento ñamericano. Pero es un acento común, que suena un poco caribeño, pero no es caribeño, porque lo cantan gentes de muy distintos lugares, escucho argentinos, porteños de Almagro que cantan como si hubieran nacido en Santo Domingo, solo que dicen ‘sho’. Eso es curioso, cómo se van conformando esos espacios en los que la semejanza se profundiza”, dice Caparrós.

Y él se siente ñamericano. Ese fue uno de los grandes cambios de percepción que experimentó escribiendo este libro. “Me sentí cada vez más perteneciente, cosa que me viene pasando desde hace veinte años. Quizás si hacía este libro hace 25 años, habría salido con un casco de corcho, unas bermudas y una camisa caqui de explorador británico, a ver cómo eran esos bárbaros. Y en cambio, habiéndolo hecho ahora, lo hice para ver cómo somos nosotros. Y espero que eso se note”.

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