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Mujica superstar

Si bien Mujica pudo haber hecho mucho en su paso por el gobierno, esto no pasó y hoy disfruta del éxito que tiene su imagen en el exterior 

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05 de septiembre de 2018 a las 05:02

La presencia del expresidente de Uruguay José Mujica en el Festival de Cine de Venecia generó un aplauso de 25 minutos tras la emisión de La noche de 12 años, del cineasta Álvaro Brechner, película en la que narra los años que estuvo preso en la dictadura militar.
La repercusión internacional de la presencia del octogenario Mujica en Venecia generó un impacto mundial sin precedentes para alguien que no es actor sino un político que tomó relevancia mundial tras su discurso en el Grupo de Río en junio de 2012. 
Fue a Venecia a acompañar a Emir Kusturica, el director de cine serbio que se deslumbró por su estilo y filosofía de vida y decidió plasmarlos en otro documental: El Pepe, una vida suprema. 

Se robó todas las cámaras. Es cierto que la vida de Mujica, que se paseó con crocs por Venecia, recibiendo el afecto de mujeres y hombres de todas las edades, es de película. Se levantó en armas contra un gobierno democrático, vivió fuera de la ley abrazando una revolución imposible, cayó preso, fue torturado, aislado y casi pierde la razón. Luego se reinsertó en la política aceptando las reglas de juego de la vida republicana. Fue electo diputado, senador y presidente. Siguió viviendo en su chacra de Rincón del Cerro despreciando el protocolo que conlleva el poder. 

Su llegada a la presidencia en las urnas no solo habla bien de la astucia política de Mujica, sino que habla mucho mejor de Uruguay y su democracia. Es de esperar que la obra de Kusturica, un hombre fascinado por figuras populares como Diego Maradona, retrate este detalle que permitió a Mujica llegar a ser quien es.

Por Italia y Europa se pasea junto a los autores del bestseller mundial Una oveja negra en el poder, dejando caer frases que se citan en tazas de café, muros de Facebook y camisetas con su cara.  “Eso de que soy el presidente más pobre, no. Yo no soy pobre. Es una opción de vida. Soy algo así como un neoestoico”, señaló en una de sus charlas a la prensa, que lo sigue como si fuese una estrella de la talla de Sean Connery.

Los uruguayos conocemos muy bien a Mujica ya que vivimos bajo su presidencia. Una gestión desprolija, improvisada y llena de golpes de efectos mediáticos que lo ubicaban en primer plano de la prensa internacional y muy lejos de la buena gobernanza. Una administración que desaprovechó las mayorías parlamentarias, populares y la coyuntura económica más importante de la historia. Pudiendo hacer los cambios fundamentales, no los hizo. Un período en que no continuó la buena gestión del primer gobierno del Frente Amplio y en que interpretó un irrespeto adolescente que puede sonar simpático en él, pero que en otros puede llegar a ser nefasto. Y a la educación la hundió en su pozo más oscuro, pese a la esperanza que generó su discurso de asunción.
En su gestión fue servil a todos: a los sindicatos, a los grandes poderes fácticos y al nefasto y corrupto gobierno de Venezuela. Pese a su renombre internacional no trajo grandes inversiones, propuso emprendimientos faraónicos que no se concretaron y llenó el Estado de funcionarios públicos innecesarios. Fue un gran pícaro.

Es justo reconocerle su ausencia de revanchismo por los años terribles que pasó preso y torturado. Es una figura ineludible para la historia del país. Uruguay hoy es conocido por el fútbol y por Mujica, de ahí el sabor amargo que genera el hecho de que pudiendo haber hecho tanto por el país, no lo hizo. 
 

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