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Refugiados: un colador que no cuela las lágrimas

Repartieron paquetes de ayuda humanitaria a 275 migrantes

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29 de diciembre de 2019 a las 05:00

No hay nada de romántico o emotivo en un colador de fideos, pero cuando Rosa habla del colador que le acaban de regalar, los ojos se le llenan de lágrimas. “Estoy muy contenta con lo que me han dado, porque hay muchas cosas que no tengo… un colador, un sartén… no tengo una espumadera”, dice, conteniendo las lágrimas.

Venezolana, de 35 años y madre de un niño en edad escolar, Rosa fue una de las 275 personas migrantes que el Día Internacional de los Derechos Humanos recibieron unos paquetones de ayuda de parte del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana (Sedhu), una fundación sin fines de lucro creada en 1984 por diferentes instituciones cristianas, que representa a Acnur en Uruguay.

Hace no tanto tiempo, Rosa vivía en Caracas y no necesitaba ayuda ni lloraba ante un simple utensilio de cocina. Lo tenía todo. Esposo, hijo, un título de química farmacéutica, un buen empleo, ingresos que le permitían vivir con comodidad y un apartamento en Altamira, uno de los distritos céntricos de la capital venezolana. Pero, en los últimos años, el barrio de Rosa ha sido epicentro de las protestas políticas y de la represión del gobierno y sus “colectivos”. Tres veces estuvo en la calle parada frente a un cadáver producto de la represión. Llegó un momento en que dijo basta.

“El hecho de que mi hijo estuviera viviendo todos los días esa situación de violencia de parte del Estado: personas fallecidas en la calle, la sangre en las escaleras del edificio, gente escondida, los allanamientos en la noche… Más de una vez lo tuve que tirar al suelo porque había balazos… en un momento decidí que no podía seguir allí, que mi hijo no podía crecer de esa manera”.

Cruzó la frontera, atravesó Colombia, Ecuador, Perú… Su esposo se quedó en Caracas, porque si el hogar familiar queda vacío, se corre el riesgo de que sea expropiado. Rosa –que prefiere no publicar su apellido por miedo a lo que le pueda ocurrir a sus familiares en Venezuela- viajó una semana por tierra con su hijo. Cuando ingresó a Uruguay le quedaban US$ 200. Desde entonces, y mientras intenta revalidar su título de química farmacéutica, limpia casas, cuida niños y da clases particulares de matemática, física y química.

El reparto de paquetes de ayuda se realiza en una iglesia evangélica valdense en la avenida 8 de Octubre. Los inmigrantes van llegando uno detrás de otro. Y cada uno tiene una historia tan dramática como la de Rosa. La mayoría son venezolanos o cubanos. En menor medida hay haitianos, salvadoreños, nicaragüenses, hondureños y una familia de Ucrania.

Fidel no tiene problemas en decir su apellido, pero quizás sea mejor dejarlo en reserva. Es cubano, tiene 43 años, su esposa y sus hijos todavía están en la isla. A pesar del calor abrasador, Fidel viste un pantalón de vestir negro, zapatos bien lustrados, medias negras y una camisa blanca de manga larga. 

Decidió venir a Uruguay porque pasaba hambre. “Te dan dos huevos al mes, cuatro libras de azúcar… es imposible”. Fidel dejó a su esposa en Cuba porque “la economía no daba para dos travesías”. El viaje no fue fácil. Pasando penurias compró un pasaje de avión desde Cuba a la Guyana. Desde allí, en taxis y ómnibus, llegó a la frontera venezolana, luego atravesó toda Venezuela y luego toda la enormidad del Brasil, desde su extremo norte hasta el sur. Cinco días de viaje, durmiendo en autobuses. Cuando llegó a Rivera, tenía los pies hinchados y rojos.  

Uruguay es la primera experiencia capitalista para Fidel. Le chocan las cosas que ve en las calles de Montevideo: los que no tienen otro lugar donde dormir, los robos, la gente arruinada por la droga. “Cuba es diez veces más segura”, dice, pero lejos de querer regresar a la isla, está ahorrando para traer a su familia. 

Ya descubrió que la comida es cara en Uruguay y que su salario de guardia de seguridad no da para lujos, pero acá ya no pasa hambre.

“Nunca compro una milanesa en la calle, ni nada ya hecho”, explica. “Todo lo cocinamos en la pensión y así el dinero nos alcanza”.
Antes de irse con sus paquetes, Fidel agradece mucho a la gente de Sedhu y Acnur y tiene palabras de gratitud para Uruguay y su gente: como los otros 275 beneficiarios, se lleva productos de higiene, equipamiento de cocina, sábanas y acolchados para no pasar frío cuando regrese el invierno.

Buscando

Yoania, también cubana, 45 años, llegó hace dos semanas. Su esposo, que vino con ella, ya tiene trabajo. Primero fue delivery. Ahora será bachero en un bar. “Yo sigo buscando, algo tiene que aparecer”, dice. A diferencia de Fidel, ella cuando llegó ya sabía cómo es el capitalismo porque antes había vivido dos años en Trinidad y Tobago. “Nos fuimos de Cuba por la economía. El problema es el salario, tan bajo. Y lo que te dan no alcanza… ¡Seis libras de arroz para un mes! ¡No alcanza! ¡Una libra de pollo para un mes! ¡No alcanza!”. Una libra es menos de medio kilo.

Eligieron Trinidad y Tobago porque no pide visa a los cubanos. Y no les fue mal, consiguieron trabajo, dejaron de pasar miseria, pudieron ahorrar algo. “Allá trabajé de moza, en un bar atendiendo una ruleta como las que aquí hay en los casinos y en fábricas de embutidos. No me pagaban lo mismo que a un trinitario, pero me alcanzaba”, recuerda Yoania.
Pero Trinidad no legaliza con facilidad a los inmigrantes cubanos. Vencido el visado turístico que les dieron al ingresar al país, se quedaron trabajando como ilegales. Y así, sin papeles, nunca podrían juntarse con los dos hijos veinteañeros que habían dejado en Cuba.

“Uruguay apenas llegas te da una cédula. Por eso lo elegimos. Para poder establecernos y traer a la familia”, dice Yoania, que ya recibió sus paquetes y ahora espera que su marido venga a buscarla.

Felipe Pilón, uno de los responsables de Sedhu, relata que su organización, en pocos años, a partir de 2016, pasó de atender apenas unas decenas de solicitudes de asilo por año, a atender miles. En 2019 atendieron a casi 2.000 refugiados y solicitantes de asilo.
Entre 2014 y 2018, las autoridades nacionales otorgaron 11.600 residencias a venezolanos. Y en los últimos meses, el flujo de inmigrantes de Cuba está superando al de Venezuela. Según informó El País, en 2019, desde enero a octubre, llegaron 10.000 cubanos.

Aunque la mayoría de los que llegan a la iglesia valdense a buscar sus paquetes de ayuda se muestran contentos de estar en Uruguay, algunos se quejan. Un venezolano, hijo de padres uruguayos, llega con un bebé recién nacido en brazos. Dice que los empleos que consigue acá no están a la altura de su capacitación y ya está pensando en emigrar otra vez, a otra parte del mundo.

Rosa, la venezolana que dejó Caracas para rescatar a su hijo de la violencia y del terror, también está sobre capacitada para los trabajos que tiene, pero no se queja. No le ha sido fácil la adaptación al Uruguay. Al comienzo no podía trabajar porque no encontraba dónde o con quién dejar a su hijo. Le costó mucho alquilar porque los inmigrantes no tienen las garantías que se exigen en el mercado inmobiliario. Y en muchos lugares, además, no la aceptaban con su hijo: “Es muy difícil conseguir un lugar donde vivir con un niño, ¡es más fácil con un perro!”, se asombra. 

De a poco, sin embargo, los amigos que fue haciendo la fueron ayudando en todo lo posible. Rosa siente una enorme gratitud hacia los uruguayos. “Me han recibido maravillosamente, estoy infinitamente agradecida. He conseguido mucho apoyo y un nivel de comprensión que no esperaba. Eso me compromete aún más con este país. Quiero ser un aporte y un ciudadano que ayude, no un ciudadano que dependa del Estado”.

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