Desde hace algún tiempo –vaya a saber por qué, o sí lo sabemos pero no viene a cuento- es común escuchar cada vez con mayor frecuencia la expresión “resentido social” aplicada como un insulto hacia aquella persona de origen humilde que, de alguna manera, codicia o impugna de mala manera el estilo de vida o ciertas actitudes de algunos integrantes de la clase más acomodada.
Ahí va la nómina de sucesos que califican como resentimiento: “Rencor reprimido sobre un acontecimiento negativo que le ha sucedido; Molestia, agitación emocional que siente siempre que se habla de una determinada persona o acontecimiento; Incapacidad para perdonar, incapacidad de dejar pasar y olvidar; Desconfianza y sospecha que se sienten al tratar con personas o acontecimientos que les produjeron dolor en el pasado; Dolor emocional no resuelto que se siente cuando no se logra aceptar una pérdida; Malestar sentido después de gastar mucho esfuerzo y energía para alcanzar algo que finalmente se pierde; Sufrimiento prolongado y en silencio cuando una expresión abierta de dolor es indeseada; Rencor hacia una persona o grupo que, se considera, ha impedido lograr ciertos objetivos ; Sentirse ofendido cuando una persona o un grupo ha ignorado o negado sus derechos”. Fin de la lista
¿Se siente usted libre de alguno de estos pecados como para andar a las pedradas contra los “resentidos sociales”? Seguramente hay personas libres de esas acechanzas pero, según tengo entendido, viven en las alturas del Tibet o ya fueron canonizadas por la Iglesia.
Porque hay que ser un desalmado para escaparse de la tristeza cuando se recuerda a aquellas personas querídisimas que ya se murieron. O es preciso ser un cristiano sin mácula para abrirle los brazos con confianza a aquellas personas que nos hirieron, o para descorchar una sidra cuando, tras un gran esfuerzo, la pelota se nos va larga.
Además, son legión quienes muestran su resentimiento y su tedio degradando a propios y extraños –las redes sociales se han convertido en el mejor escenario para esta gente- con puteadas que se parecen más a un grito de ayuda que a un insulto.
Hasta la ironía, al decir de don Jacinto Benavente, no es otra cosa que una tristeza que no puede llorar y sonríe.
El resentimiento se expresa con natural estupidez en las rivalidades deportivas que llevan a un hincha de un cuadro de fútbol a desearle al otro lo peor - movido por el recuerdo infeliz de aquellas finales perdidas- o a convertirse en un energúmeno cuando le nombran a aquel centrodelantero que los vacunó una y otra vez sin solución de continuidad.
¿Qué otra cosa que resentimiento guarango es lo que sienten los uruguayos frente a esos argentinos a los que quieren ver perder ya sea en una guerra o en un campeonato de bolita?
Resentido es aquel que trabaja en lo que no le gusta porque, como decía Bernard Shaw, aunque lo haga todo el día es un desocupado más. Y ese sentimiento feo y repetido también lo experimenta el hombre que todos los días se encuentra en su casa con una mujer a la que ya no ama, o la mujer que le da un beso a ese hombre al que ya no quiere.
Además, como decía un predicador de Tandil, resentido es aquel hijo de pobres que se hace rico por venganza y aquel hijo de ricos que se hace rebelde por aburrimiento.
Finalmente, todos estamos un poco resentidos. Y acaso usted también, necesario lector, que aún no terminó de digerir esta historia mínina y ya se apresta a criticarla sin perdonar a este cronista que, al escribir, se siente feliz y se olvida de sus resentimientos.