3 de enero de 2013 19:49 hs

Laguna Escondida se encuentra pasando José Ignacio, y su escondite es asegurado por la falta casi total de señales de celular. Nada de hacer demasiadas llamadas ni tuitear hasta el hartazgo. Allí, en la noche del jueves pasado, flotaba en el aire mucho más el portugués que el español.

Es que el gran espectáculo que trajo al británico Fatboy Slim por primera vez a costas uruguayas se realizó en el marco de una fiesta para turistas brasileños. Las entradas, que se vendieron en Uruguay pero en su gran mayoría en Brasil, fueron casi agotadas por turistas norteños y algunos uruguayos y argentinos. La fiesta estaba armada en un marco similar al que el año pasado recibió a Bob Sinclar, una figura menos popular aunque con prestigio dentro del ambiente de la música electrónica.

La exclusividad se veía desde los crecientes precios de las entradas hasta la locación elegida; el público objetivo estaba en Brasil. Además, esta vez no hubo curiosos mirando desde afuera con sus heladeritas llenas de bebidas y sillas playeras, como sí sucedió con la visita de David Guetta del año pasado. En 2013, el mayor evento musical del este fue en un lugar oculto y protegido por una gran cadena de seguridad. El acceso tampoco era fácil: hubo desesperantes colas de tráfico en un desfile de matrículas internacionales.

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Las filas de autos comenzaban un quilómetro antes de la laguna Escondida y se extendían uno más allá. Ingresar finalmente al predio era aun más complejo. Antes de entrar había que pasar por varias líneas de seguridad compuestas de muchos brasileños y algunos uruguayos.

Las normas eran tan estrictas que al mismo Fatboy Slim casi no lo dejaron ingresar al predio los agentes de seguridad brasileños, según pudo saber El Observador. La brecha idiomática fue salvada por uno de los asistentes del espectáculo.

Con Norman Cook (tal su nombre original) en las bandejas, apenas pasadas las 21 horas comenzó el set de dos horas y media rigurosas del nacido en Brighton. El público lo recibió con ovaciones y comenzó a bailar como pudo chocando entre la gente y la arena. Todos los asistentes, incluso los que se encontraban al final del predio, bailaron por igual.

En el set de Fatboy Slim, cada una de las mezclas contiene al menos una pizca de un tema conocido, suyo o prestado, que hace que una simple y terrenal base de electrónica se convierta en un momento de gloria musical. Así sonaron desde Queen a Adele, pasando por Dr. Dre y La balada del pistolero, esta última acompañada por palmas masivas que iban con la percusión. Incluso se animó a sonar tímidamente un Call Me Maybe (el tema del verano, de Carly Jae Repsen).

Lo que queda claro al ver a Fatboy Slim en vivo es su poder arengador. El público es su cómplice en todo momento, algo bastante más lejos del concepto de espectador. Desde los primeros beats, por supuesto, el público se agolpó sobre las vallas que separan a la VIP del resto y bailó como si de un festival se tratara.

La postal de la noche fue ver al DJ con sus brazos al cielo recibiendo las palmas y el ritmo de sus bandejas. Alrededor suyo, las espectaculares visuales merecen un párrafo aparte. Desde formas y colores hasta retazos de videos se intercalaban con imágenes filmadas en vivo del DJ. Y no solo ilustraban la música en imágenes y daban algo para ver a los que se encontraban en el sector trasero del predio, sino que fueron en parte lo que ayudaron –junto con el DJ y su música– a resignificar el espacio. Por momentos, laguna Escondida dejó de ser ese lugar exclusivo y se transformó en una verdadera fiesta rave, como de cualquier otra parte del mundo. Los lásers danzantes al ritmo de la música terminaban de darle el espectacular marco.

Hacia el final sonaron retazos de sus éxitos, como Right Here Right Now, Praise You o Get Naked. Pero los temas funcionaron apenas como parte reconocible de una composición musical nueva, especialmente armada para el concierto en vivo.

Fatboy Slim comenzó su noche pidiendo a través de una voz robótica la clásica levantada de manos (Put your hands up in Uruguay decía el loop) y, como fiel futbolero, términó despidéndose con la camiseta celeste. La posta en las bandejas fue enseguida tomada por otro DJ, aunque muchos optaron por comenzar la larga vuelta. La gran visita del verano ya estaba de regreso en su camerino.

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