Estilo de vida > Mirá el video

Una vida en el mar: la historia de Ariel González, pionero del surf uruguayo, exguardavidas y escritor

El mar se convirtió en su segundo hogar y su vida estuvo marcada por las olas que remontó en playas de todo el mundo

Tiempo de lectura: -'

18 de enero de 2019 a las 05:01

Algunos lo llaman Veterano, otros le dicen Yunga. Hay cinco personas que le dicen papá, y hay muchísimas más que le dicen leyenda. El resto, los menos, le dicen Ariel, a secas. Más allá de la cercanía, todas las variantes comparten un elemento: el respeto por su historia de vida. Todos quienes lo nombran saben lo que hizo, cómo lo hizo, el legado que deja y el valor de su palabra. Lo saben. Pero lo que todas esas personas tal vez no sepan –aunque puedan aventurarlo– es que quien de verdad conoce cada rincón de su alma es el mar, el he’e nalu o el agua que corre. Si hubo un momento y un lugar en que el Veterano, Yunga, papá o Ariel se transformó en el hombre que estaba destinado a ser, fue allí, balanceándose de de ola en ola, aprendiendo del frío y la soledad, sintiendo como la libertad le abría el pecho y los mares del mundo pasaban bajo su tabla. Él, en el agua, fue feliz, y lo fue más todavía cuando la pasión por ella se reflejó en sus hijos, cuando la sangre tiró y los contagió. No es necesario que lo aclare; está tan presente en su voz, arrugas, piel y movimientos, que es demasiado evidente: es un hombre de mar.

Pero ahora Ariel González Testen está en tierra firme, sentado en una silla de PVC verde oscuro, en el patio de su casa del caluroso Shangrilá. Es mediodía y si el hombre de 73 años no estuviera preparándose para contar su historia, estaría preparándose para su rutina de nado diario. A su alrededor, el patio en el que se encuentra resulta familiar. Seguramente lo sea porque fue la inspiración de uno de los escenarios del libro El hermano mayor, escrito por el uruguayo Daniel Mella, uno de los mejores títulos de la literatura nacional reciente. ¿Y esto porqué? Para empezar, porque Mella es uno de los cinco hijos del matrimonio de Ariel González y Norma Mella. ¿Al Veterano, entonces, lo saludan a donde va por ser su padre? Él, seguramente, dirá que tiene que ver, porque su familia es su mejor logro. De hecho, lo dice: “Mis seis mejores olas son mi familia”. Pero no. González es Yunga, el Veterano, la leyenda, porque fue pionero del surfing local y el primer uruguayo en competir a nivel internacional. Nadie vino antes, todos tuvieron su influencia.

Entonces, González es una de las voces más experientes del surf uruguayo, una de sus figuras más representativas y un docente nato que se preocupó por enseñar todo a sus hijos y a quienes quisieran escucharlo. Además, también es escritor y fue guardavidas, claro, porque si no no sería parte de este especial. O sí, porque, ¿no es el Veterano, a fin de cuentas, uno de los hombres que más sabe del espíritu de las aguas locales?

Beach boy

En el cruce de las calles Francisco Muñoz y Miguel Barreiro, barrio Pocitos. Allí se crió, allí vivió, con la playa a cinco cuadras, vigilado de cerca por el mar. De todos modos, había más estímulos: sus dos padres eran nadadores de aguas abiertas; su padre, incluso, competía a nivel nacional. Pero a contracorriente de los genes, optó por el básquetbol, un deporte ideal para su elongado y atlético cuerpo. 

Fue así que jugó algunos años en el club Tabaré, hasta que llegó a su casa un misionero mormón desde la soleada California. Su familia practicaba la religión y era usual tener ese tipo de intercambios. La diferencia fue que entre la Biblia y el Libro del Mormón, el misionero tenía una revista Surfer. Era el año 1964 y Ariel González tenía 17 años. 

“Yo no entendía bien qué hacía esa gente parada en las olas. Era muy emocionante. Corrí a la casa de mi cuñado Jaime y le mostré la revista. Y enseguida empezamos a incursionar en el surfing”, cuenta Yunga, mientras muestra el antiguo pero impecablemente conservado ejemplar de la revista.  

Su primera tabla fue la puerta de un ropero. En su casa había un altillo y en él, un armario viejo que su padre habilitó para el desarme. La moldearon según estipulaba la revista y se tiraron al agua. Pronto comenzó a generarse un grupo de entusiastas que buscaban mejorarse mutuamente y entusiasmarse con un estilo de surf que tenía más que ver con lo que hacían los antiguos hawaianos, que con los californianos contemporáneos y su parafernalia de Malibú. Pero a pesar de estos nuevos aires de libertad, debieron pasar varios obstáculos.

“Hubo que romper un montón de códigos, incluso oficiales. La prefectura nos llevaba detenidos, porque con bandera roja no te podías meter. Los guardavidas miraban para el otro lado o estaban en el agua con nosotros surfando. Nos confiscaban las tablas. Y también estaba muy desvirtuado socialmente. Cuando empecé, yo era el groncho del barrio, hubo gente que hasta me dejó de saludar. Nos costó bastante romper todo eso, pero la pasión lo pudo”.

Con los años, González comenzó a mantener correspondencia con un fabricante de tablas peruano, y gracias a su contacto logró competir en Perú en un campeonato mundial, donde aprovechó para aprender de los mejores. De allí, no paró más: siguió viajando y hasta fue invitado por uno de los campeones hawaianos a visitar aquella parte del Pacífico. Allí se quedó, feliz, en aquel universo que había descubierto por casualidad, remontando las olas más grandes de su vida.

“El surfing toca un botón primitivo y ancestral que tenemos todos los humanos. Antes éramos recolectores y cazadores, buscábamos el sustento. Por eso nos mueve buscar la mejor ola, la más grande, la que nos pueda desafiar. Tiene mucho de caza y de danza. Yo, con 52 años de surfing, cada vez que voy a la playa encuentro algo diferente. Un mensaje”.

Guardavidas nato

En el año 1971, tras su vuelta de Hawai, Yunga quiso formar una familia con Norma y por eso se puso en búsqueda de nuevas fuentes laborales. Así le surgió la posibilidad de ser salvavidas en la playa mansa de Malvín, donde estuvo cinco años. Sí, leyó bien: salvavidas, no guardavidas. En aquellos años, la labor de los vigilantes de la playa era exclusivamente asistencial, no se dedicaban a prevenir, algo que hoy es esencial en su función. González fue parte de la última generación.

“El guardavidismo en sí, nace con el espíritu del surfista. El surfista es solidario, él sabe el potencial que tiene el mar y su peligrosidad, conoce la preparación que se debe tener para mantenerse en el océano. El surfista, en sí, es un guardavidas potencial”, dice. 

El surf le dio a González el oficio de saber leer la playa al detalle, de entender mejor que nadie los cambios del viento, la disposición de las mareas. Con esas herramientas pudo realizar varios salvatajes en su carrera como rescatista profesional, incluidos algunos realizados de manera amateur en La Paloma junto a sus hijos, donde la familia iba a pasar los veranos de diciembre a febrero. “El guardavidismo no se fabrica, es vocacional. Sea cual sea la situación, sea un rescate solitario o múltiple, tenés que ir”.

El docente

El Veterano se las arregla para que su voz pausada y amable permanezca. Hasta las tablas dispersas por su patio –tablas que, de vez en cuando, sigue usando– parecen escucharlo con atención. El hombre tiene la práctica de la docencia, el lenguaje de alguien que sabe cómo enseñar. Seguramente por eso su familia haya heredado tantas de sus características; todos sus hijos hacen surf, y tres de los hombres, además, también fueron o son guardavidas.

Así como él transmitió su esencia a la familia, también vivió el proceso inverso. Como su hijo Daniel, Yunga comenzó a publicar libros relativos al surf y hoy ya tiene cuatro títulos con su firma. Dice que lo único que quiere con ellos es intentar que los jóvenes entiendan y se apasionen por el mar tal y como él lo hizo a los 17. Quiere que todos lo vivan igual. 

“Daniel, mi hijo el escritor, me decía que casi siempre el humano escribe cuando siente la necesidad de contar y transmitir algo a los demás. Eso fue lo que me pasó. Surgió de las emociones tan fuertes que viví en la etapa del surfing, de lo que me dio el mar, de tratar de transmitir a los demás lo que puede ser el mar en la vida del humano, cómo puede transformarlo”.

Playa Sola, editado a fines de 2018, es un homenaje a su hijo Sebastián, compañero de surfing y de viajes por el mundo. Sebastián murió en 2014, en medio de una tormenta en Santa Teresa. Como su padre, también era guardavidas y, sobre todo, un alma libre entregada al mar. Un surfista de alma.

“Los surfistas de alma buscan su playa, están en contacto con la naturaleza, con el baño interior que el mar provee. Puede sonar cursi, pero se sale purificado. Espero que mis libros sean una gotita, que el que los lea se levante más temprano y quizás vaya hasta la playa a ver si siente algo de esto. Si lo logro, estaría bárbaro”.

Este artículo es parte de la serie Bandera roja. Historias de guardavidas de la costa uruguaya. 
 

REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Si ya sos suscriptor Member, iniciá sesión acá

Cargando...