En el tercer episodio del ciclo Revolución Plateada, impulsado por El Observador junto a Alcance Servicio de Compañía, el foco se puso en una de las dimensiones más profundas del envejecimiento: el cuidado.
Bajo el título “El arte del cuidado, el respeto y la empatía en la madurez”, la conversación reunió a la conductora Victoria Rodríguez y al doctor en Filosofía Miguel Pastorino para reflexionar sobre los desafíos éticos, culturales y humanos de una sociedad que vive cada vez más.
El punto de partida es claro: la longevidad dejó de ser una promesa para convertirse en un hecho. Pero esa extensión de la vida abre nuevas preguntas. ¿Cómo queremos vivir más años? ¿Qué lugar ocupan los vínculos? ¿Y cómo se redefine el cuidado en un contexto marcado por el individualismo?
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El desafío del individualismo en la vejez
Pastorino advirtió que uno de los principales problemas contemporáneos es justamente esa tendencia a la hiperindividualización. “En una sociedad donde prima lo individual, envejecer se vuelve problemático”, señaló. A su entender, el debilitamiento de los lazos comunitarios impacta especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad, como la infancia y la vejez, etapas donde la dependencia del otro es inevitable.
En ese sentido, el filósofo subrayó una idea central al afirmar que el ser humano nunca es completamente autónomo. “Somos lo que somos gracias a los otros”, sostuvo. Sin embargo, la cultura actual empuja en sentido contrario, promoviendo la autosuficiencia como valor supremo y relegando el cuidado a un segundo plano.
La cultura de la aceleración y sus efectos
La conversación también abordó el impacto de la aceleración contemporánea. Pastorino retomó conceptos del sociólogo Hartmut Rosa para explicar cómo la multiplicación de experiencias posibles genera ansiedad y frustración. “Queremos vivir muchas vidas en una sola, y eso es imposible. Entonces aparece el sufrimiento”, explicó. Frente a ese escenario, propuso un cambio de enfoque, en lugar de preguntarse qué hacer, empezar a definir qué no hacer para poder identificar lo verdaderamente importante.
Y lo importante, insistió, termina siendo siempre lo mismo, los vínculos. De hecho, recordó la experiencia del médico Marcos Gómez Sancho en cuidados paliativos, quien señala que, al final de la vida, el mayor arrepentimiento de las personas no está vinculado a logros materiales, sino al tiempo no compartido con quienes amaban.
El cuidado como principio ético
Desde esta perspectiva, el cuidado deja de ser solo una práctica para convertirse en una ética. “Cuidar es reconocer al otro como alguien con un valor que no cambia”, sostuvo Pastorino. Incluso en situaciones de deterioro cognitivo, donde la identidad parece desdibujarse, el cuidado implica sostener la dignidad del otro más allá de sus capacidades.
Este punto conecta con una noción clave, la dignidad humana como valor inherente. Inspirado en la tradición filosófica de Immanuel Kant, el entrevistado recordó que las personas no tienen precio, sino dignidad, y que esta no se pierde bajo ninguna circunstancia. Ese principio, consolidado tras tragedias históricas como la Segunda Guerra Mundial, es el fundamento de los derechos humanos contemporáneos.
En ese marco, la empatía y la compasión adquieren un rol central. Mientras la empatía permite comprender el dolor del otro, la compasión implica dar un paso más: hacerse cargo, involucrarse, actuar. “Es padecer con el otro”, explicó Pastorino, destacando que se trata de una experiencia profundamente humana y no de un gesto superficial o asistencialista.
La charla también puso sobre la mesa las tensiones en torno al cuidado cotidiano. ¿Hasta dónde acompañar sin invadir? ¿Cómo evitar el sobrecuidado que anula la autonomía? Para el filósofo, el desafío está en encontrar un equilibrio que respete la singularidad de cada persona y su historia de vida.
En un contexto donde el cuidado tiende a profesionalizarse y externalizarse, Pastorino reivindicó también el valor de la comunidad. Recordó que, en otras épocas, el sostén era más colectivo, mientras que hoy muchas veces se terceriza por falta de redes. Recuperar esos vínculos —familiares, amistosos, barriales— aparece como una de las claves para enfrentar el desafío de la longevidad.
Hacia el final, la conversación dejó una idea que atraviesa todo el ciclo: la revolución necesaria no es solo estructural, sino también individual. “Volver a preguntarnos qué es lo importante”, sintetizó Pastorino.
En definitiva, el envejecimiento no es solo una cuestión biológica ni un problema a resolver. Es, sobre todo, una oportunidad para repensar el sentido de la vida en común. Y en ese camino, el cuidado —entendido como reconocimiento, vínculo y responsabilidad— se vuelve un eje central para construir una sociedad más humana.