18 de mayo 2024
14 de agosto 2023 - 21:59hs

Un fantasma recorre la Argentina. Y no es el del comunismo, claro. Es la sorpresa política llamada Javier Milei, el economista de los pelos revueltos, el de los discursos a los gritos y el de las ideas provocadoras.

El que encarna esa mezcla de Jair Bolsonaro y Donald Trump argentino que viene ahora a sacudirlo todo.

Ninguna encuesta había pronosticado que Milei pudiera atravesar el 30% de los votos. Lo habían proyectado como la gran novedad a principios de año, es cierto. Lo habían lanzado al estrellato y Javier se mostraba como el chico terrible que asustaba a la clase política, y también a los empresarios con sus propuestas rupturistas. Su bandera era la dolarización.

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Milei llenaba los teatros mientras sonaban los rocanroles de La Renga. Iba a los programas de la tele y navegaba por las redes sociales desafiando a quienes lo corrían con el toro de la racionalidad.

Podía pavonearse con las teorías de Von Hayek, llevar el liberalismo al extremo de promover la venta individual de los órganos o declarar que su candidatura presidencial se la debía al espíritu de su perro Conan. Dormía con cinco de esos animales. Y nada le importaba, porque no tenía nada que perder.

Sus víctimas propiciatorias eran los dirigentes políticos. Sobre todo los que llevaban demasiados años trabajando en el Estado. Lo hicieran mal o bien. No los criticaba. Los insultaba o los maldecía. La casta, los bautizó. Y buena parte de la sociedad, cansada del país de los fracasos, le celebró la ocurrencia.

Ya no eran solo los chicos ricos con tristeza de las universidades privadas. El germen Milei comenzaba a contagiar a los jóvenes de los barrios bajos. A los repartidores de Rappi, a los copitos del conurbano y, especialmente, a los que no tenían trabajo.  

La llegada de Sergio Massa al Gobierno y la confrontación suicida de Juntos por el Cambio le facilitaron las cosas. Porque hubo un momento en el que pareció que Milei salía de escena. Demasiado loco para encarnar un sueño de recuperación para la Argentina. Empezó a desplomarse en los sondeos y desapareció de las home page de los sitios de noticias. Su apellido ya no era el que todos los días se transformaba en tendencia de Twitter.

Pero Massa, a caballo entre el ministerio de Economía y su proyecto presidencial, le abrió un sendero para volver a ocupar los primeros planos. Le trajo la inflación y le trajo la disparada del dólar. Le trajo una negociación eterna y mal terminada con el Fondo Monetario, y el dólar soja, el dólar Qatar o el dólar Coldplay para que Javier se divirtiera. 

Nunca le resultó tan fácil a un presidenciable volver a acomodarse en el trono del elegido.

Y como si los resbalones de Massa no fueran suficiente ventaja, Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta y Mauricio Macri le obsequiaron esa batalla impiadosa entre ellos que le abrió el camino hacia la victoria electoral del 13 de agosto.

Del jefe de gobierno porteño se ocupó personalmente, tratándolo de la peor manera y vinculándolo a los intereses más oscuros de la política.

De Bullrich y de Macri se burló aceptando sus acercamientos de seducción. Los elogiaba y los confundía. Patricia lo invitó a una alianza de legisladores halcones en el Parlamento. Y Mauricio lo invitaba a tomar café.

Creyendo ambos que, con solo abrazarlo, se apoderarían también de sus votos recogidos entre los parias y los desencantados de las décadas kirchneristas. Se equivocaron. Milei sacó más votos que ellos y les arruinó la foto del triunfo.

“Vamos por todo y vamos a ganar en primera vuelta”, se envalentonó Milei sobre el escenario de la consagración en la medianoche del domingo. Allí estaba Victoria Villarroel, la cara contracultural de la derecha que el kirchnerismo jamás vio venir.

Y estaba Carolina Píparo, la candidata a gobernadora a la que habían asaltado, herido, le habían hecho perder a su bebé en gestación, y la que el macrismo no había querido abrigar en una lista de concejales de La Plata. Ahora se tomaba su revancha poniendo en riesgo la chance de la gobernación bonaerense para los cambiemitas.

Javier Milei es el monstruo que amenaza a Cristina y a Sergio; a Patricia, a Horacio y también a Mauricio.

Afincado en los tres tercios que algunos encuestadores anunciaron como el fin de la batalla entre kirchneristas y cambiemitas, se planta un par de puntos sobre ellos para desafiarlos a modificar el mapa político de esta Argentina sin defensas.

Un mapa que tiñó de violeta con victorias que fueron de Mendoza a Córdoba, y de Chubut a Jujuy. Los días que vienen serán una montaña rusa de sensaciones para la Argentina. Esa levitación adictiva a la que volvemos siempre.

El domingo de las PASO por la mañana, antes incluso de que los argentinos lo fueran a votar, Milei recibió un mensaje de Jair Bolsonaro. El polémico ex presidente de Brasil lo había grabado en su automóvil. Duraba 44 segundos.

Tenemos muchas cosas en común”, decía Bolsonaro, en un portugués rancio traducido al español en los videographs.

Lo posteó en las redes sociales para que todos supieran que lo suyo va en serio. Una señal inquietante para el continente en el que, de repente, surgieron Trump y el brasileño por derecha, lo mismo que el colombiano Gustavo Petro o el chileno Gabriel Boric desde la izquierda.

Milei, Bullrich y Massa son los tres emergentes de un tiempo diferente para la Argentina. 

Quizás, algo más lejos ahora de Macri y de Cristina. En el país de la libertad. El que cada vez tiene menos oportunidades de volver a ser aquel faro que iluminaba el sur del continente.

Las señales estaban ahí, al alcance de la vista.

Pero la sociedad obnubilada por la humareda de sus fracasos no lo vio venir. No lo vimos venir.

 

 

 

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