2 de enero 2026 - 13:43hs

El 30 de diciembre de 2004, Argentina cambió para siempre. La tragedia de República Cromañón dejó una herida abierta con 194 víctimas fatales y más de 1.400 heridos, convirtiéndose en el símbolo máximo de la impunidad, la falta de controles estatales y la codicia empresarial.

Hoy, a poco más de 21 años de aquel horror en el barrio de Once, el eco de los gritos y el humo negro cruza el océano para reflejarse en un escenario impensado: la exclusiva estación de esquí de Crans-Montana, en Suiza.

La devastación del bar 'La Constellation' durante este fin de semana de Nochevieja, que ya se ha cobrado la vida de al menos 40 personas, nos devuelve una imagen aterradora: la negligencia extrema no es un mal exclusivo de Latinoamérica; es una sombra que acecha allí donde el lucro se antepone a la vida, sin importar el código postal.

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El detonante: la bengala y el lucro

Es imposible no sentir un escalofrío al leer las crónicas que llegan desde los Alpes. Lo que en 2004 fue una bengala en un recital de rock, en 2025 fue una bengala en una botella de champán.

En ambos casos, el ritual de la celebración se antepuso a la seguridad mínima.

El bar 'La Constellation', un enclave de lujo habitualmente frecuentado por figuras internacionales, falló en lo más básico: permitir pirotecnia en un espacio cerrado para alimentar el espectáculo del consumo.

La arquitectura de la muerte: materiales y trampas

El punto de mayor coincidencia es la trampa estructural. Los testimonios de los supervivientes en Suiza describen una escena calcada a la de Once:

  • La propagación: El techo comenzó a arder cuando las llamas alcanzaron el material de aislamiento acústico. En cuestión de diez segundos, la gomaespuma devoró el local.

  • Las víctimas atrapadas: La descripción de una "puerta de salida muy pequeña para la cantidad de gente" y una "estampida humana" en una escalera estrecha es el relato de una muerte anunciada. Al igual que en Cromañón, las víctimas se encontraron atrapadas en una cámara de gas y fuego, donde la única salvación para algunos fue romper una ventana ante la insuficiencia de las vías de evacuación.

El mito de la infalibilidad europea

Suele caerse en el lugar común de pensar que en Europa los controles estatales son infalibles. Sin embargo, lo ocurrido en el cantón de Valais deja al descubierto que los "agujeros negros" en la fiscalización son universales.

¿Cómo es posible que un local de renombre internacional no contara con revestimientos ignífugos o salidas proporcionales a su capacidad?

La desidia institucional y la "vista gorda" ante el flujo turístico demuestran que la tragedia no distingue entre el tercer mundo y el corazón de Europa.

Lo que se pudo evitar

Lo más doloroso de los cuerpos que hoy las autoridades suizas intentan identificar mediante ADN es que, al igual que los 194 de Cromañón, sus muertes eran evitables. No fue un accidente; fue el resultado de decisiones humanas conscientes: permitir fuego en interiores, mantener materiales inflamables en los techos y operar con salidas estrechas que subestiman la vida humana.

En Europa también ocurre

Esta tragedia en Crans-Montana despoja a Europa de su supuesta inmunidad ante la desidia. Nos demuestra que el riesgo es global cuando el control ciudadano se relaja. Cromañón no fue solo un trauma argentino; fue una advertencia que el mundo desarrollado decidió ignorar, creyéndose a salvo tras sus fronteras de bienestar.

Hoy, las montañas suizas lloran lo mismo que Once: vidas perdidas por el desprecio a las normas de seguridad.

La corrupción y la negligencia son apátridas, y este desastre es la prueba final de que nadie está a salvo mientras una salida de emergencia sea vista como un estorbo para el negocio.

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