23 de diciembre 2025 - 14:00hs

Javier Milei tiene suerte.

La consultora deja a un costado sus estadísticas. Ella también es una adoradora de Chat GPT y de Gemini. Pero se rinde ante las evidencias del presente.

Y repite, con una sonrisa que no puede ocultar la derrota. Javier Milei tiene suerte.

Es cierto que la apuesta al equilibrio fiscal sin anestesia fue toda de él. Como la de jugar tan fuerte por el alineamiento con Donald Trump y con Israel.

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Está claro que ahí no intervino la suerte.

Pero ¿y el susto de la sociedad argentina después de la tragedia electoral de septiembre frente al kirchnerismo? Eso tampoco parece ser suerte.

Bueno, por alguna razón los argentinos frenaron en seco el 26 de octubre y prefirieron encender el incienso para ahuyentar un país condenado otra vez al laboratorio fallido de Cristina Kirchner, o al viejo testamento económico de Axel Kicillof.

Por eso, Milei tiene una nueva oportunidad.

Con el horizonte absolutamente despejado. Con el peronismo contra las cuerdas, dándole los votos para que el fenómeno barrial avance con el Presupuesto y con la reforma laboral, nada más y nada menos.

Aunque tropezando en las madrugadas peligrosas del Congreso. Como lo volvió a pasar en estos días con ese artículo 11, cuando no consiguió los números necesarios para resolver a su gusto la financiación universitaria y el punto sensible de cómo tratar la discapacidad.

De todos modos, esta vez prefirió no dar marcha atrás. “No voy a vetar el Presupuesto”, le dijo Milei a Luis Majul en LN+. Y explicó que va a acomodar las partidas presupuestarias para no salirse del déficit cero.

Así debería haberlo resuelto en los dos años anteriores.

De todos modos, Javier Milei deberá progresar un poco más despacio con la ley que no pudo sancionar Raúl Alfonsín en los ’80, aquella “Ley Mucci” por la que la CGT le hizo 13 paros nacionales.

La misma legislación con la que tampoco pudo avanzar Mauricio Macri, acusado del pecado de la “flexibilidad laboral”.

El gobierno de Javier Milei, salvo error o impericia, tendrá la ley de reforma laboral aprobada antes del 1º de marzo. Antes del discurso ante la Asamblea Legislativa en el que debería delinear su plan para ir por la reelección y quedarse ocho años en el poder.

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Y este es el dato clave de estos tiempos.

La reforma laboral está llamada a ser el último eslabón de la batalla macroeconómica.

La ley de Javier Milei va a bajar los costos de la indemnización, va a poner en marcha la rebaja de los aportes patronales y librará una tremenda pulseada con los sindicatos peronistas por la llamada “ultraactividad”, el instrumento legal que diseñó Juan Domingo Perón para que el peronismo sea amo y señor por décadas de los feudos gremiales en la Argentina.

Son los tres pedidos más importantes de los empresarios argentinos.

Sobre todo, por el costo de las indemnizaciones, una estaca en el corazón de las Pymes y de cualquier empresario que esté pensando en sumar empleados nuevos a su emprendimiento.

Si Milei logra que el Congreso le vota la reforma laboral, se habrá devorado a Mauricio Macri.

Habrá consumado uno de los objetivos que el ex presidente no logró coronar. Una de las espinas que lo desangraron para que no pudiera conseguir la reelección. Y fuera derrotado nada más, y nada menos, que por Cristina Kirchner y su chirolita de turno, aquella vez corporizado en Alberto Fernández.

Cuando se hace el recuento, no se trata solo de la reforma laboral.

Desde Patricia Bullrich a Diego Santilli, y desde Guillermo Montenegro a Daiana Fernández Molero, Milei se ha quedado con la mayoría de los dirigentes competitivos del PRO que respondían a Mauricio Macri.

Se quedó con los votos y con la narrativa. Con la amistad de Donald Trump al ritmo de YMCA y los servicios burocráticos de Toto Caputo y de Fede Sturzenegger. Esa sí que Mauricio no la vio venir.

Ni siquiera el cargo de la Auditoría General de la Nación, que Macri le había prometido al economista y experto en temas laborales, Jorge Triaca, podrá quedar en manos del PRO. Milei los ha subastado en el mercado de los acuerdos con el kirchnerismo. Duro pero real.

Como Mauricio, Javier también superó la valla de las elecciones legislativas de medio término. Pero lo ha hecho solo, casi sin ayuda, salvo de la hermana Karina.

Sin el caparazón de Juntos por el Cambio. Sin la protección política de una coalición, como dicen los expertos que hay que hacerlo para poder seguir creciendo en el futuro.

Pero Milei es así. Le gusta apostar a todo o nada. Y hasta ahora le va bien.

Mientras se devora a Macri, los empresarios y la sociedad argentina empiezan a centrar sus expectativas en el próximo obstáculo de Milei.

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¿Podrá ser Carlos Menem?

¿Podrá durar más de los obligados primeros cuatro años en el poder?

Los empresarios españoles, como el resto de los ejecutivos europeos y también los estadounidenses, plantean el mismo salmo antes de mover sus euros y sus dólares hacia cuentas bancarias en Buenos Aires.

“Queremos saber si Javier Milei es de cuatro o de ocho años”. Esto es, lisa y llanamente, que quieren asegurarse si el libertario que tanto los cautivó desde el principio podrá aspirar a otro mandato en 2027.

La ecuación es simple. En términos argentinos, la incógnita pasa por determinar si Javier Milei, que ya está sobrepasando a Macri, podrá convertirse en una suerte de Carlos Menem, el presidente que fue reelecto, resistió diez años y puso en marcha una transformación económica sostenida en un alud de privatizaciones y más de 100.000 millones de dólares de inversión extranjera directa. ¿Lo logrará Milei?

La zona de promesas de Milei incluye el RIGGI, el avance del gasoducto, los barcos para transportar GNL y los 30.000 millones de dólares que vaticinan los petroleros y los mineros. Otro campo para 2029.

Y está claro que Milei no quiere que sea otro el beneficiario de semejante herencia. Si él hizo el sacrificio del ajuste inicial, también quiere ser quien disfrute del paraíso financiero que la Argentina ya conoció brevemente con el menemismo y con la soja a 600 dólares la tonelada que tuvo en bandeja (y finalmente desperdició) Néstor Kirchner.

Está muy claro también que es lo que debe hacer Javier Milei para aprovechar la oportunidad.

Después de la reforma laboral y de los cambios impositivos del próximo semestre, el Gobierno tendrá que hacerle sentir a los argentinos que también son parte de la mejora.

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Que el fenómeno Milei les llega a sus bolsillos.

A través de un repunte en sus salarios, y en sus jubilaciones.

A través de una oferta más amplia en el empleo y de mayores incentivos para los emprendedores. A través de créditos hipotecarios más accesibles, a tasas mucho más bajas que las actuales, que les permitan a los argentinos de a pie poder refaccionar sus casas y hasta comprar una nueva.

Es lo que sucedió con Menem, con un costo social demasiado alto. Y hasta un poquito con Kirchner, pero financiado con el déficit fiscal que se fue transformando en la guillotina del futuro.

Si Milei logra atravesar el camino que va de ser el campeón de la macroeconomía hasta convertirse en un competidor exitoso de la microeconomía, tendrá a la vista el premio de la reelección presidencial.

Claro que no es fácil. Hoy tiene la ayuda inestimable de que no hay adversarios temibles a la vista. Todos están afuera del rating electoral o condenados con tobillera en algún balcón olvidado de Constitución.

Pero no hay que tentar a la suerte. Esa que dicen los consultores que siempre acompaña a Javier Milei.

Macri tampoco tenía adversarios a la vista y una mañana, en un video de YouTube, Cristina Kirchner le mostró que podía derrotarlo hasta con la candidatura de un abogado patético.

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