Invulnerables, incombustibles, indestructibles.
Así son los dirigentes políticos en ciertos momentos de sus trayectorias. El daño que intentan hacerles siempre regresa más potente contra sus enemigos. Y los errores o las debilidades, por más evidentes que resulten, no los doblegan. Al contrario, aunque parezca increíble, los fortalecen.
Es el caso de Javier Milei en la Argentina y el de Pedro Sánchez en España. Son milagros diferentes.
El libertario argentino está disfrutando su luna de miel pasado el primer año de gobierno. Ha logrado bajar la inflación del 25% a menos del 3% mensual y ha sacado a los piqueteros que cortaban las calles principales de Buenos Aires con solo desfinanciarlos. La bonanza no se siente todavía en los salarios ni en las jubilaciones, pero los números positivos del economista excentrico vuelan en las encuestas.
Por eso, es muy posible que de continuar surfeando esta ola gane con amplitud las elecciones legislativas de 2025.
No importa que en doce meses haya echado de sus puestos a un centenar de funcionarios, ni que se pelee de a ratos con el Papa Francisco, otro argentino de altísima relevancia, o que acuse de traidora a su popular vicepresidenta, la cayetana Victoria Villarruel. Nada le hace mella a Milei. Las flechas que le lanzan para herirlo lo vuelven invencible. Un aura que atemoriza a sus adversarios.
Hace treinta años, cuando Milei recién pasaba los veinte, Carlos Menem era quien disfrutaba el poder en la Argentina. Hacía y deshacía. Le habían regalado una Ferrari roja para que dejara volar una de sus tantas pasiones: el automovilismo. Y el caudillo peronista manejaba el fantástico coche italiano hasta Pinamar, el balneario atlántico de moda, a 250 kilómetros por hora.
Para Menem no había multas por exceso de velocidad ni castigo social. La sociedad, aturdida, lo celebraba. Y el hombre no paraba de ganar elecciones. Así gobernó diez años. Milei quiere imitarlo.
Baila al son de Village People con Lara Trump en el Hilton de Buenos Aires y la Argentina celebra. Son tiempos, también para Milei, de Ferrari roja.
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Cerca de los Pirineos, lejos de la DANA
Claro que el realismo mágico hace rato que dejó Macondo y atravesó el océano para instalarse en Europa.
Ahí está Pedro Sánchez que va para seis años de gobierno en España. Cambiando de aliados como de camisa.
Del estado de bienestar chavista de Pablo Iglesias e Irene Montero al glamour progre de Yolanda Díaz. Un día abrazando y al otro escupiendo a los separatistas catalanes o a los vascos nostalgiosos de la ceguera etarra. Siempre parece que va a ser derrotado. Y siempre gana.
Pedro no tiene la Ferrari roja de Menem que tanto quisiera Milei. Pero puede subir a los Pirineos un mes después de la peor tragedia del siglo en España y montarse en su tabla de snowboard para deslizarse indiferente por la montaña.
La DANA es para Sánchez apenas un mal recuerdo, con ríos incontenibles y 220 muertos que parecen no haberlo afectado en absoluto. Ha bajado un poco en las encuestas, es cierto, pero nada indica que puedan destronarlo de la Moncloa. Va por la nieve como por el poder. Apenas moviendo la cintura para no perder el equilibrio.
Sus enemigos le envidian ese corazón inexpugnable. Ese rostro duro, impasible, para soportar los insultos cada vez más frecuentes en las calles o para hacerse acompañar de Begoña Gómez, su esposa influyente entre los empresarios, como si sus próximas declaraciones ante la Justicia puedan convertirse en una medalla y no en ese gran oprobio de las democracias.
A la sombra de la incertidumbre
Javier Milei sueña con exportar su modelo político y markerting agresivo al resto del planeta. Y tal vez esté logrando algo de eso. Lo aplaude Donald Trump y lo bebotea Giorgia Meloni.
Un grupo de dirigentes en Francia acaba de lanzar un partido al que bautizaron mileirista. Sus seguidores se entusiasman, pero faltan tres años para que finalice su primera experiencia de gobierno en la Argentina, el laboratorio global más perfecto del fracaso.
Pedro Sánchez conduce su gestión como Cristóbal Colóin viajando a las Américas, sin saber si más allá están los tesoros del Catay o el misterio de un infierno envuelto en llamas.
Por las dudas, matiza los días interminables de navegación pasando amigos y enemigos por debajo de la quilla. Prefiere morir en el naufragio antes que hacerlo a manos de cualquiera de ellos.
El año que comienza está iluminado con el farol tenue de la incertidumbre.
Donald Trump asume el 20 de enero con las promesas de expulsar a los inmigrantes ilegales de EEUU, de frenar la invasión rusa a Ucrania sin que nadie pague las consecuencias y de comprar Groenlandia porque, el hombre ya lo sabe, lo que no se conquista siempre se puede comprar.
En esa nube de probabilidades Javier Milei y Pedro Sánchez juegan a ser los supervivientes.
Uno en América Latina, desde la derecha libertaria, y el otro en Europa, desde el socialismo en retirada. Tienen casi la misma edad. E idéntica determinación.
A la velocidad de twitter, Javier Milei. Con el desplazamiento del esquí, Pedro Sánchez. Uno de los dos verá sucumbir al otro. Solo uno quedará en pie.
Todo indica que el futuro cercano no tiene espacio suficiente para tantas ansias de protagonismo.