30 de agosto 2025 - 17:13hs

El sabor como herencia

Nuestro derrotero gastronómico por las diferentes regiones de España nos lleva esta vez a Extremadura. Allí, la comida nunca fue solo alimento: fue refugio, identidad y resistencia.

Cada plato lleva incrustada la huella de siglos que cobijan carencias, trashumancias infinitas y mesas humildes que, a fuerza de ingenio, estaban tejiendo una cultura para siempre.

Aquí no se cocina para impresionar, se cocina para recordar.

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El pan que se resistió al olvido

Si hay un plato que condensa el espíritu extremeño son las migas. Nacieron como alimento de pastores errantes que, con pan duro, panceta, pimientos y uvas, creaban un festín de lo cotidiano.

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En Extremadura siguen siendo rito de invierno y desayuno de jornaleros, pero también plato de restaurante con reinterpretaciones creativas.

Comparadas con las migas manchegas, aragonesas o murcialas, las extremeñas mantienen un carácter más contundente y van acompañadas muchas veces de torreznos o sardinas asadas.

Eso sí, comparten la misma raíz de aprovechar los restos de pan viejo, agua, creatividad y paciencia.

La fiesta en la olla

La caldereta de cordero es la celebración de la vida rural. Plato de pastores, se cocía en grandes ollas de hierro durante matanzas, bodas o fiestas patronales. No hay romería sin caldereta. El secreto no estaba en sofisticadas técnicas, sino en el fuego lento y el condimento justo.

Es un plato de celebración, pero también de territorio: el de la dehesa extremeña, donde pastan más de tres millones de ovejas y cabras, y donde la carne es emblema de economía y cultura.

Su parentesco con los estofados castellanos o el calderete de navarro es evidente, pero la caldereta extremeña tiene un sabor profundo que le da el vino de pitarra - elaborado a partir de una mezcla de uvas blancas, pero que presenta un color ámbar que podría confundirse con un vino tinto -, y la fuerza del pimentón de La Vera, ese condimento que por sí solo merece un capítulo aparte en nuestros relatos.

Hoy sigue siendo el plato de los domingos familiares y de las reuniones al aire libre, un guiso que convoca a todos alrededor del fuego.

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Quesos y embutidos: Productos gourmet en estado puro

Si algo define la producción de alimentos de la región, son sus quesos y embutidos. La Torta del Casar, de textura cremosa y sabor intenso, es uno de los quesos más premiados de Europa. Se corta como si fuera manteca y se come a cucharadas . El Queso de La Serena rivaliza en personalidad, elaborado con leche cruda de oveja merina. Ambos son joyas de exportación que han colocado a la región en la cima del universo quesero.

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Y, por supuesto, el jamón ibérico de Dehesa de Extremadura, con Denominación de Origen, que rivaliza sin temor con el de Guijuelo o Jabugo. Cada año se producen más de 200.000 piezas, un manjar que representa lo mejor de la industria alimenticia extremeña.

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Dulces de convento: fe en azúcar

Los conventos extremeños fueron durante siglos “laboratorios” de repostería. Las perrunillas, los pestiños, los repápalos dulces - galletas o pastas - son recetas que combinan fe, gula y rezos.

pestiños

Elaborados con manteca de cerdo, miel y especias, conservan el sabor de la religiosidad. Estos postres siguen vivos en pueblos donde las monjas aún los venden tras las rejas de clausura, en un ritual que nos transporta a otros tiempos.

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Del campo a la mesa: la Extremadura del presente

Hoy, en un mundo obsesionado y demandante de innovación, la comida extremeña demuestra que lo sencillo sigue siendo universal. Los restaurantes de Cáceres han reinterpretado las migas y la caldereta en clave contemporánea, mientras los mercados internacionales reconocen la autenticidad del pimentón, el jamón y los quesos extremeños.

En pueblos como Trujillo o Zafra, las ferias gastronómicas son un mosaico de identidad: quesos, embutidos, vinos y aceites que muestran el orgullo regional. Las fiestas de la matanza popular, aún vivas en muchos pueblos, son rituales donde la comunidad se reúne en torno a la carne, el vino y la música. Comer, aquí, es siempre un acto colectivo.

En Almoharín, la capital del higo, se rinde culto a esta fruta humilde que hoy se exporta a medio mundo. El higo seco, relleno de almendras o bañado en chocolate, es el mejor ejemplo de cómo Extremadura convierte lo cotidiano en arte comestible. Allí se organizan concursos de postres y hasta cócteles con higos secos, un guiño divertido a un producto que ha sido sustento de generaciones y hoy se reivindica.

Hablar de comida extremeña es hablar de memoria colectiva, de historia y de herencia. En cada plato late la historia de campesinos, pastores y conventos que transformaron la escasez en símbolos gastronómicos. Hoy, esos mismos sabores son el reflejo de una identidad que se proyecta con sello propio. Su fuerza está en que no necesita disfraz, solo honestidad, sencillez y el sabor irrepetible de la tierra.

Entonces, ¿qué esperamos?. ¡A por ella!

Temas:

Extremadura migas quesos Guisos

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