En un mundo cuya vorágine y ritmo del cambio estructural son tan aturdidores, es fácil olvidarlo, pero en menos de cuatro años la década de 2020 ya nos ha dado dos de las peores crisis energéticas en la historia de la humanidad. Dicho eso, las crisis no han sido idénticas en sus efectos y, si bien la actual crisis en 2026 ha sido clasificada como el peor colapso del suministro energético global en la historia, medido por los volúmenes de exportación afectados, en nuestro hemisferio el impacto económico de las guerras ha sido menor del esperado.
Dicho de manera simple, las economías del continente han logrado llegar al 2026 relativamente mejor preparadas de lo que estaban en 2022, aun cuando el shock actual fue más intenso que el de ese año, lo que ha limitado el caos económico en las Américas. Revisemos la historia.
El choque de 2022 se desató con la invasión de Rusia a Ucrania en febrero de ese año, cuando el gigante ruso revivió el espectro de la guerra territorial en Europa. La invasión (que no obtuvo el cambio de régimen que Rusia imaginaba ocurriría rápidamente en Kiev) llevó a las naciones de Europa y del mundo occidental a imponer sanciones económicas y a la interrupción de buena parte del flujo de gas natural ruso a los mercados occidentales.
Aquella crisis, además, ocurrió en medio de la recuperación tras el fin de la pandemia y de grandes cuellos de botella que se estaban generando a lo largo de las cadenas de suministro global, generando grandes faltantes de recursos y fogoneando una inflación que solo empeoró con la guerra. La crisis en Ucrania empeoró significativamente una dinámica que ya venía viciada de problemas para la economía global, generando grandes problemas para las naciones en desarrollo, que habían sido las más afectadas por el declive económico que causó la caída de la actividad global en 2020.
La crisis de 2026 inició con el comienzo de operaciones militares en Irán por parte de los EEUU e Israel, que tuvieron como fin inicial generar un cambio de régimen en Teherán y acabar con las ambiciones nucleares de ese régimen. El conflicto, al igual que el de Ucrania, aún está en pugna y sin una clara resolución en el horizonte, pero el resultado ha sido devastador, generando la mayor crisis de suministro de petróleo de la historia, como muestra el gráfico de arriba.
En contraste con 2022, la economía global en febrero de 2026 se encontraba más estable, con la inflación desatada en 2021/2022 ya mayormente derrotada en las principales economías del mundo. El principal problema logístico ya no eran los desajustes generados por la pandemia, sino los efectos secundarios de la incertidumbre comercial que habían desatado la seguidilla de aranceles impuestos por los EEUU comenzando en 2025.
Una crisis más repentina y aguda
La diferencia fundamental entre la crisis actual y los episodios del pasado radica en la velocidad y el punto de partida. Como vimos arriba, a principios de 2026 los precios de los hidrocarburos venían de una trayectoria estable y hasta descendente, con una economía global que se encaminaba a un año normal, en contraste con la volatilidad de 2022 en plena recuperación postpandemia.
El estallido repentino de las hostilidades rompió esa tendencia de golpe, aumentando notoriamente en términos de impacto sobre el PIB regional el choque observado en 2022 cuando ponderamos el cambio del precio de las importaciones (energía, alimentos, fertilizantes, metales). No obstante, la transmisión de este shock a las economías latinoamericanas no ha sido uniforme.
El gráfico de abajo muestra para casi la totalidad de las economías del mundo el cambio porcentual en el índice del precio de las importaciones del FMI entre enero (mes previo a ambas guerras) y marzo (el primer mes completo de hostilidades). El mismo muestra que casi todas las naciones están más inclinadas hacia el eje del 2026 que el del 2022, mostrando que el cambio en el índice fue más agudo en la crisis actual que en 2022, dada la diferencia en las tendencias preguerra de ambos años.
Además, el gráfico muestra que hay una gran heterogeneidad para las naciones de la región, con los países del Caribe y Centroamérica siendo los más expuestos a cambios de precios dada su alta dependencia de importación de energía y alimentos, mientras que las naciones ricas en recursos naturales de América del Sur fueron las menos expuestas.
Dicho esto, detrás de estos indicadores de precios existen incontables historias humanas. El mayor costo de importación de fertilizantes, por ejemplo, ha ejercido presión sobre los agricultores brasileños, mientras que el encarecimiento de la energía ha golpeado los presupuestos familiares desde Chile hasta México. Este repunte energético desencadenó una súbita ola inflacionaria global; sin embargo, unos fundamentos económicos más sólidos que en 2022 y unas expectativas inflacionarias mejor ancladas han ayudado a contener, hasta ahora, una espiral inflacionaria fuera de control.
¿Por qué la región ha sido más estable esta vez?
La respuesta es sencilla: una posición de partida más sólida hace la diferencia. Un indicador claro de este respaldo del mercado es la evolución del índice EMBI de J.P. Morgan, que mide el diferencial de riesgo soberano de los países emergentes.
Desde el inicio de las hostilidades en Medio Oriente, el índice de riesgo de América Latina y el Caribe no solo ha caído de manera constante, sino que se ha desacoplado positivamente del promedio global emergente. En contraste, en 2022 la región se movió en sincronía con el resto del mundo de manera ascendente en un contexto de desconfianza en las finanzas regionales en un mundo que se encontraba emergiendo de la crisis de la pandemia.
Si bien este indicador está enfocado en la confianza del sector financiero sobre la estabilidad de la deuda pública de los países de la región, es útil como una variable para entender cómo el mercado sigue la salud de las economías en general.
El hecho de que de manera consistente desde comienzos de la guerra en Irán el promedio para América Latina se ha desacoplado del global es una señal de la confianza de los mercados en la región en un mundo sumido en guerra. También es el resultado de que la región ha hecho sus deberes desde 2022, conteniendo y anclando la inflación, recaudando reservas internacionales y corrigiendo muchos de los desfasajes fiscales que ocurrieron en el marco de la recuperación de la pandemia. En 2026, la región estaba mejor preparada, aun cuando el shock fue mayor en su intensidad.
El futuro se vuelve cada vez más incierto
A pesar de que el shock energético de 2026 fue más agudo que el de 2022, no se ha traducido aún en el evento disruptivo de escala sistémica que muchos temían. La economía regional ha demostrado una notable capacidad de encaje; sin embargo, los recientes escalamientos en el Golfo Pérsico recuerdan que los mercados energéticos globales no tienen asegurada una trayectoria descendente ni tranquila.
A esto se suman imprevistos geopolíticos y naturales de última hora. Un ejemplo claro son los daños indirectos sobre la infraestructura de exploración y producción petrolera en Colombia y Venezuela tras los tres sismos que azotaron a esos países recientemente. Similarmente, los efectos del fenómeno climático de "El Niño" ya se sienten en países como Panamá, donde el Canal de Panamá está con problemas de suministro de agua para el tránsito de embarcaciones, dificultando el comercio para la región.
El panorama futuro permanece abierto y desigual: mientras que exportadores de hidrocarburos como Argentina, Brasil y Guyana pueden encontrar oportunidades en los altos precios, importadores netos como Chile, Uruguay y América Central continuarán sintiendo el impacto en sus balanzas comerciales.
Dicho eso, mientras el conflicto y las crisis no escalen de manera descomunal, el anclaje de buenas prácticas que se ha dado en muchos países es la mejor garantía para la estabilidad económica en un mundo en crisis.
La lección central de esta crisis es que la resiliencia estructural, la política monetaria proactiva y el fortalecimiento de los colchones externos funcionan. El desafío crítico para los tomadores de decisiones de la región será consolidar estas ganancias institucionales. Solo así la estabilidad macroeconómica actual servirá de plataforma para un crecimiento de largo plazo, convirtiendo a América Latina en un polo global de paz, estabilidad y recursos clave para equilibrar los mercados mundiales.