5 de junio de 2021 5:00 hs

Recuerdo muy bien el primer ejemplar de El Observador porque estaba en la vereda de enfrente y llevaba un puñal, dispuesto a matar. Éramos muy jóvenes, un poco feroces y muy competitivos. Creíamos estar fundando una nueva era en el periodismo nacional, uno más independiente y riguroso, tras los humillantes años de la dictadura.

Entonces los periodistas no salían de las universidades como ahora, formados en serie, y las redacciones eran mucho más numerosas y heterogéneas. Ciertas obsesiones, ciertos rasgos extraños podían ser buenos atributos. Claro que los diarios tenían muchas más páginas, y era difícil hacerlas pues no existían herramientas como Internet, el teléfono móvil o Google. Había visto Internet años antes en un diario de Boston, pero creí que esa tecnología subterránea tardaría siglos en llegar a Uruguay.

Entonces todo se hacía a pedal en los periódicos uruguayos, apenas un poco mejor que en tiempos de Gutemberg; aunque, a partir de ese mismo año 1991 los teléfonos celulares y las computadoras Apple Macintosh Classic —introducidas en las redacciones de El Observador y Búsqueda— comenzaron a ponerlo todo patas para arriba.

Ahora hay una proliferación de medios tecnológicos y una superabundancia de información circulante que eran impensables hace 30 años. También es pródiga la información de baja calidad, parcial, chabacana o falsa, como un miasma que pudre los cimientos de la casa colectiva. Parece ser una era de déficit atencional, que transige con el efectismo y la superficialidad.

Carl Bernstein, uno de los jóvenes periodistas del Washington Post que en la década de 1970 contribuyó a la caída de Richard Nixon, protestó ya en 1992 contra la “basura” informativa: “La velocidad y la cantidad han sustituido al rigor y a la calidad. La prensa ha abdicado de su responsabilidad y la información ha sido sustituida por el espectáculo”.

Bernstein predijo entonces que “la consecuencia de nuestra abdicación es el espectáculo y el triunfo de la cultura idiota”.

Puede haber algo de cierto en todo eso. Parece que las trompetas del Apocalipsis suenan en nuestras puertas, y que los medios de comunicación colapsan ante un torrente de frivolidad, hipocresía y mala fe.

Muchos medios, sobre todo la televisión y las redes sociales, procuran ser tan correctos que se vuelven intrascendentes, bajo el peso de legiones de puritanos, cual torquemadas, y de una moralina barata.

Pero, como siempre ocurre, unos pocos líderes de opinión mantienen la línea y sostienen la antorcha; y, también como siempre, desafían y estimulan a minorías que son decisivas.

Los periodistas no deberían temer el escribir para minorías. Suele ser un privilegio y un alivio. Los mejores medios del mundo son para minorías influyentes y críticas, que luego permean al resto, de una forma u otra.

Lo que se escribe para las grandes masas, según un bajo común denominador, suele ser más propaganda o diversión que información. Es otro arte.

El periodismo de calidad no se dirige a todo el mundo, salvo raras ocasiones, sino al estrecho segmento al que apuntan sus gustos y su medio.

Los periodistas tampoco deberían temer el ir contra ese “sentido común”: la cultura dominante, que muchas veces no es otra cosa que un cúmulo bien asentado de prejuicios.

En los 10.000 números de El Observador han pasado millones de notas periodísticas irrelevantes, y algunas no tanto.

Muchas cosas mejoraron, en el país y en el mundo, aunque otras se hayan vuelto decididamente desagradables.

Las personas han visto en estos 30 años más cambios que todos los que vio Matusalén a lo largo de sus 969 años de vida en un universo inmóvil.

Y sin embargo en esencia casi todo sigue siendo igual. El único vicio auténticamente nuevo es la velocidad: hacer todo más rápido, aunque no siempre sepamos bien por qué y para qué.

En muchos aspectos los periodistas de hoy están mejor preparados que los de antaño. Dominan más tecnologías, han viajado más, son más escépticos. Pero hoy se trabaja ciertamente mal, en malas condiciones, a veces incluso peor que hace tres décadas.

En todo caso, la espada que pende sobre las cabezas de los nuevos periodistas es la misma de siempre: la rentabilidad de sus empresas, de tal forma que puedan asegurar su bienestar y su independencia.

La nostalgia, que es tramposa, invita decir, como el cineasta Luis Buñuel en sus memorias: “Tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad Media, aquella época dolorosa y exquisita. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy”.

Pero, aunque eso sea verdad en una ínfima parte, es inocente creer que todo tiempo pasado fue mejor.

A pesar de sus grandes miserias, la población de Uruguay ahora es más opulenta, más democrática, vive más años. Mueren más personas por obesidad que por hambre.

El mundo es mucho más próspero hoy que en 1991, al menos en un sentido material, entre necesidades auténticas y meras chucherías, y es un poco más justo.

Y sin embargo se percibe demasiada frustración en las clases medias, delicuescentes y precarias, sostenidas por alfileres; demasiado hastío, soledad y miedo. Parece haber una gran perfección de medios y una gran confusión en los fines.

Tal vez, aún sin proponérselo, el periodismo contribuya a buscar la salida del laberinto, que siempre la hay, por mediocre y parcial que parezca, junto a una ciudadanía cada vez mejor informada y un poco más dueña de sus actos y de su destino. “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”.

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