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15 de abril 2024 - 12:30hs

 

Por Alejandro Espina

Director de la consulta en comunicación Espina Consultores, cuenta con una experiencia periodística de más de tres décadas en medios destacados como El Día, El Observador, Búsqueda y El Espectador.

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El verano pasado, el economista argentino Eduardo Costantini, reconocido como uno de los coleccionistas de arte más importantes de su país, concedió una entrevista al periodista Luis Majul en la radio El Observador. Aunque estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones en Punta del Este, Costantini agradeció con amabilidad la oportunidad de dialogar. Afirmó con una sonrisa: “Uno nunca está completamente de vacaciones” y agregó: “Lo lindo del momento actual es que trabajás y también disfrutás la familia, el deporte, alternás… trabajás en cualquier momento y en cualquier lugar”. Esta declaración hecha como al pasar, en realidad está cargada de significado, revela su filosofía de vida, según la cual el trabajo y el disfrute se entrelazan de manera armoniosa.

Pero más allá de las formalidades iniciales de la entrevista, lo que realmente resaltó para mí fue un recuerdo personal que precisamente cuestiona esta percepción. Las vacaciones para mí no se asemejan a la percepción que Costantini tiene de ellas, aunque, sin duda, bajo su perspectiva debe disfrutarlas enormemente. Hace casi dos décadas el destino quiso que coincidiera con el argentino durante sus vacaciones, siguiendo su propio ritmo y estilo. Fue en una playa remota y encantadora cerca de José Ignacio donde se cruzaron nuestros caminos por un instante que seguramente no quedó en su disco duro, pero sí en mi memoria.

En aquellos días apenas iniciaba mi travesía por el mundo del kitesurf, cuando me encontré sentado en la arena, contemplando las olas y el viento (pero sin el sucundum de Donald, pues me acababa de dar flor de porrazo). La playa estaba desierta, solitario con la vela a mi lado, esperando ser limpiada y recogida, presencié un espectáculo inesperado: un hábil surcador del mar y del viento apareció haciendo kitesurf. Recién ahí me di cuenta de quién era cuando hizo una mala maniobra y la vela se cayó sobre la orilla y el deportista debió salir arrastrándose de la misma.

La escena tomó un giro aún más surrealista cuando, como de la nada, una imponente camioneta negra bajó de la ruta a la arena, desplegando a dos individuos de traje que parecían haber salido de un filme de espionaje o de Hombres de negro. Quien había salido del mar era Costantini. Y esos hombres que llegaron eran sus empleados que, supongo, estaría siguiendo su rumbo. El empresario les ordenó ayuda para remontar el vuelo, pero se encontró que no sabían cómo hacerlo, lo que le sacó de sus casillas. La realidad superaba a una buena comedia en la cual Steve Martin podría hacer el papel de Costantini.

Fue entonces cuando, impulsado por el sentido de solidaridad de colega navegante a otro con similares intenciones, me levanté sacudiendo la arena de mis ropas, y me ofrecí para sostener la vela, comprendiendo plenamente la importancia de mantener el equilibrio entre el hombre y el viento. En aquellos tiempos el kitesurf era un desafío constante. Cada maniobra exigía concentración y respeto por la naturaleza impredecible del viento, sin las garantías de seguridad que tienen las velas hoy en día. Era un deporte mucho más arriesgado y había que concentrarse mucho para que no hacer una maniobra inadecuada y que el viento lo arrastrara a uno como si fuera una hoja de papel y corriese el riesgo de caerse, tal como le pasó a Costantini. Pero, aun así, en medio de esa libertad y de ese riesgo, como dice la canción de Tom Petty, ‘And I’m free, free fallin’.

En fin, el empresario argentino agradeció mi gesto y volvió al mar. En ese entonces me quedó la sensación de un hombre malhumorado por querer volver al mar, cuando en el kitesurf la mente se enfoca completamente en la experiencia presente. Recuerdo que estuve a punto de compartir con él la observación de W. Churchill respecto a que ‘el optimista ve oportunidad en toda calamidad y el pesimista ve calamidad en toda oportunidad’, pero me quedé callado. Hice bien. Quién era yo para decirle algo, cuando me había caído de la vela y me quedé descansando en la arena, y él se levantó de inmediato y volvió al mar, aunque con mi ayuda.

Cuando Costantini dijo lo que dijo en la entrevista con Majul, me acordé de esta pequeña anécdota perdida en el tiempo. ¿Buscan una moraleja definida al terminar este relato? ¿Piensan que hay una enseñanza definitiva al concluir este relato? No las hay. El equilibrio entre el trabajo y el descanso, entre el deber y el disfrute, no es igual para todos. Que cada palo aguante su vela.

 

 

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