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Arde el cielo de París

El incendio de la catedral de Notre Dame ha dejado al mundo conmovido, porque todos de alguna forma, realidad o ficción mediante, estuvimos ahí al menos una vez

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17 de abril de 2019 a las 05:03

De todas las destrucciones posibles, ¿cuál es la peor? ¿Aquella en la que interviene el viento, el agua, la tierra, o el fuego? Un cuento y un libro de poemas, fabuloso ambos, El infierno tan temido y Una temporada en el infierno, dan una idea aproximada con qué se asocia más rápido al horror. El infierno no será de agua (por estar debajo, tal como la imaginación lo ha impuesto, lo confundirían con la Atlántida), ni de viento, tampoco de tierra. En mi infancia escuché decir a un vecino, dirigiéndose a su esposa infiel: “Te quemarás en el infierno”. Obviamente, para cuando a algunos les llegue la hora de ir al infierno (a la mencionada señora, por ejemplo), ya no serán los mismos y menos aún sus cuerpos, pues no hay anatomía que pueda aguantar una eternidad entre llamas que nunca se apagan.

En español tenemos la expresión “aunque truene o llueva”, la cual refiere a una acción que se realizará aunque esté precedida de imposibles. En inglés, la expresión es “come hell or high water!”, que no se traduce como “ya venga el infierno o un aluvión de agua”, sino como “pase lo que pase”. Cuando el fuego entra en acción, lo más seguro es que pase de todo, y todo malo, salvo que se trate del fuego para cocinar un asado.  La palabra ‘incendio’, muchas veces, es sinónimo de muerte. La única vez que estuve cerca de esta fue en un incendio. Estaba en un encuentro de poetas en Veracruz, México, y en mitad de la tarde, cuando algunos participantes estaban en la piscina, durmiendo la siesta, o leyendo en la habitación del hotel, como este cronista, comenzó a sonar una alarma, seguida de una voz que gritaba desesperada, “fuego, fuego”. Cuando abrí la puerta del cuarto no sabía lo que me esperaba.

Los largos y anchos pasillos estaban llenos de humo. Lo primero que me vino a la cabeza fue justamente lo que hice, salir corriendo a buscar la escalera de emergencia. Estaba en el segundo piso, por lo tanto calculé –muy mal, tal como vine a darme cuenta luego– que sería fácil encontrar la salida, esto es, la intemperie donde estaba la salvación. El fuego en llamaradas pudo ser contenido, pero lo que casi me mata, a mí y unos cuantos más en igual situación, fue el humo. Sin todavía saber cómo, pude escapar sintiendo en los últimos metros antes de la salida, el peso de la muerte entrando a los pulmones. Nada más horrendo que sentir que no se puede respirar. Tras varios minutos con un tubo de oxígeno y ayuda de los paramédicos, pude sentirme nuevamente de este lado de la vida, de milagro. Al día siguiente, salimos en la tapa del diario local, no como escritores asistentes a un encuentro internacional, sino como afortunados sobrevivientes de lo que pudo ser una catástrofe, de no haber mediado la presencia de los bomberos mexicanos, valientes, arriesgados, y todo lo bueno que pueda decirse de ellos.

En otra ocasión escribiré sobre la ubicua presencia de la palabra “fuego” en todas las culturas universales. Somos hijos del fuego, y fácilmente podemos ser víctimas fáciles de él. Ante su presencia, cuando le da por destruir, nadie puede sentirse imbatible, ni siquiera una de las maravillas de la historia occidental, como es la Cathédrale Notre-Dame de Paris, a donde tantas veces entré a rezar, entre medio de turistas que no respetan ni siquiera los espacios sagrados, y para quienes un altar antiquísimo es lo mismo que la sonrisa de la Mona Lisa. Se me vino el alma al piso al enterarme de lo ocurrido a la señorial iglesia el lunes pasado, con un fuego que parecía venido del infierno para atentar contra su continuidad, poniendo al borde de la desaparición a 856 años de majestuosidad celestial, que sobrevivió guerras, y revoluciones, los tiempos de Napoleón y los de Hitler, y que ahora, como Ave Fénix, deberá renacer de entre las cenizas. Pocos entre quienes estamos vivos la veremos reconstruida, con su portento de regreso, pues llevará tiempo, años, décadas, devolverle la lozanía centenaria que hasta el domingo pasado la distinguía. Visitada anualmente por 13 millones de turistas (el doble que la Torre Eiffel), Notre Dame ha simbolizado a lo largo de los siglos el corazón de París, el de la cultura francesa, de la cual nadie en el mundo debería sentirse ajeno.

¿Cuál fue la causante del incendio en el lugar donde filmaron El Jorobado de Notre Dame, la original de 1939, con Charles Laughton como Quasimodo, misma catedral que ambientó majestuosos escenarios de fondo en filmes que solo podían suceder en la capital francesa, como Ardiente luna de hiel, Medianoche en París y Antes del atardecer? ¿Fue una colilla de cigarrillo aun encendida, similar a la que ocasiona los incendios en el cuento Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar, belga argentino pero parisino por adopción? El extraordinario final del cuento parece hecho para las circunstancias (el arte copia al arte): “Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae sobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas 70 y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es en el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos.”

Viéndola arder sin compasión, como en el poema arde el mar y en el cuento de Cortázar los amantes que han dejado de comprender, hubo quienes se preguntaron por qué 400 y pico de bomberos, con los mejores equipos extintores a disposición, no pudieron apagar en menos tiempo el incendio que por horas seguidas estuvo devorando a uno de los grandes tesoros de la civilización, a la cathédrale cuya construcción llevó 200 años y que la imaginación de Victor Hugo visitó tan bien, tan bien, que en su literatura estará para siempre salvada. La respuesta, lo sabemos, es tan antigua como la fe: cuando el fuego se lo propone, puede ser el infierno más temido.

 

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