"Ser bahiano es un estado del espíritu”. La frase de Jorge Amado, celebrado escritor de Salvador de Bahía, hace referencia a una de las primeras cosas que quedan claras al llegar a la principal ciudad del nordeste de Brasil y antigua capital durante la era colonial de ese país. Desde las 365 iglesias y más de 2.000 terreiros de candomblé (templos dedicados a los orixás, dioses de la religión de origen yoruba), a la danza, la música, los colores y hasta los olores, la ciudad está hecha de mezcla y contraste, aspecto especialmente notorio en lo religioso.
Señor de Bonfim y Oxalá
Al norte de la ciudad, en la península de Itapagipe, se encuentra la Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim, verdadero corazón de la religiosidad y el sincretismo de cultos que caracteriza a Salvador. Ni la fachada de estilo rococó ni su interior neoclásico resulta tan impresionante como el de otras iglesias, pero el encanto de este templo se encuentra en la forma en que los bahianos se apropian de él.
Centenares de cintas de colores ondean con el viento en la puerta de entrada de la iglesia y las rejas que la rodean, dándole al lugar el aspecto de un campo de cebada de múltiples tonalidades. Pese a que se trata de una Iglesia (monotoeísta), cada color remite a un culto politeísta, el de los orixás, que representa a sus dioses. Era a través de los colores que los esclavos que llegaban de África enmascaraban su culto prohibido y continuaban adorando en la figura de los santos a los orixás, pese a que los portugueses les imponían el cristianismo.
Miles de personas asisten por año a esta iglesia para pedir y agradecer. Cada cinta permite pedir tres deseos (uno por nudo) y puede ser atada en las rejas de la iglesia o usarla como pulsera, pero en este caso para que los deseos se cumplan la cinta tiene que cortarse sola. A un costado del lugar donde se imparte misa hay una sala de lo más peculiar: en su interior se encuentran decenas de cabezas, manos y piernas de cera colgadas del techo, e innumerables fotos cubriendo las paredes. La mayoría son de personas enfermas pidiendo sanarse o agradeciendo por su curación, pero hay hasta pedidos de madres para que sus hijos aprueben un examen. En el primer piso se encuentra un pequeño museo en el que se atesoran objetos del siglo XVIII y XIX, cuando en lugar de piernas y manos de cera la gente llevaba bijouterie de plata y oro en forma de órganos y miembros (hay hasta un riñón de plata). En esta sala se encuentra toda clase objetos e incluso camisetas de fútbol, como la de Corinthians agradeciendo por la Copa Libertadores de 2012.
Los bahianos creen que el Señor de Bonfim es muy cumplidor. La guía del museo cuenta que una mujer y un hombre sin brazos, que no se conocían, fueron a la iglesia y pidieron encontrar una pareja que estuviera en sus mismas condiciones. A la semana se conocieron y luego se casaron.
La iglesia abre todos los días menos el de la fiesta de “lavada de Bonfim”, que se realiza en enero, y en el que las mujeres vestidas en sus trajes blancos lavan los escalones del templo, previa procesión desde otra iglesia situada a 8 kilómetros. Esta manifestación es considerada la segunda mayor en Bahía, después del carnaval, y se realiza todos los años desde 1754, cuando se obligó a los esclavos a lavar la Iglesia para la fiesta del señor de Bonfim. Cuando la Arquidiócesis de Salvador se dio cuenta de que los negros adoraban en realidad a Oxalá, principal dios del candomblé representado con el color blanco, prohibió la entrada a la iglesia ese día e intentó erradicar la festividad por considerarla pagana. No obstante, esta celebración sigue representando uno de los ejemplos más claros del sincretismo bahiano.
Panteón de dioses
Salvador de Bahía comparte con Lisboa no solo ese encanto, aunque con cierto aire decadente, sino también la división de la ciudad en una parte alta y baja, cuya unión en la capital de Bahía se da con el elevador Lacerda, el primer ascensor de Brasil, construido en 1873. Está ubicado frente al Mercado Modelo, que hoy funciona como feria artesanal, pero que en el pasado era el punto de llegada de los esclavos, que eran encerrados en el sótano a la espera de ser subastados.
Subiendo por la ciudad alta se llega a Pelourinho, formado por sus clásicas e empinadas calles empedradas y sus edificaciones de colores. El nombre que se le da al centro histórico, designado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, también esconde su pasado esclavista, ya que la palabra pelourinho quiere decir picota, que era la columna de piedra donde se castigaba y exponía a los reos, y que se ubicaba en esta parte de la ciudad.
En la zona hay gran cantidad de iglesias, entre ellas la Catedral, pero la que destaca en el conjunto es la Iglesia de San Francisco, una de las más hermosas de Brasil. El templo está revestido en oro (se cree que se usó una tonelada en su interior) en el que se suceden los detalles en columnas, capillas y techos, convirtiéndola en una de las expresiones más espectaculares del barroco en el país. La iglesia, que fue votada como una de las siete maravillas de origen portugués en el mundo, posee además un Cristo que es abrazado por San Francisco, escultura hecha en 1930 por el artista bahiano Pedro Ferreira, inspirada en el famoso cuadro de Bartolomé Murillo.
Pero además de iglesias, el turista también puede visitar los numerosos terreiros de candomblé que se encuentran en la ciudad. Algunos prometen experiencias fuera del cuerpo y estados de trance pero, por sobre todo, mucha música, baile y comida. Entre los que se puede visitar se encuentra la Casa branca, el terreiro más antiguo de la ciudad, pero es conveniente averiguar bien sobre la autenticidad del lugar al que se asiste, ya que muchos tienen un fin meramente turístico. Los mejores momentos para visitarlos son durante las fiestas dedicadas a los orixás, de agosto a diciembre.
En su origen africano, los orixás eran ancestros de clanes antepasados que fueron diosificados hace más de cinco mil años. En África hay más de 200 orixás pero en Brasil son adorados solo algunos. Estos dioses encarnan distintas fuerzas de la naturaleza, como el viento, el fuego y el océano, y en semejanza al panteón hinduista son seres con defectos, como la vanidad y los celos. Cada orixá es identificado no solo con un color, sino con determinadas características que se manifiestan en hábitos, rituales, sonidos, gestos, movimientos y comidas.
Frente al estadio Fonte Nova, donde se disputarán partidos del mundial el año que viene, hay un lago artificial llamado Dique de Tororó, donde se encuentran las bellas esculturas sobre el agua de ocho orixás, de siete metros de altura. La obra, de Tatti Moreno, es uno de los mayores homenajes de la ciudad a este culto.
Una excelente manera de comenzar a acercarse a la cultura de los orixás es asistir al espectáculo que todos los días a las 20 horas presenta el Balé Folclórico de Bahía (la entrada cuesta 40 reales, aproximadamente unos $ 400). El show presenta parte de esta compañía reconocida en todo el mundo y la única profesional de danza folclórica en Brasil. Pese al pequeño espacio del escenario, el show, de una hora, es bello, vibrante y sorprendente. El espectáculo articula algunas escenas que representan a los orixás, que muestran a través de la danza sus principales características, entre ellos Ogum (dios del fuego y de la guerra) Iansá (diosa de los vientos y tempestades) y Omolú (dios de las enfermedades y la muerte), cuyo aspecto a lo “tío cosa” es un tanto estremecedor.
Los bailarines son acompañados por percusión y una cantante. El show también muestra otras danzas como la Puxada de rede, manifestación popular que realizan los pescadores en la playas de Bahía en honor a Iemanjá, la diosa del mar; Maculelé, que tuvo su origen en las plantaciones de azúcar; además de un despliegue impresionante de capoeira. El espectáculo fue clasificado como el primero entre 166 atracciones en Salvador, de acuerdo a los usuarios del sitio Tripadvisor.
Pero conocer realmente Salvador de Bahía implica más que unos pocos días de visita. Porque el segundo destino turístico de Brasil después de Río de Janeiro es, más allá de sus 56 islas con playas paradisíacas y su variada gastronomía, una ventana al pasado y presente de un país sin igual.