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Nacer y morir en época de coronavirus: cómo el distanciamiento social distorsiona esos momentos

Cómo es el infortunio de sufrir la muerte de un ser querido o la felicidad de tener familia en días en que el país enfrenta una pandemia planetaria.

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30 de marzo de 2020 a las 05:02

Desde lejos, que no sean muchos, los menos posible en verdad, solo familiares directos, un rato corto. Y dejar para después, dentro de 15 días o cuando el temporal pase, los abrazos, los recuerdos, las bienvenidas. Esperar para verlo por primera vez, despedirlo por última.

Un féretro aislado en una sala, bajo la mirada de los pocos que la funeraria permite entrar, y un bebé que es dejado en los brazos de su madre –porque nadie más puede, en este preciso momento, conocer ni tocar al recién nacido–, son algunas imágenes que hoy se volvieron cotidianas para tantos uruguayos que tuvieron el infortunio de sufrir la muerte de un ser querido o la felicidad de tener familia en días en que el país enfrenta una pandemia planetaria.

Lourdes Bertassi lo sabe muy bien, porque en tan solo pocos días, entre el 20 y el 24 de marzo –a una semana y semana y media del fatídico viernes 13, cuando el presidente Luis Lacalle Pou decretó el estado de emergencia sanitaria– perdió a su madre y se convirtió en abuela.

Llegó a Salto el viernes 20 y allí, en ese departamento en donde se registraron dos de los primeros cuatro casos de coronavirus positivo una semana antes, las funerarias ya hacía días que habían adoptado medidas restrictivas: no más de 10 personas, y un velatorio breve.

“Los hermanos, entre los que me incluyo, mirábamos el féretro desde afuera de la sala. Y no pudimos tener una despedida efusiva: todos teníamos la sensación de que podíamos contagiarnos. La verdad que es algo que nos marcó bastante”, lamenta Bertassi, quien a pesar de todo, como jefa del Departamento de Salud Mental del Casmu, la batalla contra el Covid-19 está en el orden de su cotidianidad.

Cuatro días antes, y 150 kilómetros al norte, en el hospital de Bella Unión, Paloma Indiarte conversaba con su madre por videollamada. La abuela de la bebé recién nacida lloraba desde el otro lado de la pantalla. En la sala, como en todo el sistema de salud a lo largo y ancho del país, solo podía estar la madre del niño, y el padre a lo sumo.

Nacer en la anormalidad

Carolina Delisa, una de las primeras madres en dar a luz con las nuevas restricciones, todavía lamenta el momento “violento” que sufrió el sábado 14 de mañana, cuando en el Casmu avisaron que nadie más que ella y su esposo podrían estar con sus bebés. Y dice que la hostilidad que crecía minuto a minuto a su alrededor con las noticias que llegaban de afuera y que referían obsesivamente a la nueva realidad que comenzaba a enfrentar el país desde hacía apenas unas horas, transfiguraron “ese montón de sentimientos” inherentes a una madre que recién tiene familia.

“La gente solo hablaba de coronavirus, no había otro tema de conversación Y nosotros mirábamos para afuera y pensábamos: ‘¿Qué mierda está pasando?'”, dice Delisa.

Eso que pasaba afuera –los primeros cuatro casos con Covid-19, las primeras medidas sanitarias, el cierre de las actividades comerciales, la exhortación de la policía a suspender reuniones sociales y concentraciones de personas– empezó a entrar en la sala en la que la madre primeriza descansaba junto con sus niñas en la boca de las enfermeras, que entraban al cuarto hablando en voz alta sobre un mismo tema, y con un tapabocas que hasta hacía unas horas no tenían.

“Escuchábamos que había mucha incertidumbre, incluso por parte del personal médico, que entraban discutiendo sobre si había una exageración en todo esto o si la exposición al contagio era una cosa seria, y luego nos empezamos a perseguir de una manera que nos generó un estrés que no era de posparto. ¿Tendremos agua en casa? ¿Podremos comprar comida?”, se preguntaba Delisa.

***

Es miércoles 25 de marzo, cinco de la tarde. En la entrada de la funeraria Carlos Sicco se escucha cómo el viento arrastra despacio las hojas marrones acumuladas la vereda de la calle Rivera, por la que pasa una frecuencia de autos dominical. Sin ningún estímulo, un indigente se levanta y camina unos pasos. Adentro, en la sala, no hay nadie; si bien se siguen haciendo velorios, la empresa sigue las recomendaciones del Ministerio de Salud Pública, y son prácticamente sin gente: queda el ataúd solo, y los familiares entran de a uno, de a dos, con guantes y tapabocas. Y en los cortejos, los familiares deben ir en su propio auto.

Forestier Pose, en la calle Nueva Palmira, tiene la puerta principal clausurada; se debe entrar por la esquina, en donde desde un mostrador se indica que desde hace días directamente ya no se hacen velatorios. 

En la esquina de Canelones y Barrios Amorín también hay hojas oscuras que todavía resisten al viento, y dentro de la funeraria uno de los tres empleados bosteza. En Martinelli se siguen haciendo, aunque con menos frecuencia, y también con restricciones importantes: como algo excepcional no más de dos o tres horas, pero se sugiere que no se extiendan por más de 30 minutos, que solo despidan al difunto sus familiares directos, y en lo posible que sean 10.

Ante la consulta de El Observador, la recepcionista señaló el comunicado de la empresa pegado en la pared. Allí se especifica incluso la exigencia del “distanciamiento social de dos metros”, y ya se adelanta una serie de condiciones para “velatorios de fallecidos con covid-19”.

En ese caso, se informa que “no se debe superar el máximo de cinco personas en sala” y se desalienta “la concurrencia de personas que hayan estado en concurrencia directa con el fallecido, de personas que presenten síntomas  o que formen parte de la población de riesgo (ancianos, inmunodeprimidos, etc.)”, añade la carta.

La soledad al momento de convalecer y morir por coronavirus es una tragedia que ya ha ocurrido en países europeos, como Italia, cuyos hospitales están saturados desde hace semanas, y los pacientes fallecen aislados y luego son enterrados sin presencia de nadie.

Patricia Nieto, psicóloga especializada en estrés postraumático, dijo a El Observador que las despedidas así, con distancia física con los muertos, puede generar un “duelo complicado” e incluso llevar a “lutos largos”. “Puede también llevar a cuadros de depresiones o ansiedad. Esta situación prepara una plataforma que no es la ideal para el inicio de un proceso de duelo, sino lo contrario”, advirtió.

De modo que sugiere que, por ejemplo, en los grupos familiares se planteen estrategias paliativas, como crear grupos de WhatsApp para compartir recuerdos del ser querido, incluso proyectar un “homenaje” para realizar más adelante, cuando lo sanitario lo permita.

Entierro distante

Uruguay no habrá llegado aún a los extremos de Italia, pero las medidas sanitarias que alteraron los funerales también alcanzaron a los cementerios.

Este mismo miércoles al mediodía, en el Cementerio de Buceo, hubo un entierro en el que todos se sintieron raros. Los hijos y esposa del difunto estaban juntos, pero el resto a varios metros. Mariela, una de las familiares, contó que era común intentar intuitivamente un abrazo para transmitir el sentido pésame y palabras de aliento. Pero entonces se daban cuenta. "Y nos frenábamos en el momento, era una cosa horrible”.

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