11 de enero 2021 - 5:00hs

Trabajo en equipo, exigencias, respeto, liderazgo, disciplina y enfrentar el fracaso son solo algunas de las características que un puñado de empresarios uruguayos rescatan como aprendizaje de sus años como deportistas profesionales y amateurs. Estos cinco testimonios dan cuenta del poder educativo del deporte y de cómo es posible conjugar varias pasiones y alcanzar altos niveles de actuación en todas cuando la voluntad y las oportunidades lo permiten.

La arquitecta nadadora artística

Responsable de la Academia de Xn Partners, facilitadora de talleres de liderazgo para ejecutivos y especialista en gestión comercial, Ximena Pardiñas además de ser arquitecta y tener un posgrado en Desarrollo Directivo, guarda un pasado como nadadora artística.

A los 9 años comenzó a practicar la disciplina —llamada anteriormente nado sincronizado—, compitió federada desde los 10 hasta los 22 años representando al club Biguá en campeonatos nacionales e internacionales y formó parte de la selección nacional que disputó cinco sudamericanos, dos panamericanos y un campeonato mundial.

“Obtuve cinco medallas a nivel sudamericano, una de ellas en el Sudamericano Juvenil de 1991, que fue la primera y única medalla de oro lograda por Uruguay en la historia de esta disciplina deportiva”, cuenta la nadadora que en su carrera profesional ha liderado equipos de alto desempeño en varios proyectos de ingeniería y construcción.

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Sostiene Pardiñas que en el alto rendimiento deportivo los entrenamientos son muy exigentes: se preparaban todo el año para las competencias y en verano, cuando no tenían clases en la escuela o el liceo, hacían turnos de entrenamiento de hasta ocho horas por día. Como la disciplina requiere de la piscina entera para entrenar, iban a las 6 de la mañana, cuando estaba más vacía. “Implicaba el sacrificio de levantarse muy temprano y ensamblar el entrenamiento con el estudio, la familia y los amigos en plena adolescencia”, dice.

El entrenamiento iba más allá del agua y abarcaba preparación física, expresión artística, psicología deportiva y nutrición. “Todo contribuía a desarrollarnos a nuestro mejor nivel”.

A la hora de competir, las nadadoras solo tenían una coreografía de tres minutos para demostrar a los jueces su talento y todas las horas de entrenamiento invertidas. Para Pardiñas, los segundos previos al ingreso al agua eran los de mayor nerviosismo: “Recuerdo sentir el corazón latir rápido, un nudo en la panza y la falta de aire. Una vez en el agua eso desaparecía y solo quedaba disfrutar y lograr mis objetivos”.

Soñó con dedicarse solo a la natación artística, incluso llegó a vivir un año en un centro de alto rendimiento deportivo en Barcelona, pero en un momento decidió tomar lo mejor que le dio el deporte y capitalizarlo en una carrera universitaria. “Las vueltas de la vida quisieron que el equipo español con el que yo entrenaba se convirtiera en campeón mundial años más tarde y yo en arquitecta”, cuenta.

Haber pasado por altos niveles de exigencia la marcaron para siempre. “Creo que el alto rendimiento —sea deportivo o no— te expone en la vida a un eterno desafío: darlo todo. No te conformás con la mediocridad, sino que sabés que siempre se puede un poco más. Y que para eso se necesita mucho de afuera pero más que nada de uno mismo: ganas, disciplina, confianza, perseverancia, compromiso, responsabilidad, trabajo en equipo, resiliencia, humildad”.

Hoy Ximena Pardiñas lidera la Academia Xn que ayuda a las personas y a las organizaciones a desarrollarse a su máximo potencial y allí transmite muchos conocimientos y experiencias de su aprendizaje deportivo.

Aunque ya no practica natación artística, sigue yendo al club y le gusta correr. El deporte pasó a ser para ella una filosofía de vida. “Es mi terapia y mi fuente de energía. Soy una eterna agradecida al deporte, que fue mi mejor escuela. Los valores que me dio los aplico día a día en mi trabajo, con mis hijos y son los que me han formado como persona”.

Lágrimas a la rusa
Cuando Ximena Pardiñas tenía 10 años vino a Uruguay la entrenadora de la selección de la Unión Soviética a trabajar con su equipo por un tiempo. “Las rusas son las mejores del mundo y tienen una metodología muy exigente. Al realizar ejercicios de flexibilidad, nos explicó que debíamos exigirnos más y más hasta que el dolor nos impidiera seguir. En un momento se me cayeron las lágrimas. Con el tiempo entendí que ese era ‘el dolor del crecimiento’ y que la mejor versión de ti mismo no es gratis”, recuerda Pardiñas.

El emprendedor rugbier

El director de Trailer Media, productor y director audiovisual,Luis Ara, tenía 13 años cuando se acercó al rugby casi por casualidad. Se había quedado a dormir en la casa de un amigo que al día siguiente tenía entrenamiento. Lo acompañó, se sumó a la práctica y le encantó. Como otros amigos también jugaban se enganchó y con los años terminó practicándolo de forma profesional.

Jugó 20 años en el club Pucaru —que luego se llamó PSG, por sus siglas Pucaru Stade Gaulois—, primero en las juveniles y luego en primera división, además de jugar en la selección nacional en sus diferentes categorías. “Era bastante fanático, me gustaba estar bien física y mentalmente, por lo que las noches anteriores a los partidos me gustaba acostarme temprano, pensar en el partido y levantarme solo con eso en la cabeza”.

Para él, competir era importante como forma de poner en práctica lo aprendido en los entrenamientos, de medirse y de mejorar. “Nuestro equipo era muy chico, empezó perdiendo todos los partidos, pero fuimos creciendo y mejorando. Con el tiempo nos transformamos en un equipo competitivo, pero porque nos gustaba competir y jugar, no necesariamente ganar. Las victorias eran una consecuencia de todo lo anterior”, dice Ara y cuenta que en 2010 y 2011 llegaron a la final del campeonato uruguayo en primera división.

“Me tocó ser capitán durante 10 años en la primera división, así que técnicamente era un nexo entre los entrenadores y mis compañeros. Siempre tuve una excelente relación, sobre todo de respeto”, sostiene.

Leonardo Carreño

A principios de los años 2000, cuando comenzó a jugar en primera, el rugby se profesionalizó y llegó a pensar en dedicarse cien por ciento al deporte, aunque aclara que no era una carrera muy prometedora. “No lo llegué a poner en práctica porque tuve otras prioridades, sobre todo, a nivel laboral y por algunas situaciones familiares que me impidieron irme en el momento en el que evalué cruzar el océano para vivir esa experiencia”, cuenta Ara, quien terminó estudiando administración de empresas.

Para el empresario, el deporte en general es muy educativo, y el rugby en particular le ha dado mucho: “Enseña a respetar las reglas, al árbitro, al rival, a aprender a perder. Perdiendo o ganando siempre tenés que tener la misma actitud, de hecho, son muchas más veces las que perdés que las que ganás. Aprendés a vivir con la derrota y a que eso no sea el fin” y ese aprendizaje lo ayudó en su vida laboral. “Me ha enseñado a levantarme de cosas difíciles. Si un día me fue mal, hay que levantarse, encarar y tratar de transformar eso en el futuro”.

Haber sido capitán del equipo también lo marcó en su vida profesional y le dio herramientas para liderar y entender la responsabilidad que ese rol conlleva, “las expectativas que tiene la gente sobre uno, cómo siempre hay que dar el ejemplo. Hay muchas cosas involucradas en ser capitán que tienen que ver con ser empresario”, señala.

Hace un par de años dejó de jugar al rugby, pero sigue practicando otras disciplinas, como crossfit o surf, y hasta produjo y dirigió una película sobre los Teros, el equipo de rugby de la selección uruguaya.

La ingeniera karateka

A la cofundadora y directora ejecutiva de ThalesLab, Sylvia Chebi, llegar a cinturón negro le llevó más años que recibirse de ingeniera en electrónica.

Empezó a practicar karate al día siguiente de cumplir 33 años. Llevaba a su hijo mayor de 6 años a clases y el profesor le insistía con que ella debía empezar. “Con 33 años y tres hijos sentía que eso no era para mí porque ya ‘estaba grande’ y además, pensé que me podía dar algo por la edad”, dice, pero la apertura de un grupo para principiantes mayores de 30  y que además estaba compuesto por varios médicos le dieron la confianza suficiente a Chebi para sumarse.

“Empecé como quien empieza una gimnasia más, pero me enamoró y sigo hasta ahora”, cuenta la ingeniera que acaba de salvar el examen de tercer dan. “Eso es lo más alto que voy a llegar en mi carrera de karate”, agrega. Las instancias de competencia son internas en la academia para pasar de grado y ella las vive como una competencia consigo misma.

“El vínculo que se forma en el dojo de karate es muy especial, difícil de transmitir. Es intergeneracional, no importa la edad, el medio social, la ocupación, nada. Nos une algo muy fuerte que considero muy valioso: el amor al karate y el sentido de pertenencia a la escuela y de lealtad a los senséis”, manifiesta.

La empresaria descubrió que el karate es mucho más que una actividad física y que implica “disciplina, respeto, paciencia, buscar siempre mejorar y seguir aprendiendo, foco y el valor del esfuerzo y de la perseverancia”.

En su día a día el karate le sirve para enfocarse y como forma de descargar el estrés: “Si estoy muy acelerada, me pongo a practicar en mi mente como forma de meditación”. Actualmente, además de hacer karate lunes y miércoles, Chebi practica Vinyasa Yoga dos veces por semana, el resto de los días anda en bicicleta o camina por la rambla y en verano “intenta hacer” bodyboard.

Recuerda que cuando comenzó a hacer karate su hijo menor tenía unos meses y los otros dos solo 4 y 6 años. Eso, sumado al trabajo y las tareas de la casa hacían que su entrenamiento fuera el único espacio donde podía ser ella misma sin presiones.

“Me costaba muchísimo hacerme el tiempo para ir, me sentía muy culpable. Pero todos aprendieron que mamá se iba a karate y que estaba bien tener un espacio propio”.

Pese a la comprensión familiar, la culpa siempre la acompañó y la duda constante era si ir o no a karate. “Como me lo hicieron notar hace poco mis compañeros del dojo, en general ganó el ‘voy a karate’”, resumió

El comunicador basquetbolista

Joaquín Izuibejeres es socio y director comercial de la agencia de publicidad Verne, cofundador de Senpai Academy y exsocio de la agencia digital EMB Partner, pero además de contar con una larga carrera en el mundo empresarial, su nombre es más que conocido entre los fanáticos del básquetbol uruguayo.

Empezó a jugar a los 9 años en el club Trouville, al que fue llevado por su padre, que también había jugado en el club y que fue presidente de la institución durante 15 años. A los 20 días de ingresar comenzaba el campeonato y el pequeño Joaquín se sumó a jugar en la categoría de mini, ya como federado.

“Tenía una rutina. Los días de partido teníamos práctica de mañana de tiro y de táctica del equipo, después iba a almorzar a mi casa y dormía una siesta religiosa, me levantaba, tomaba un poco de mate y ya estaba pronto para el partido”, cuenta Izuibejeres.

Jugó y compitió de forma profesional durante 21 años, estuvo en Trouville, Malvín, Hebraica Macabi, Nacional, salió tres veces campeón de la Liga Uruguaya, jugó en Venezuela y fue convocado para jugar en la selección uruguaya entre 2003 y 2010. En 2019, a los 37 años de edad, se retiró.

Leonardo Carreño

“Fue tremenda experiencia y sobre todo, poder compartir con grupos en pos de un objetivo. Eso me llamaba mucho y por suerte pude jugar casi todos los años de mi carrera en equipos que se armaban para salir campeones; jugábamos por un objetivo importante”, dice.

Para este empresario basquetbolista, como en todo equipo de trabajo después de convivir mucho tiempo y de perseguir objetivos, pueden generarse tensiones y roces entre los miembros. “Hay gente con la que tenés más llegada, más empatía que con otra, pero siempre con respeto. Hay que tratar de que lo prioritario sea el equipo y no lo personal”, aclara.

Izuibejeres dice que utiliza mucho de los aprendizajes que le dio el básquetbol en las empresas que dirige y que hay un paralelismo muy grande entre el deporte y una empresa.

“Creo que lo que te da el deporte te sirve para la vida: el trabajo en equipo, de roles, la disciplina, el compañerismo, el respeto hacia los jueces, a los rivales, manejar la frustración, porque perdés mucho más de lo que ganás”.

La gerenta jugadora de hockey

Natalia Rodríguez es licenciada en administración de empresas y en comunicación, gerencia tres locales de La Pasiva, es miembro de la directiva del Colectivo Gastronómico Uruguay y además, es jugadora de hockey.

De adolescente iba al club Biguá y probaba cuanto deporte había.

 A los 15 años fue a una práctica de hockey, le gustó mucho y continuó. Jugó federada para el club Biguá, el Yacht y desde hace 15 años juega en la categoría intermedia A para la Universidad ORT.

“Me encanta competir, es muy motivante, más cuando hay un torneo de por medio, es mucho más desafiante, porque cada partido es tramo de un largo camino de todo el año”, cuenta.

Aunque nunca pensó en dedicarse de lleno al hockey, es una actividad que disfruta mucho; jugar fue lo que más extrañó durante sus dos embarazos, por ejemplo. “Enseguida que pude volví a ir a las prácticas y a hacer el máximo esfuerzo por recuperarme para estar al nivel del equipo. Puedo tener días buenos o malos días, pero dentro de la cacha busco dejar todo de mí para ganar, porque hay 10 personas más que están conmigo y que sé que están dejando todo también”.

Para Rodríguez, el equipo es su segunda familia y dice que el hockey le enseñó a valorar mucho lo que implica un equipo, “como cada una hace posible cumplir el objetivo que es de todas”.

“Jugando tantos años me despedí de muchas compañeras y viví cómo el grupo superaba la baja o integraba a nuevas jugadoras. A veces cuesta más o se da de forma más natural. En mi trabajo, gerencio varios locales y tengo que armar los equipos, gestionar los cambios y potenciar a las personas para que puedan rendir más en sus puestos”, señala Rodríguez como paralelismo de ambos mundos. La motivación es algo que también aplica en su día a día, algo que le transmitieron sus entrenadores para “sacar adelante los partidos difíciles”.

El 2020 fue un año particular en el que tuvo que sobreponerse a las dificultades.

En lo deportivo, por la suspensión de prácticas y entrenamientos, y en lo laboral, por los desafíos del rubro gastronómico en el que trabaja.

“Fue un año de muchísimos cambios y retos nuevos, de reinventarnos y me tocó liderar varios equipos haciendo transformaciones y rompiendo viejos paradigmas para adaptarnos a la nueva realidad. Ahora todos los días tengo que planificar el hoy, los cambios son constantes y cada día es un nuevo partido”, concluye Rodríguez.

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