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Cómo cambió la vida alrededor del puente Garzón tras su construcción

El puente que une Maldonado con Rocha por la costa, habilitado en 2015, cambió la vida de los habitantes del lugar y pautó una cruzada ecológica en la zona

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06 de enero de 2018 a las 05:00

El Beto conoce bien la laguna. Hace 40 años que está ahí, pescando. La Ñeca también la conoce bien, porque siempre estuvo a su lado. Antes eran sus hijos los que corrían por el borde del agua, ahora corren sus nietos. Antes, ver un auto era casi anecdótico, ahora el tránsito es casi permanente. El entorno cambió, las circunstancias también, pero ellos siguen allí. Ellos y la laguna.

Hace 40 años que el Beto (José Luis Pérez) y la Ñeca (Delfi Olivera) navegan las corrientes de Garzón atrás de pejerreyes y bagres. Ahí está su vida, cerca de los peces que les dan de comer. Hace la misma cantidad de tiempo que ven aparecer el sol frente a su rancho de madera, que está pintado de rojo, blanco y verde, y lo ven esconderse por el lado del mar. En la laguna, sus ojos lo vieron todo. Vieron cómo la civilización se fue acercando, con timidez, a su orilla. Cómo los complejos hoteleros empezaron a crecer allá, más adelante por la ruta que ahora está asfaltada. Cómo la balsa que pasaba autos por el agua se iba poniendo cada vez más obsoleta y molesta. Y peligrosa.

Esos ojos vieron, también, cómo un montón de proyectos que buscaban unir las dos orillas se hundían en las aguas de Garzón, casi tan fácil como lo hacían sus redes en busca de la pesca del día.
El Beto y la Ñeca lo vieron todo, y también vieron todo cuando todo cambió. Cuando después de años el puente de la laguna, un círculo gigante que llegó con la pancarta del progreso bien extendida, se concretó tras 60 años de rumores que llegaban hasta la puerta de su rancho y más allá.

Para ellos y para el resto de los habitantes de la laguna Garzón el puente cambió su forma de vida y el movimiento de la zona.

Con la inclusión del sector dentro del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), por ejemplo, llegaron los guardaparques. Con el asfalto, los autos, más empresarios y los emprendimientos nacionales y extranjeros, que atacaron los puntos flacos de la explotación turística del sector: la gastronomía y la industria hotelera.

Hoy, en la laguna Garzón hay hoteles flotantes, escuelas de kitesurf, paradores, restaurantes sofisticados y edificios de lujo. Y también están ellos, la Ñeca y el Beto, saliendo todos los días a pescar.

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Control ambiental

Hablar del puente Garzón es remover mucho barro seco. Intereses empresariales, ecológicos y políticos tironearon durante años las dos puntas de la laguna, hasta que en 2015 fueron unidas por la estructura circular que costó alrededor de US$ 10 millones. Por eso la mayoría de quienes residen o emprenden en el lugar prefieren no meterse en esos temas. Sobre todo porque saben que, una vez que comience la discusión, las partes nunca van a terminar de ponerse de acuerdo. El intercambio entre vecinos y familiares –a veces acalorado– nunca concluirá en si el puente benefició a los empresarios hoteleros, a los políticos, a los turistas o a ellos.

Sin embargo, sí están de acuerdo en que posibilitó la preservación de un área muy querida por todos, ya que al mismo tiempo que se inauguró la conexión sobre la laguna, esta fue incluida dentro del SNAP, y ya hace dos años que la zona está protegida con guardaparques que la custodian. Soledad Ghione, responsable de las Lagunas Costeras en SNAP, es quien lidera la pequeña cuadrilla encargada de la vigilancia de la zona, que incluye a otras dos mujeres más en el equipo.

Las guardaparques, que comparten oficina en un container a orillas de la laguna con la Policía y la Oficina de Turismo, realizan rondas diarias y están en contacto permanente con los vecinos y pescadores del lugar. Para la Ñeca y el Beto, Soledad y sus muchachas son de la familia.

Para ellos y para el resto de los habitantes de la laguna Garzón el puente cambió su forma de vida y el movimiento de la zona.

Experta en temas de desarrollo ambiental, Ghione sabe que los cambios en el ecosistema que se han visto en los últimos años responden casi en exclusividad al aumento de vehículos y turistas que circulan por la zona. Sabe porque lo ve, por ejemplo, en el monte psamófilo que queda a unos tres kilómetros de la carretera. Allí, hasta hace algunos años podían verse ciervos que corrían por un paisaje que es más árido y agreste que el resto, "casi como la sabana africana", dice. Ahora es imposible encontrarse con un ejemplar.

Pero Ghione y sus dos compañeras no son las únicas que se encargan de la protección del lugar. La Fundación Amigos de las Lagunas Costeras es una organización que desde 2009 se encarga de llevar adelante acciones en pos de su conservación. Según Victoria Pereira, miembro del grupo, ellos trabajan en todas las lagunas de Rocha, pero sus focos están puestos ahora en Garzón, donde se encuentran abocados a la creación de una comisión oficial que reúna a todos los interesados en la zona –habitantes, pescadores, empresarios y políticos– para avanzar en su protección. "Actualmente en la zona no hay un plan. De hecho, muy pocas zonas protegidas del país lo tienen", asegura.

Para Pereira, que también es abogada de la organización, lo fundamental también es gestionar la planificación del sector. "Este territorio está sujeto a muchas presiones diferentes y a una doble jurisdicción de dos intendencias distintas que dificulta la concreción de los proyectos", agrega.

Además de los venados a los que hacía referencia Ghione, los peces también cambiaron sus hábitos. Los pescadores comentan, preocupados, que la sombra del puente y el cambio en algunas de las corrientes modificaron las rutas de las especies que pescan día a día. Saben que, de alguna manera, la estructura bajó la cantidad de peces en tránsito que pasan por allí. La disminución es poca, menos de la mitad de lo que pescaban antes. Pero antes sus redes estaban más pesadas.

Sobre esto, Pereira piensa que la forma del puente podría haber cambiado el curso de las aguas: "El puente, si bien es una obra arquitectónica impresionante, es incoherente para este paisaje. No hay estudios oficiales, pero sospechamos que la dinámica del agua ha cambiado por la incidencia de sus pilares".

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Vecinos organizados

En los habitantes de Garzón el amor por el lugar se nota cada vez que hablan. Defienden con pasión la conservación de su pedacito de paraíso. Eso no significa que se nieguen al progreso del lugar, aunque esperan que sea acorde al desarrollo que requiere la zona.

En El Caracol, Costa Bonita, El Bonete, Estrella de Mar y San Sebastián –cinco balnearios de la zona– los vecinos se organizaron. Desde hace un tiempo están en contacto permanente con el SNAP y se presentan como guardaparques voluntarios que colaboran con las necesidades del lugar, como evitar, por ejemplo, que la gente utilice el predio para acampar, algo que está prohibido desde su nombramiento como área protegida.

Según Ana Amorín, miembro de ese grupo, el flujo de turistas aumentó en el último tiempo, sobre todo luego de que la carretera inmediata al puente fuera asfaltada en 2016. "Los visitantes se animan a cruzar más y hay más consultas a nivel inmobiliario", explica la mujer, que vive en esa zona de toda la vida. Si bien estos emprendimientos a los que se refiere y los gastronómicos ya estaban presentes, con la construcción del puente se consolidaron.

Amorín cuenta que en los años previos a que esa estructura uniera los departamentos de Maldonado y Rocha hubo mucha especulación y precios inflados en la zona, y que pocos empresarios terminaban capitalizando sus inversiones con construcciones. Ahora la especulación –una palabra que repiten todas las personas que se refieren a la economía del lugar– ha disminuido, aunque diariamente llegan a los oídos de los vecinos nuevas ideas o proyectos urbanísticos que buscan desembarcar en Garzón.

"Estamos a muy pocos kilómetros de José Ignacio, el lugar con el metro cuadrado más caro de Sudamérica. Eso siempre fue un punto de referencia a la hora de invertir", acota Pereira.

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Pros y contras

Los pescadores de la zona miden con una vara doble la incidencia del puente. Aunque son cautelosos frente a los cambios, entienden que el progreso que siguió a su construcción tiene un lado bueno que destacar. Desde el punto de vista comercial, su clientela es casi similar a la de las épocas de la balsa. Pero el riesgo para los habitantes disminuyó.

"Antes te atacabas de apendicitis de noche y te morías. Así de fácil. La balsa tenía horario y solo se podía cruzar a esa hora. No podía haber emergencias. Ahora tú te sientes más tranquilo, el puente nos hace sentir más tranquilos", dice Ñeca mientras, atenta, vigila a sus nietas que corren por ahí. Pero, desde el fondo del rancho se escucha una voz contestataria. "Pero también viven con más miedo mamá. Ahora es más fácil para los chorros", señala Fabricio, su hijo que fue desde La Paloma para estar con su familia en las fiestas.

"Sí, bueno, pero ya no tenemos el polvo todos los días en la puerta del rancho. No nos podemos quejar tanto. Y lo de los chorros no es para tanto. Sigue siendo un lugar tranquilo", interrumpe su madre.

Ñeca mira entonces para el fondo del rancho, esperando la entrada de Beto. Es la hora de comer y hace rato ya que salió a pescar. Está demorado, pero no hay gestos nerviosos, no hay aprensión. Al fin y al cabo, hace 40 años que lo espera y la laguna, su laguna, se lo devuelve intacto cada día sin excepción.

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Deportes acuáticos a ambos márgenes

Diego Varela conoce bien la laguna, principalmente sus bondades para la práctica del kitesurf. Desde 2007 dirige Kitesurf Uruguay, una escuela en Malvín, y en 2013 decidió abrir otra en la laguna Garzón, dos años antes de la construcción del puente. Varela tiene ahora tres escuelas en el este: una de cada lado de puente Garzón y otra en Parque del Plata. Con la inclusión de la zona en el Sistema de Áreas Protegidas, Varela debió tramitar permisos para mantener sus escuelas. Desde ese momento, las clases se deben restringir a determinadas zonas especificadas por el decreto del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, para evitar impactar en los ecosistemas más frágiles.

"Estamos a muy pocos kilómetros de José Ignacio, el lugar con el metro cuadrado más caro de Sudamérica. Eso siempre fue un punto de referencia a la hora de invertir"

US$ 10 millones

costó la construcción del puente. Fue diseñado por el arquitecto Rafael Viñoly y el 80% fue financiado por el empresario argentino Eduardo Costantini, que tiene inversiones inmobiliarias del lado de Rocha.

Gastronomía

Hay pocos emprendimientos gastronómicos, pero los que están se han consolidado. El parador La Balsa está a pocos metros pasando el puente. También está el exclusivo La Caracola. Más adelante se encuentra el restaurante ecológico Garzón Lounge y, pasando El Caracol, está el restaurante El Rancho.

Monte psamófilo

Es la joya del área y los guardaparques que allí trabajan colocaron varios letreros e información para quien desee visitarlo. El paisaje, según describió Soledad Ghione, responsable del área para el SNAP, es similar a la sabana africana por su aridez, la poca altura y los matorrales de cactus y arbustos espinosos que allí se conservan. Para llegar hay que viajar tres kilómetros en auto.
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