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Condenado a mear en la plaza de los gais

Si le dan ganas de hacer pichí en la calle, no lo dude: el pasaje Policía Vieja lo espera solidario.

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20 de agosto de 2013 a las 00:00

Cualquier manual de medicina básica nos explica que cuando la vejiga sobrepasa su capacidad de contención, el cerebro empieza a enviar señales inconfundibles que nos obligan a aligerar la carga en dónde sea.

Este apunte científico viene a cuento porque ya tenía un poco de ganas de hacer pichí cuando llegué a la plaza Cagancha a eso de las seis de la tarde para ver qué pasaba con la marcha contra la inseguridad del pasado 9 de agosto. Media hora después, ya frente al Entrevero y con tremendo frío, los dos tazones de té y el litro de refresco empezaron a pedir para salir.

Pregunté entonces en un boliche de 18 de julio si podía pasar al baño pero me dijeron que no y me señalaron un cartel en la puerta que decía “Baño exclusivo para clientes. No insista”.

Una hora después, ya en la plaza Independencia, las ganas de orinar eran insoportables. Ya no me importaban nada las consignas que pedían pena de muerte para los ladrones y proponían atarle las trompas de falopio a las mujeres pobres. Quien ha padecido un dolor de muelas sabe que, en esos momentos, nada de lo demás interesa.

Intenté en un restorán de los alrededores ignorando el cartel que advertía que, por más que insistiera, no me iban a dejar entrar al baño. Esos papeles pegados con cinta adhesiva son un indicio de que la gente que clama por un wáter es mucha y que son muchos los que, desesperados, insisten con el pedido.

“El baño está cerrado”, me contestó un guardia de seguridad mientras el mozo cobraba en una de las cuatro mesas que estaban ocupadas.

Volví a la plaza. Un hombre semidesnudo se había tirado encima un líquido anaranjado que quería simular sangre pero que se asemejaba más al mercurio cromo. El mercurio cromo me llevó a la infancia y me acordé del día en que me hice caca en la escuela porque la maestra no me dejó ir al baño.

Casi cuarenta años después, el lugar de la maestra lo estaba ocupando la Ley de Faltas aprobada en el Parlamento que amenaza con encajarle una sanción de siete a treinta días de trabajo comunitario a quien haga pichí en la calle. La votaron legisladores con un muy decente mingitorio a mano y, al parecer, desinformados acerca de la escasez de baños públicos.

Con la vejiga tartamudeando, miré la puerta de la Ciudadela y me encaminé hacia la Ciudad Vieja. Perdido por perdido, le pregunté a un Policía que custodiaba la Casa de Gobierno si me dejaba pasar al baño. Me miró como si estuviera loco y me señaló un garaje cercano. “Preguntá ahí, capaz que te dejan pasar mear”, me propuso. No me dejaron.

Caminé –eran pasos cortos, apretados- por la peatonal Sarandí buscando algún bar solidario. No hubo caso. Entonces, busqué una pared, el árbol más propicio, una oscuridad hospitalaria.

Atrás había quedado la turba pidiendo más seguridad para enfrentar a los “pichis” y ahí no más estaba el pasaje Policía Vieja que conecta Sarandí con Bartolomé Mitre. Cortito, bastante iluminado y con una pequeña plaza en la que un prisma de cemento de base triangular celebra la diversidad sexual.

La plaza de los gais tiene dos o tres arboles raquíticos y, esa noche helada, había dos indigentes tapados con cartones y cobijas viejas. Los saludé y me saludaron. Dije permiso y me contestaron “pase”.

Mientras me descargaba contra uno de los árboles vi pasar dos ratas y escuché a un par de personas que, a mis espaldas, paseaban por el callejón comentando algo en inglés. Ya ligero de equipaje, volví a la plaza Independencia para escuchar cómo pedían por enésima vez la renuncia del ministro Eduardo Bonomi. Alguien proponía a Yamandú Castro como remplazo. Eran las ocho de la noche. Lo peor había pasado.

Esta historia mínima no tiene otro objetivo que sugerirle a usted alguna salida para el caso de que le den ganas de hacer pichí en los alrededores de la Plaza Independencia. Si es así, no lo dude: evite las marchas sospechosas, los restoranes y los guardias de seguridad, y vaya directo al pasaje Policía Vieja, más precisamente a ese rincón de la plaza de la diversidad sexual a donde un árbol lo espera puntual para ser regado con su postergado alivio.

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