The Sótano > OPINIÓN

Daniel Lucas, colega inimitable

Murió esta semana el cronista de espectáculos más reconocible que tuvo la televisión uruguaya

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26 de abril de 2019 a las 05:02

Daniel Lucas fue uno de los colegas más cordiales  con que me he encontrado en esta profesión, en la cual uno encuentra de todo. Como la propia vida, también el periodismo está habitado por seres humanos, esa fauna diversa. Por lo tanto, también ahí hay que estar preparado para cualquier espécimen. La cordialidad de Lucas era auténtica. Su desdén hacia quienes le caían mal, también. Siempre tuve la impresión de que el mundo cambiaba de aspecto si él andaba cerca, sobre todo en conferencias de prensa y encuentros en torno a una película o a un festival de cine, que al final –y al principio- terminaban siendo excusa para oír de primera mano algunos de sus comentarios fuera del libreto que, al fin y al cabo, eran los que hacían a la existencia menos rutinaria.

Recuerdo la fecha cuando tuvo el accidente cerebrovascular, pues el 28 de octubre de 2008 estaba viendo el noticiero con mi madre, justo cuando dieron la noticia de lo sucedido. El estado de salud de ella se había agravado y moriría a las pocas semanas. Ese día había hablado poco, más bien nada, pero tras oír la información comentó apesadumbrada: “Pobre muchacho, lo que le pasó es grave”. Mi madre conocía a Lucas en persona y él siempre me preguntaba por su salud, con interés genuino. Lucas era así, un tipo hecho a su manera, con sus luces y claroscuros, con la virtud de tener además buen corazón, lo cual ya salva a cualquier ser humano y lo distingue.

Al instante, tanto mi madre como yo nos dimos cuenta de que sería difícil que Lucas volviera al estilo de vida agitado que llevaba. Nos quedamos cortos; nunca más volvió a trabajar en televisión y lo que en un momento pareció recuperación, con el paso del tiempo fue a la inversa, como suele pasar cuando uno dejó de ser un niño. Pasó los últimos once años de su vida en el exilio de una casa de salud. Cuánto material para un gran libro debe haber en esa historia de silencio y purgatorio, con el oscuro laberinto de la mente humana de fondo.

En lo suyo, que sabía hacerlo tan bien, con marca registrada y peculiar originalidad, nunca nadie lo superó. Si el comentario del día era acertado o no, o la noticia fidedigna o un refrito, eso en verdad poco importaba, pues la audiencia prestaba atención a la sección de espectáculos para verlo a él, primero a Lucas, y luego, recién después, para enterarse de cuáles eran los estrenos del fin de semana.

Su figura, mediática como pocas, me hacía acordar a otra, la de un cotizado pintor catalán. Una vez a Salvador Dalí lo contrató una famosa joyería de Nueva York para que decorara la vidriera. Llegó el día de la inauguración, y Dalí no había hecho nada. El dueño de la empresa, nervioso por la situación, lo increpó pues fuera del local se había congregado una multitud, pero en la vidriera no había nada, estaba vacía. La respuesta del artista fue genial: “la gente no vino a ver la vidriera, vino a ver a Dalí”. Lucas había nacido para ser Lucas, para ser la noticia y la vidriera. Era un genio siendo él mismo todo el tiempo. La farándula era él, el “imperdible” impecablemente vestido de saco, corbata, y lentes más reconocibles que los de Clark Kent. Quienes lo apreciamos tal como era, siempre le agradeceremos por haber interpretado tan bien el papel de Daniel Lucas. En esta vida hay que ser fiel a lo que uno es.

Tengo infinidad de anécdotas con Daniel Lucas, como seguramente también las han de tener quienes lo conocieron y trataron. Era cronista de cine, pero con su sola presencia podía fácilmente transformar la realidad a su alrededor en una película entretenida, donde hasta su interlocutor de turno tenía la posibilidad de convertirse en personaje secundario. De todas esas historias que ahora son propiedad del recuerdo, elijo una, pues cada tanto me viene a la memoria de tan buena que fue.

Mi hermano Alejandro, por entonces editor de la sección Espectáculos de El Observador, me preguntó si quería ir a Buenos Aires por un día a entrevistar a John Lassiter, el genio innovador detrás de Toy Story. ¿Cómo decirle que no? Durante su tiempo al frente de la jefatura de espectáculos de este diario se cansó de conseguir primicias y entrevistas exclusivas con gente de Hollywood, entre otros M. Light Shyamalan. Por cierto, con el director de Sexto Sentido mantuve una de las mejores conversaciones que he tenido con un personaje del mundo del espectáculo.

A Buenos Aires fuimos algunos cronistas de cine, Lucas en representación de Canal 12, uno de ellos. Fue un día de tormenta, diciembre de 1999, casi veinte años atrás. El viaje en Aerolíneas Argentina estuvo acompañado de mucha turbulencia. Del regreso, mejor ni hablar. Casi terminamos en algún lugar profundo del Río de la Plata. En la capital argentina, en cambio, todo sucedió mucho mejor de lo que habíamos imaginado.

Lassiter, su esposa, y gente destacada que había participado en la filmación de Toy Story 2, se estaban alojando en el hotel Alvear Palace. Por lo tanto, el almuerzo tuvo lugar en el restaurante La Bourgogne, ubicado en el propio hotel. Fue excelente. A Lucas y a mí nos unía un amor pantagruélico por la comida, la que fuera, por lo tanto, comimos “a lo bobo”, como solía decirse en el campo cuando los asados eran interminables, y los chotos y chinchulines no cesaban de llegar a la mesa.

Pero, y aquí viene el detalle que cambia la historia, antes de sentarme a almorzar fui al baño del hotel a lavarme las manos y la cara. Gigante fue mi sorpresa cuando ahí mismo me encontré a Randy Newman, uno de los grandes músicos estadounidenses, autor de la canción You’ve Got a Friend in Me, himno de la saga animada. Le dije que tenía varios de sus discos, que lo había visto en concierto a principios de la década de 1980, y dos veces le repetí que su canción I Love L.A. es una de mis favoritas. Newman, tipo tan cordial y auténtico como el que aparece en los videos de sus canciones, me dijo que a las tres de la tarde fuera a la suite donde se estaba hospedando para que lo oyera ensayar. Dijo que incluso cuando viajaba debía ensayar.

Mientras almorzábamos, creo que al tercer plato (tan repleto como el primero, pero con más ravioles que el segundo) le dije a Lucas que a las tres de la tarde no hiciera nada, pues algo totalmente inesperado iba a pasar en uno de los cuartos del hotel y que no podía perdérselo. Me preguntó varias veces, “qué”, como si de mi respuesta dependiera de si iba o no. A las tres fuimos a donde el destino había indicado, ordenado más bien, y lo que vino luego fue íntimamente apoteósico.

En el amplio cuarto había un piano, y Newman comenzó a tocar los acordes de I Love L.A. Preguntó si conocíamos la letra. Le dije que solo recordaba los seis primeros versos. Lucas no conocía la canción,  tampoco tenía una idea clara de quién era Newman, de su extraordinaria carrera como cantante y compositor, pero cuando comenzó a tocar You’ve Got a Friend in Me, se dio cuenta con quién estábamos. Decir que el momento fue maravilloso, cinematográficamente inefable, es quedarse corto. En dos canciones que al final terminaron siendo tres, quedó sintetizado lo mejor de la vida.

Tras 40 años en esta profesión (los cumplo este año), esos momentos de magia y música compartida en un piso alto del Hotel Altear figuran entre los más inolvidables que he vivido, sin duda. Ya en el ascensor, camino a planta baja, Lucas, con la efusividad que lo caracterizaba, dijo que ese tipo de cosas solo podía ocurrir en Hollywood. Ambos nos olvidamos de que no estábamos ahí, sino en Buenos Aires, y que afuera llovía cada vez más.

 

 

 

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